15 Dic

Bonus track: ¡Coincidencias culiás’!

De un tiempo a esta parte he estado pegado investigando sobre las “sincronicidades” (unas hueás como las “casualidades”, pero mucho más bacanes) y sobre situaciones increíbles que demuestran que el mundo es más chico de lo que parece… Quizás mi fascinación por el tema se deba a que en mi vida he experimentado decenas de momentos que me han hecho gritar “¡Oh conchemimare, esta hueá es imposible!”, debido a lo poco probable que resulta que una serie de factores se crucen para lograr coincidencias re cuáticas que me han dejado parados hasta los pelos del hoyo… y puta, sin más preámbulos, los dejo con una serie de historias breves, y 100% reales, que me han enseñado que el mundo es un pañuelo. Ahí voy:

1. Cuando tenía 15, creo, me fui de paseo con unos amigos a Pichilemu. En el baño de una disco de dicha ciudad le pedí fuego a un hueón (recordemos que por aquella época se podía fumar en todos lados) y, entre pucho y pucho, nos fuimos cayendo en gracia y comenzamos a hablar de nuestras respectivas vidas. Le conté que no me andaba joteando minas porque tenía una polola hace ya bastante tiempo, él me dijo que también tenía polola, que la había conocido hace unas dos semanas, cuando anduvo veraneando por Viña, que la mina era de Santiago y que formalizarían su relación apenas las vacaciones llegaran a su fin. “¿Y cómo se llama tu polola?”, Comencé, interesado sinceramente en la vida amorosa de mi nuevo amigo, “¡Oh, qué buena, la mía también! Las que tienen ese nombre son las más fieles, ¿O no? ¿Y qué edad tiene? ¡Ya, la mía la misma! ¿Y dónde estudia? Ah… mi polola igual… ¿Y su apellido.. cuál es? Chuta… Oye, y sólo por si las moscas, ¿Andái con alguna foto de ella?”… El tipo sacó su billetera, desprendió una pequeña foto tamaño carnet de una chica que vestía camisa escolar y corbata, y puta… ¡Era mi polola por la chucha! Mi polola me había cagado durante su estadía en Viña con el hueón que tenía frente a mí y, al parecer, me iba a poner la patá’ en la raja apenas pudiera, ¡Pero filo! Debía terminar yo con ella primero, pero antes, como buen pendejo inmaduro que soy, tenía que vengarme a como diera lugar: fui a la barra, le metí conversa a la primera mina que vi disponible, la saqué a bailar, le di unos besitos locos, luego seguí chupando, me curé y comencé a darle la lata a la mina contándole la historia de la pérfida de mi ex con lujo de detalles, tanto así que le conté hasta donde vivía la maldita que me había roto el corazón, hasta que mi nueva conquista discotequera, aburrida de mi jugo, se despidió de beso en la cara y se fue a la chucha. A los 10 minutos no aguanté la presión, salí de la disco y tomé mi celular para llamar mi polola, pero, justamente cuando iba a marcar su número, apareció en la pantalla una llamada entrante de ella. “¿Aló, Matías?”, “¡Contigo quería hablar!” Le respondí, “¡Fíjate que estoy en una disco acá en Pichilemu, y no me creerás a quién acabo de conocer!”, “Si ya sé a quién conociste conchetumare”, me respondió, “¡Cómo se te ocurre comerte a la Feñita, hueón maricón!”, “¿Ah? ¿A qué Feñita?”, “¡A la Feñita po hueón, la maraca que se sienta al lado mío en el colegio! Me acaba de llamar, me dijo que andabai borracho y que le diste un beso todo baboseado en la pista de baile de una disco, ¿Es verdad Matías?”, “Ehhh…”, “¡Ándate a la chucha Mati, no me busques ni me hables jamás en tu vida, eres el peor hueón, menos mal que me di cuenta a tiempo!”. Al final, mi ex nunca supo que yo iba a terminar con ella antes de que lo hiciera conmigo, ella quedó como la víctima y yo, era que no, como el hueón malo.

2. Hace un par de semanas visité una pequeña ciudad vecina, y me alojé en una antigua pensión alejada del mundanal ruido. Cierta noche, aburrido de tanta calma, fui a darme una vuelta al bar más cercano que pude pillar. El local era más que rancio, no había mucha gente y sólo sonaban boleros en la antigua radio que estaba sobre la barra, o sea, el paraíso ante mis ojos. Me tomé un par de piscolas, pedí un chacarero pa’ afirmar la guata y, para rematar, me tiré una pilsen de litro con la intención de irme a dormir como un bebé. De pronto, y pese a todos mis pronósticos, cruzaron la puerta un grupo de jóvenes bastante entonados, y sin saber cómo terminé carreteando en la misma mesa que ellos, haciendo salud por cualquier hueá y cantando a todo pulmón los boleros que, pese a la hora, no dejaban de sonar. “Y bueno”, me dijo la única chica de mi edad que estaba en el grupo, “no nos has dicho tu nombre, ¿Cómo te llamái?”, “Matías”, respondí, “pero pueden decirme Mati, no hay problemas”, “¡Ahhh! ¿Así como el Mati hueón?”, me lanzó de pronto, “¿Cómo dijiste?”, “No nada, no vai a entender, Mati hueón, jajaja”, respondió sonriente antes de comenzar a cuchichear con sus amigo. En ese momento, todos se voltearon hacia mí y comenzaron a lanzar frases como “¡Oye! Sácate un Wladimir po”, “¿Y dónde dejaste a tu viejo Mati hueón?”, “A ver, bájate los pantalones y muestra la de la cicatriz”, hasta que la mina con la que conversaba golpeó la mesa y dijo “¡Ya! Déjenlo tranquilo, si el cabro no cacha”, “¿Qué cosa? ¿Qué se supone que no cacho?”, Pregunté, “No, nada, no nos pesques… es que nos acordamos de un loco que tiene un blog y que se llama como tú, pero él es como hueón, ¿Cachái? Por eso nos reíamos, mira, por ejemplo una vez…” Y así la socia comenzó a contarme toda la historia del blog, pasando por mi vieja con el tío Pato y sus familiares ricas, hasta las aventuras de las Danielas y la Claudita, sin olvidar a la Raquelita con la Gonzala, ni menos el clandestino del flaco Lucho y las cagadas de mi viejo. La escuché en silencio sin acotar nada… ¿Y para qué? Si al final, mis historias sonaban mejor en la boca de ella…

3.

Año 2001. Los Prisioneros tocarían en el Estadio Nacional, en el marco de su bullado concierto de retorno, y yo no tenía plata para comprar, ni siquiera, la entrada más barata. Le rogué a mi viejo que me prestara las lucas, y “no puedo Mati hueón, los tiempos están difíciles, pronto viene la navidad, no nos podemos permitir ese tipo de lujos” fueron sus principales excusas. Me costó, pero me resigné; había que entender la situación, y bueno, ya habría otra oportunidad para ver a mi banda favorita en vivo.
 
La noche del evento llegó y yo, con el dolor de mi alma, me senté frente al televisor para mirar las notas de prensa que le hacían al recital en los diferentes canales. Recuerdo perfectamente a un periodista reporteando desde las puertas del Estadio Nacional, y entrevistando a los emocionados asistentes con un enorme micrófono con el logo de TVN. En eso estaba cuando de pronto, y tal como si hubiese sido un tremendo puñetazo en todo el hocico, vi a mi viejo cruzándose bruscamente por la cámara, cagando todo el despacho en vivo y alzando los brazos para gritar eufóricamente “¡Grande Los Prisioneros conchemimare! ¡El mejor concierto de mi vida hueón, el mejor!”.

Comentarios

Comentarios