09 May

Capítulo 10: Libertad.

El flaco Lucho tomó un avión que lo dejó rápidamente en Santiago, llegó a su casa en un taxi que le salió carísimo, entró, revisó el clandestino al revés y al derecho y mi viejo no aparecía, ni rastros de él y, más raro aún, las puertas no se encontraban forzadas y el copete estaba intacto. Después, el flaco Lucho vino a mi departamento, enojadísimo retándome porque lo hice devolverse de sus vacaciones por las puras.

– Pero don Lucho – le dije – usted habló con mi viejo y él le dijo lo mismo que me dijo a mí: que se quedó dormido bajo una mesa del clandestino y que estaba encerrado sin saber cómo salir.
– ¡Sí po gil! ¡Pero tu papito no está por ningún lado! – Me respondió furioso – ¡Mi esposa le va a sacar la chucha! ¡A él y a ti! ¡Nos cagaron todo el romance!
– Quizás pudo salir, a lo mejor estaba abriendo la puerta hacia el otro lado y por eso se creyó encerrado, siempre se ha confundido con eso del “tire” y “empuje”.
– No Come Quesillo, imposible, puse candados y alarmas por todos lados, nadie ha salido ni ha entrado a mi casa o a mi local.
– ¿Entonces? ¿Dónde está mi viejo?
– Es obvio… – respondió aún más molesto – el muy maricón debió haber ido a tomar al clandestino del chico Maicol, y ahí tiene que haber quedado encerrado.
– ¿Pero cómo no va a saber diferenciar un local del otro?
– ¡Porque es un borracho po Come Quesillo! ¡Si tu viejo con cuea´ sabe diferenciar entre una puta colombiana y una chilena, qué va a saber diferenciar entre un clandestino y el otro!
– Voy a buscarlo entonces.
– Anda no más, y después los espero en mi casa porque entre los dos hueoncitos me tendrán que pagar el pasaje del avión y su feroz compensación por echar a perder mi viaje…

Partí al clandestino del chico Maicol, muerto de vergüenza y sin saber qué decir. La verdad es que al chico lo conocía poco, la fachada de su clandestino era una farmacia que quedaba solo a dos cuadras del local del flaco Lucho y, por lo mismo, ambos eran rivales a muerte; la diferencia entre sus negocios radicaba en que en el clandestino del flaco Lucho lo que primaba era el copete y las minas, mientras que en el clandestino del chico Maicol también la llevaba el copete, pero mezclado con uno que otro estupefaciente que sacaba de su botica. No era más que cosa de gustos.

– Hola don Maicol, ¿Cómo está? – Lo saludé para entrar en confianza.
– Hola joven… espere, ¿Usted no es el hijo de…?
– Sí, el mismo.
– Si su papi lo mandó a buscar pastillitas, dígale que primero me tiene que pagar las que me debe.
– No don Maicol, no vine por eso… sólo quería consultarle… ¿Habrá visto usted a mi papá en los últimos días?
– Hace rato que no lo veo joven, poco más de una semana.
– ¿Vino a tomar a su local, cierto?
– A ver, ¿Por qué tanta pregunta? – Me consultó confundido.
– Sólo quiero saber si vio a mi papá, es todo.
– Mira cabro, tu papito estuvo acá la semana pasada, dejó la cagá, me robó una tira de diazepam y se tomó casi todo el copete que tenía para la semana… por su culpa no he podido abrir mi barcito en todos estos días.
– ¿Y después lo vio irse? ¿Se despidió?
– Nada de eso, me hizo perro muerto el muy desgraciado. Cuando empezó a dar mucho jugo vine al negocio a buscar morfina para calmarlo, y cuando volví ya no estaba, no sé cómo se arrancó.
– ¿Y se le ocurrió mirar debajo de la mesa, a ver si se quedó dormido con tanta cagá que se metió? – Le pregunté, por último.
– Mierda…

El chico Maicol se dirigió corriendo hacia el fondo de su local y abrió la puerta que daba al patio y, consiguientemente, al cuarto donde estaba su clandestino, y yo partí detrás de él expectante a lo que vendría. El lugar olía a baño de cantina, el chico Maicol encendió una ampolleta que poco y nada alumbraba y ahí, tirado en una esquina, estaba mi viejo, amarrado a una botella de pisco en posición fetal, barbón, chascón y más cochino que la cresta.

– ¡Viejo! ¡Viejo despierta! ¿Estay bien?
– ¿Ah? ¿Ah? ¿Quién es? – Respondió con una voz débil y confundida. Sus ojos apenas se abrían y de su boca emanaba un tufo asqueroso.
– Viejo, soy yo, tu hijo, el Mati.
– ¿Ah?
– Viejo intenta levantarte, ven, yo te ayudo, o por último dime algo, por favor dime lo que sea.

Intentó ponerse de pie, pero no lo logró. Luego de un rato dio un suspiro, me miró con cara de dolor y me dijo:

– Estoy que me cago Mati hueón… me he aguantado todo lo posible… ya no soy un hombre, soy un mojón forrao´ en un humano…

Luego de estas últimas palabras me abrazó, cerró los ojos, apretó los labios y se cagó. Puta el reencuentro ordinario, esperaba algo más emotivo, pero bueno, qué le vamos a hacer, es mi viejo de quien estamos hablando. Menos mal que el chico Maicol tenía pañales a mano.

 

 

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