14 Jul

Capítulo 106: El casi-trío

Nunca he participado de un trío… aunque una vez estuve en un casi-trío, acto que, si bien no es comparable al trío hecho y derecho, es un logro que no deja de ser meritorio.

Sucedió hace poco más de cinco años. Mis amigos de ese entonces solían armar carretes improvisados que comenzaban en la casa de alguno de ellos y terminaban, sin saber cómo, con todos arriba de un bus viajando hacia algún destino incierto. Un fin de semana cualquiera recibimos una llamada del loco Julio. Con modulación borracha nos intentó explicar que estaba en un bar de Valparaíso conversando con unas extranjeras y que necesitaba apoyo. Miramos la hora, las cinco de la tarde; nos miramos los rostros, todos lucíamos más rancios que de costumbre; finalmente miramos nuestras billeteras, y concluimos que con toda esa plata nos alcanzaba, con raja, para ir, tomarnos un par de pilsens y volver al otro día sin ni uno. Se dijo y se hizo entonces, en media hora estábamos todos los hueones arriba de un bus con dirección al puerto y sirviéndonos sendas piscolas fondeados del auxiliar de turno. Al llegar a Valpo ni siquiera nos acordamos de llamar al loco Julio, y antes de la media noche me percaté de que no tenía idea de dónde estaba el resto de mis amigos, así que corté por lo sano y, consecuente a mi estilo de carretear con poca gente, me metí al primer bar que vi relativamente vacío. Ahí fue donde la conocí, y sus ojos con rasgos indígenas me cautivaron a la primera mirada.

No lo niego, me encontraba al borde del coma etílico, y no es algo que me haga sentir orgulloso, pero aún así tuve la lucidez de fijarme en la chica más guapa del local o, por lo menos, la más guapa dentro de mi patrón de gustos: morenita, seria, rasgos polinésicos y, lo mejor de todo, andaba con una guitarra que no soltaba ni para ir al baño. Me acerqué a meterle cháchara apenas vi que su mirada también me buscaba, y si bien no recuerdo con exactitud qué palabras le dediqué, al parecer éstas dieron buenos resultado. Luego de un rato de risas y roces de manos, cambió el tono de su voz aguda a uno más profundo para invitarme coquetonamente a su casa. No la pensé dos veces y la seguí, enamorado de su pelo ondero y cautivado por ese largo arito solitario que colgaba de una de sus orejas.

Entramos a su habitación silenciosamente. Susurrando, me contó que esa noche estaba alojando a unos amigos artistas, quienes se encontraban durmiendo desparramados por todo el lugar: unos sobre la cama, otros sobre un sofá y otros cuantos tirados en en suelo… fue justo ahí donde mi conquista porteña lanzó una frazada y me invitó a recostarme junto a ella… La pasión no se hizo esperar, la besé frenéticamente mientras pasaba mis manos por sus suaves muslos y palpaba ese trasero sutil y firme que el destino me había regalado; de pronto se giró para darme la espalda, permitiéndome besar su cuello y aferrarme fogosamente a su cintura, y así continuamos por un buen rato: ella se daba vuelta y yo le basaba la boca, se volteaba nuevamente y yo le besaba su cuello, y otra vuelta y otra vuelta más, y así pasaron diez, quince, veinte minutos de lo mismo cuando no di más y decidí colocarme encima de ella, pero justo cuando puse mi mano sobre su hombro para acomodarla bien, sentí la cabeza de otro hombre que, tal como yo, pero del lado contrario, besaba su nunca y sus labios a medida que ella se iba girando.

– ¡Chucha! ¡Oye, pero… pero qué onda! ¡Quién es este hueón! ¿Qué hueá? ¿Queríai hacer un trío y ni siquiera me avisaste? ¡Nooo, chao! Yo me voy a la chucha.
– Paraaaa – me dijo la princesa porteña, empleando una voz nasal y sufrida.
– ¿Qué quieres? – Respondí dolido.
– Dame un beso…
– ¡No pienso! Acabas de besar otros labios frente a mí… Ésta no es mi onda, ¿Cachái? ¿Qué esperas? ¿Que sigamos agarrando en el suelo?
– En la cama…
– No, ya no… ¿Sabes? Me tengo que ir, no puedo perder más tiempo, además ya está amaneciendo.
– Nuestra es toda la mañana…
– Lo siento, lo nuestro ya no fue… Debo volver a Santiago, pero quiero que sepas que no te guardo rencor, y espero de corazón que tengas éxito cantando en las micros… o no sé, donde sea que te dé la gana cantar…

Le di un frío beso en la frente y me despedí con un dejo de rencor, luego tomé un bus de vuelta a Santiago y nunca más supe de ella… A veces creo escuchar su voz en distintas partes, pero a quién engaño, esa noche llegué a tal punto de la ebriedad que ni siquiera recuerdo su nombre, ni menos tengo una imagen completa de cómo era su cara, lo único que recuerdo es que sus besos eran de auténtica pasión, esa pasión que no pillas en cada esquina, esa pasión que sólo puedes encontrar, ya sea como magia o como realidad, curándote raja en los cerros del puerto.

Comentarios

Comentarios