09 May

Capítulo 1: El inicio

Antes de divorciarse de mi sagrada madre, mi viejo era un cincuentón como cualquier otro: trabajaba de conserje en un edificio de Santiago Centro, vestía camisas de tono pastel y sólo encendía la tele para ver “Mea culpa” o “Tierra adentro”. Yo tenía 13 años cuando mi vieja me dio la noticia de la separación. Como no le creí, me llevó al living de la mano, levantó el teléfono y llamó a un número que tenía anotado en una hojita que sacó de su bolsillo. “Aló… oye desgraciao´, habla con el Mati, no me cree que te fuiste”, mi vieja me pasó el auricular y claro, mi viejo me confirmó la historia: “lo que pasa campeón es que tu mamá anda con esa hueá de la menopausia, me echó cagando y yo, ni hueón, agarré papa y viré po´”, así de simple. Pasó un tiempo y el alejamiento entre ambos se convirtió en un hecho, y de cierta forma aprendí a aceptarlo sin quejarme demasiado… hasta que sucedió la transformación.

 
Pasa que mi viejo hizo buenas migas con unos jóvenes colombianos que arrendaban un departamento en el edificio donde él era conserje. Los cabros trabajaban como guardias en un toples de Maipú y mi viejo, asombrado por tal estilo de vida, quiso copiarles la onda y ser como ellos: se perforó una oreja y compró poleras apretaditas de colores chillones, se llenó el cuello de bling-bling y se las empezó a dar de lolo carretero. Al principio pensé que era una fase más en su vida, porque habían días en los cuales se vestía como Sandy, de Sandy & Papo, y otros se intentaba parecer a A.J., de los Backstreet Boys, pero no, aquel padre de familia centrado y aburrido que había sido en algún momento murió, y dio paso a un papá loléin que mascaba chicle con la boca abierta y usaba jeans ajustados para que se le marcara el paquete.
 
Cuando cumplí quince me dijo que me fuera a quedar a su casa, que había cancelado todos sus planes y que me estaba esperando para darme una sorpresa inolvidable. La verdad es que la invitación no me tincó mucho, siempre había ropa sucia por todos lados y en cada rincón se respiraba un olor similar al que surge del baño de un bar rancio, pero, como no soy mal hijo, fui igual. Al entrar a su sucucho noté que no había ninguna sorpresa, ni siquiera una torta con velitas o un globo colgado que diera indicios de alguna posible celebración. “Mati”, me dijo, mientras yo seguía buscando algún regalo por ahí, “¿Cuántos años tení´ya?”, “Quince”, le respondí, “¿Y?” Me preguntó, “¿Hay echao´a remojar el cochayuyo o no? ¿Sí? ¿No? Ya, filo, no me respondai´, con esa cara de pajero es obvio que no, pero no te preocupí´ campeón, que para eso está tu papá”. El viejo me pescó de un ala y me tiró un chorro de colonia Old Spice que tenía en su velador, sacó de ahí mismo unos billetes de diez lucas y me dijo que íbamos a salir, porque mi sorpresa nos estaba esperando. Era más que obvio, mi viejo me llevaría a un puterío.
 
Para no hacer tan largo el asunto, resultó que el prostíbulo escogido por mi papito era más ordinario que acuario de mojones. Primero nos recibió un portero hediondo a sobaco que saludó a mi viejo de abrazo, y después de atravesar un par de cortinas nos encontramos con una serie de mesas desocupadas y un montón de señoritas en calzones esperando a sus presas. A la mesa que escogimos llegaron dos lolitas, que con raja superaban los 20 años, y se sentaron a nuestro lado dispuestas a meternos cháchara. Mi viejo saludó de un calugazo a cada una, tiró varias tallas que no entendí y le dijo a la que estaba a su derecha que se fuera, esa noche sólo quería a la más experimentada.
 
– ¿Cómo se llama usted, princesa? – Le preguntó mi viejo a la lola que quedó.
– Cristal.
– Cristal… tiene nombre de pilsen, me gusta. Mire Cristal, usted ha salido premiada. Mi cabro acá presente está cero kilómetros, y a usted le va a tocar descartucharlo, ¿Estamos?
– ¿Y tiene para pagar el cabro? Para ver qué premio se gana – acotó, mirándome con cara de caliente.
– Mire mijita, tengo 30 lucas para hacerlas recagar, mi mocoso se merece eso y mucho más.
– Por 30 lucas, déjame pensar… – dijo Cristal, quien parecía hacer cálculos en su mente – mire, hoy día ando cariñosa, así que por 30 lucas puede tener desde una chupa’ita simple, hasta un trombón oxidado con tuti.
– ¿En serio? – Consultó mi viejo abriendo los ojos como nunca – ¿Por 30 lucas un trombón oxidado?
– Demás – aseguró Cristal, guiñando un ojo y enseñando la punta de la lengua – es mi especialidad.
 
El rostro de mi viejo se distorsionó, sacó su billetera y comenzó a contar billetes ahí mismo: 30 lucas, justitas. Me miró, miró las 30 lucas, miró a Cristal, miró las 30 lucas, respiró profundo, miró por última vez a la Cristal y se puso de pie de un puro salto.
 
– ¡Cambio de planes! Mi cabro no está na´ listo aún… ¡Así que tomaré el turno yo! Vamos mijita, camine, camine…
– Pero viejo, ¿Qué hueá?
– Mati hueón – me susurró al oído – estas minas son muy cochinas pa voh, y voh sabí que pa voh quiero lo mejor… yo me sacrificaré por ti hijo… algún día me lo agradecerás…
 
La Cristal se puso de pie, y fue hacia una pieza que estaba al fondo del cuarto. Mi papá partió detrás de ella con una erección evidente, y yo me quedé sentado como hueón la intención de esperarlo. Ni cinco minutos pasaron cuando llegó un gorila con pinta de matón que me preguntó “¿Usted vino a culiar, o va a mirar no más?”, “Estoy esperando a alguien”, le dije, y “mira pendejo: o culiái o tomái o te virái, ¿Estamos?” Fue su colérica respuesta… así que no me quedó otra que salir a sentarme a la cuneta sintiéndome el loser más grande de mi familia (por lo menos mi viejo estaba tirando) y esperando a que la Cristal terminara pronto de hacer lo que sólo dios sabe que estaba haciendo. Pasaron unos cuarenta minutos y mi padre salió del prostíbulo con la cara llena de risa, como si fuese un gladiador sobreviviente a un ataque de ladillas, o algo así.
 
– No, Mati hueón, de la que te salvaste – dijo, aún sonriendo – esa puta era muy puta pa voh hijo.
– No importa viejo… vámonos a la casa por fa…
– Lo que quieras hijo, es tu cumpleaños, tu día especial… aunque podríamos ir a comer algo antes, ¿O no?
– Sí, igual podría ser…
– Buena, ¿Tení unas dos lucas que me prestí? Acabo de gastar toda mi plata, pero no quiero detallar en qué para no darte un mal ejemplo… Ya po, ¿Tení o no? Yo sé que sí, pásamelas y vamos a comernos unos tocomples en la bencinera que está en la otra esquina, son mortales.
– Ya viejo… vamos.
 
Mientras caminábamos, noté que aquel hombre cincuentón, al cual admiraba por su estructurada vida, al fin estaba sonriendo. Nunca lo vi tan luminoso, ni siquiera en las fotos de su matrimonio con mi vieja, y hoy sí se veía feliz, aunque eso haya valido arruinar mi cumpleaños.
 
– Viejo… – le dije antes de entrar al servicentro.
– Sí hijo, dime.
– Erí como la callampa…

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