22 Ago

Bonus track: Compilado de pequeñas historias con famosillos.

No sé porqué será, pero tengo una especie de imán para atraer situaciones extrañas relacionadas con famosillos… Las historias son muchas, pero para hoy he decidido rescatar sólo unas pocas:

1. Cuando tenía unos 10 años fui a vacacionar a Pichilemu junto a mis padres. Cierta tarde, mientras yacíamos tirados en la arena mirando el agüita, mi taita me pasó unas chauchas y me dijo “¡Persigue a ese viejo que pasó vendiendo helados Mati hueón! ¡Corre tras él y le comprái un Chocolito pa´ los tres! ¡Pero corre po!”. Cuento corto, no pillé al heladero ni cagando, y todo gracias a que me distraje mirando a un grupo de personas que rodeaban a un tipo que se dirigía hacia la playa. Al principio pensé que el socio estaba regalando algo, en serio la gente iba como loca tras él, y con esa motivación pasé por entremedio de las piernas de todos hasta que logré quedar frente sus ojos dormilones. “Hola señor, ¿Qué está regalando?”, Le pregunté sin más rodeos, y él, a modo de respuesta, se largó a reír exageradamente, luego me dio un pequeño abrazo y le dijo a una mujer que lo acompañaba “andá, tomá´ la cámara y fotografíame junto a este chico, me quiero llevar este momento de recuerdo”. Después de eso se despidió de todos, me dio unos golpecitos cariñosos en la cabeza y siguió su camino. “Entonces… ¿No estaba regalando nada?”, Le pregunté a una señora que aún le hacía chao con la manito, “¿Y qué te creí voh chiquillo insolente?” Me respondió, “¿Acaso pensái que Cerati caga plata como pa´ andar dándole regalos a hueones?”.

2. Poco después de cumplir 20 años un amigo argentino me invitó a su cumpleaños en el país trasandino. Como el hueón se rajaba con casi todo, fui sin dudarlo. Ese fin de semana no recorrí ninguna callecita, no me saqué fotos junto al obelisco ni tampoco compré libros ultra baratos, sólo me dediqué a tomar pilsen encerrado en su departamento y a escuchar cumbia villera a guata pelá´. La noche del sábado decidimos salir de nuestro claustro para ir a tirar pinta a una disco que quedaba no sé dónde chucha. Mi amigo che dijo upa, y yo dije chalupa. A eso de las 3 de la madrugada todo andaba bien, unas 20 argentinas habían rechazado bailar conmigo, pero tenía el presentimiento que la próxima sería la definitiva. En eso estaba cuando de pronto, ¡Paf! Se encienden las luces del local, alguien toma un micrófono y nos informa que debemos retirarnos de inmediato, y todo porque a no sé quién chucha se le había ocurrido arrendar la disco para una fiesta privada con todos sus amigos del barrio. Intentando sacar el mote, me puse a mirar hacia la entrada y claro, caché que comenzaron a entrar flaites de tomo y lomo que abrazaban a un hueón chico y musculoso que los lideraba, pero no flaites como los que te roban el celu en el Paseo Ahumada, no señor, ¡Flaites flaites po hueón! De esos que bailan a lo wachiturros con una cuchilla en una mano y una pistola en la otra. Más borracho que emputecido decidí ir a encarar al desatinado que osaba a echarnos, y al tenerlo de frente sólo atiné a echarle un par de puteadas y decirle que, mínimo, nos tenía que devolver la plata de las entradas. Mi amigo argentino me tomó de un ala y me sacó cagando del lugar, “¿Acaso querés que te maten pelotudo?”, Me dijo mientras corríamos hacia la puerta, arrancando de una horda de flaites que nos perseguían dedicándonos insultos que no entendía entre tanta gritadera, “¿Qué es lo que he hecho hueón, qué es lo que he hecho?”, Le pregunté, sin comprender cómo un argentino, que se caracteriza por reclamar por todo, no decía nada ante semejante injusticia, “¡Acabás de putear a Carlitos Tévez pedazo de boludo! ¡Puteaste al Apache, hijo de puta!, “¿A quién? ¿Al mapache? ¿Y quién es ese hueón?”, “¡Vos no sabes nada Matías!”, Me respondió, “¡Vos no sabés nada de nada!”.

3. Siempre me topo con Juan Sativo (vocalista de “Tiro de Gracia”) meando en algún baño público. Sé que suena extraño, pero así es, nunca me lo he encontrado en la calle o comprando en alguna tienda, siempre en baños públicos, siempre siempre. La primera vez fue en los baños del bar “El Clan”: él estaba con la diuca afuera a mi lado, de pronto me pegó una mirada y me dijo “Hola, ¿Me reconoces? Sí, sí, soy Juan Sativo, ¿Quieres una foto conmigo, cierto? Terminemos de mear y nos la tomamos, no te preocupes”; luego me lo topé en similares circunstancias en los baños de un cine, antes de la función de la película “NO”, y la conversación fue casi la misma, y el fin de semana pasado me lo pillé meando en un urinario de la fiesta de la cerveza realizada en Con Con, pero ésta vez andaba más serio, no me ofreció ninguna foto, pero igual nos dimos la mano sin habérnosla lavado. Un gran gesto de confianza, si total… aquí somos todos como amigos…

4. En el 2003 estaba tomándome una pilsen tirado en el pasto de algún parque de por ahí. La amiga que me acompañaba había ido a comprar puchos, así que me quedé solo por un rato. Estaba entretenido mirando a unos perros persiguiendo a una abuelita, rascándome las hueás piolamente y empinándome una botella de Báltica recién abierta, cuando de pronto escucho que alguien me dice: “Oye hermano, ¿Me convidái un sorbo?”. Era Álvaro López, en aquel tiempo vocalista de Los Bunkers, quien lucía más agitado que la cresta, como si viniera arrancando de alguien. “Sí, claro”, le dije, “sírvete”, y el muy chancho se tomó más de la mitad de la chela al seco, sin respirar, como hubiese tenido un embudo en la garganta. Luego me dio las gracias, se acomodó un poco su chaqueta de cuero y siguió arrancando de quién sabe qué.

5. Una vez en un bar se me acercó un tipo a pedirme fuego. Me preguntó qué hacía, y le conté; le pregunté que hacía, y me respondió “soy el bajista de Fiskales Ad-Hok”. “¿Estái hueón?”, le pregunté sorprendido, “¡Viejo, me encanta tu banda! No te había cachado, sorry, ven, te invito un copete, ¿Querí otro pucho? Toma, dale no más, ¿Y en qué está la banda? ¿Y cuándo un concierto? ¿Me podí dar entradas? ¿La dura? ¡Ya po, la zorra! ¡Toma otra chela entonces, por la buena onda! ¡Salud!”. Cuento corto, me rajé con el hueón toda la noche, gasté toda mi plata comprándole copete y, al despedirnos, me autografió mi polera con un plumón permanente. Al otro día, con una ligera sospecha, me puse a ver fotos y videos de los Fiskales, y no… el hueón era un hueón cualquiera con ganas de tomar gratis, nunca fue bajista de nada el culiao…

6. Hace un tiempo mi viejo me contó una historia increíble y, por lo mismo, no le creí ni una hueá. Según él, a fines del 90 partió a carretear a Talagante, organizó un tremendo asado con algunos amigos en una parcela gigante y chuparon hasta que quedaron raja, tanto así que mi viejo, en su demencia etílica, prefirió parar el hueveo e irse a acostar antes de que algo malo pasara, pero no encontró el camino de vuelta a la casa ni chucha. “Ahí andaba yo todo perdido Mati hueón”, me contaba, “tan perdido que se me fue la orientación a la cresta y ni siquiera sabía para qué lado caminar. Por intuición tomé una ruta que me parecía familiar y, sin saber muy bien cómo, llegué a una casa antigua con pinta de estar inhabitada… Aunque la verdad me daba lo mismo que hubiera gente dentro o no, yo sólo quería tirarme a dormir bajo techo, y con esa intención me abrí paso por los pasillos, care´raja, pero alguien detuvo mi camino, alguien que me chocó de frente y no me dejó seguir avanzando. ¡Conchemimare! Pensé, ¡Es el dueño de casa y me va a sacar la chucha! Pero no, nada más alejado de la realidad, porque, al notar que el socio no me decía nada, pesqué mi encendedor y le iluminé el caracho… No me lo vai a creer Mati hueón, pero frente a mí estaba nada más ni nada menos que Gervasio… Le iba a pedir un autógrafo, pero estaba ahorcado…”.

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