04 Ene

Bonus track: Gente culiá’ penca

Por lo general, no soy muy de odiar a mis pares: intento tener buenas relaciones con quienes me rodean y, en el caso de no enganchar con alguien, sólo paso de largo y evito calentarme la cabeza con aquellas mañas que tienen y que me revientan el mate. Sin embargo, me es inevitable no detenerme a analizar ciertas conductas de algunos personajes que se han cruzado en mi camino, y que dan pie para comenzar esta espectacular nueva maratón orientada a pelarlos a ellos, ¡A los seres más pencas que hemos conocido! Ahí voy:

1. Tengo un conocido que desde chiquitito quiso meterse a la PDI, pero que, al ser rechazado de una pura pata en la raja, se metió a cuanta hueá pudo para poder siquiera rozar ese poquito de “poder” que tanto anhelaba. Así, este compadre se comenzó a pasar rollos con que “tenía autoridad”, “estaba por encima de todos” y “su palabra era la que valía” trabajando como guardia de supermercados, portero de discos y cosas así. Y ojo, no digo que esas pegas sean pencas, ¡Sino que este hueón era el penca! Amaba maltratar a la gente a grito pelado, hacer procedimientos ridículos (pidiendo el carnet incluso el muy patúo’) y pasándose el rollo de que todos giraban en torno a él, y si alguien osaba a ponerlo en su lugar, le aplicaba una llave de lucha libre cara de raja, imaginando, de seguro, que estaba al fin cumpliendo su sueño frustrado de ser rati. Debo aclarar que a este hueón lo pasaban despidiendo, por cagao’ de la cabeza básicamente, y que actualmente trabaja como inspector de patio en un colegio municipal medio facho y en extremo pobre, donde aprovecha de desquitar su furia con los alumnos más “conflictivos”, castigándolos por nada y gritándoles como si fuesen animales. Sus superiores le tiran puras flores y lo aplauden de pie por sus llamativos métodos de tortura.

2. El Claudio siempre fue cafiche, cagao’ y miserable. De chico lo recuerdo llorando porque no tenía plata para comer, y rogándonos para que le compráramos algunos tabletones en el kiosco del colegio pal’ desayuno, pero después, al salir de clases, el culiao’ sacaba su billetera llena de billetes e invitaba a las compañeritas más ricas a servirse algo a una fuente de soda cercana, quedando como un rey mientras nosotros, que no teníamos ni uno por haber gastado nuestras sobras en él, no nos alcanzaba ni pa’ comprarles un helado de agua. Siempre nos hacía la misma el chuchesumadre, “el que guarda siempre tiene” era su lema, y nosotros, los muy hueones, seguíamos cayendo en su juego. Cuando nos hicimos grandes, le dio por bolsear en los carretes: decía que esa noche no iba a tomar, que estaba dejando de fumar y que sólo nos acompañaría durante un ratito para no ser mala onda, pero luego, ya instalado en el malón, se lo tomaba todo, nos fumaba hasta el último pucho y se joteaba a todas las minas que nos gustaban… ¡Claudio chuchetumadre! El hueón nunca cambió, entre nosotros se hizo famoso por miserable y, paulatinamente, lo dejaron de invitar a todos lados por lo mismo. Actualmente, vive en una casa enorme, tiene 3 autos la raja y una esposa a la que operó a su pinta. Eso sí, no vacacionan ni salen a comer ni a la esquina, porque pa’ aparentar gasta plata, pero pa’ disfrutar no.

3. Hace no mucho tiempo conocí a una mujer perfecta: inteligente, bonita, lindo cuerpo y, lo más importante, con una calma y una paz interior imposible de encontrar hoy en día. En pocas palabras, la loca no hueviaba por nada: yo salía a carretear con mis amigos, y ella no se complicaba; mis amigas me escribían saludos en el muro de Facebook o comentaban mis fotos, y ella ni se inmutaba; si mi teléfono sonaba y en la pantalla aparecía un nombre de mujer, ella no arrugaba la cara para preguntar “¿Y esa quién es?” O alguna tontera así, y eso era lo más bacán del mundo, ese era el motivo principal por el que me encantaba, eso era lo que la hacía única. Obviamente, mi trato con ella era el mismo: confianza absoluta y total, yo creía en ella tanto como ella creía en mí, manejábamos nuestros celulares sin contraseñas y dejábamos nuestros notebooks con las redes sociales abiertas sin temor a que el otro se metiera a sapear, nunca tuvimos dudas sobre nuestros sentimientos, ni menos llegamos a pensar que podíamos llegar a engañarnos… Hasta que la Thais llegó a su vida.

La Thais era una compañera de trabajo con la cual ella nunca había hablado, pero un día, debido a una jugarreta cruel del destino, almorzaron juntas y se hicieron uña y mugre. La Thais venía recién saliendo de una relación tormentosa, su ex la había cagado un montón de veces y ella lo descubrió luego de revisarle unas carpetitas que el muy gil dejó a toda vista en su computador de escritorio. Desde aquel momento, la Thais se tatuó en la mente ese discurso de que “todos los hombres son unos cerdos, unos infieles culiaos mentirosos y traicioneros que piensan con la pichula y te van a cagar sin dudarlo con la primera que se les cruce… ¡Son todos iguales, son todos iguales!”, Y poco a poco fue implantando esa idea en la mente de mi pareja, quien al principio fue reacia a tomarla en serio, pero, luego de unas semanas de lavado de cerebro, no dudó en revisarme el celular, el notebook y hasta los cajones de mi escritorio en busca de algo que le diera la razón a su nueva amiga. Al principio no me di cuenta de las malas costumbres que estaba agarrando mi polola, pero una noche, mientras dormíamos juntos, abrí un ojo y la sorprendí leyendo los mensajes de la bandeja de entrada de mi Facebook. No le di mucha importancia, pero de inmediato comenzó a interrogarme, demostrándome que hace rato estaba pendiente de casa cosa que yo hacía como si fuese la peor de las sicópatas: “¿Y quién es esa que te etiquetó en un saludo de navidad? ¡Sí, seguro que es tu tía po! ¿Y por qué esa maraca le puso me gusta a tu foto de perfil? ¡De seguro tienen algo! ¡Vi que te comentó “jajaja” en una foto que subiste en el 2008! ¿Desde esa época te la estái comiendo? ¿Ah? ¿Y por qué el otro día publicaste “Feliz navidad” en tu muro? ¿A quién le estabai diciendo eso? ¡De seguro a la otra hueona po! ¡Si la Thais me dijo que no confiara en ti! ¡Ustedes son todos iguales, maricón, ustedes son todos unos cerdos!”. La relación se fue a las pailas, y la Thais, la linda Thais, sigue feliz de la vida cagándole la onda a quien ose a escuchar su discurso de odio.

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