16 Jul

Capítulo 107: El sushi-bar

– Mati hueón, ¿Qué es esto? ¿Dónde me trajiste?
– Viejo, tranquilo, éste es el sushi-bar más pulento de Santiago Centro, ¿Te gusta? Fíjate, es chiquitito y acogedor; yo vengo casi todas las semanas, e incluso ya me hice medio amigo del dueño.
– ¿Es mi idea o, entre todas las hueás irrelevantes que dijiste, escuché la palabra “bar”? ¿Acaso venden copete acá? ¡Si se parece a la casa de Hello Kitty esta hueá! ¿Y por qué chucha hay un acuario detrás de ti? ¿Esos pececitos son reales? En serio, ¿A quién se le ocurre chantar un acuario dentro de un bar?
– Son elementos decorativos para que el lugar sea más pintoresco, ¿Qué tanto? Déjate de reclamar por todo, últimamente te estái poniendo más rancio que de costumbre y, por lo mismo, pensé en invitarte a un lugar colorido y bonito como éste, a ver si te purificái un poco.
– ¿Perdón? ¿Mati? ¿Hijo, eres tú? ¿Sí? ¡Oh, disculpa! Por un momento sonaste tan hueco que juré que estaba hablando con tu tío Pato.
– Viejo, qué innecesario tu comentario, deberías agradecer que alguien se preocupa por ti… ¡Ya, compórtate que ahí viene el dueño!
– Puta, aprovecha de preguntarle si me presta un enchufe para cargar mi celu… Por muy huequereque que sea el lugar igual quiero subir unas servius a mi Facebook, así le saco cualquier pica a los cabros.
– Viejo no, qué lata, guarda ese cargador.
– ¿Qué tiene Mati hueón? Dale color, si voh mismo te andái cachiporreando con que vení siempre pa acá, ¿Qué te cuesta pedir prestado un enchufe?
– ¡Sí, vengo siempre, pero no quiero ser tan balsa po! Ya, sosiégate que nos van a tomar la orden…
– Buenas noches don Matías, ¿Cómo le va? Veo que vino acompañado de su abuelito, ¡BUENAS NOCHES SEÑOR! ¿Me escucha? ¡HOLA! ¡UN GUSTO CONOCERLO! ¿ME OYE?
– Mati… – me dijo mi viejo susurrando – ¿Por qué este chino culiao me está gritando? ¿Escuché mal, o cree que soy tu abuelo? Yo soy capaz de meterle estos palitos por la raja Mati hueón, voh sabí que soy capaz…
– Ya viejo, cálmate – respondí igual de bajo – entiende que estái demacrado, por eso es normal que la gente se confunda… y no es chino ni nada de eso, córtala con esos estereotipos… ¡Disculpe don Ryu, buenas noches! ¿Cómo le va? No, jaja, éste no es mi abuelito, es mi papá, ¿Se acuerda que le hablé de él?
– ¡Ah, sí! El que tenía una polola maraca, mucho gusto señor, mucho gusto, bienvenido al local con el mejor sushi de Santiago.
– ¿El sushi es esa cuestión con arroz dulce, algas y pescado crudo, cierto?
– Sí viejo, pero no te pongái a dar la lata con que prefieres comer algo para hombres y todo eso, ¿Ya?
– ¿Qué me estái queriendo decir Matías? ¿Que yo soy un hueón incivilizado? ¿Que no sé nada de nuevas modas culinarias? ¿Qué te creí cabro chico? Yo he ido más veces que voh a locales como éste, deberías aprender de mí, no hueviarme… ¡Chino, oye chino! – Le dijo al señor Ryu, mientras apuntaba al acuario que estaba detrás de mí – Quiero un poco de ese pescadito naranjo que se parece a Nemo, la mitad de ese doradito con cara de pánfilo, y dame a probar la colita de ese chiquitito que está nadando al lado de las roquitas.
– ¡Pero señor, pero… pero…! – Balbuceó don Ryu al borde del infarto – ¡Estos pececitos no con para comérselos! ¡Son como mis hijos, son mi familia, mi todo!
– ¡Viejo por la chucha! ¿Cómo se te ocurre pensar en matar a esos pobres peces? ¡Esos no son los que se comen! ¡Viste que no cachái nada!
– ¿Cómo que no cacho? ¡Cómo que no cacho! ¡Pa que voh sepái yo he comido esta cuestión un montón de veces! Me gusta porque el sabor me recuerda a una mujer en especial, ¡Uf! Si supieras Mati hueón, cada vez que huelo un pedazo de sushi se me viene a la mente el aroma de esos calzones roñosos que tu mamá no se cambiaba nunca…
– ¡Ya viejo, mucho! Don Ryu, tráigame lo de siempre no más, y para beber pónganos dos pilsens de litro, mire que la soya da mucha sed.
– Entendido don Matías, ¿Necesitan algo más?
– No se preocupe, señor Miyagi – respondió mi viejo – está todo bien… todo bien…

La velada fue de lo más agradable, aprovechamos de afianzar la relación padre-hijo y de ponernos al día con nuestras poco ajetreadas vidas. Los minutos fueron avanzando, y junto a ellos siguieron corriendo las pilsens y, a medida que aparecían más pilsens, don Ryu iba rajándose con más sushi. Al cabo de un rato el local comenzó a vaciarse, así que aprovechamos de poner la música a todo chancho y comenzar a chupar directamente desde las botellas que no paraban de llegar. Mi viejo se tomaba una serviu tras otra, y las publicaba en Facebook de inmediato para luego cachiporrearse diciendo “¡Mira todas las minas que me comentan Mati hueón!”, Y yo sonreía evitando celebrarle sus niñerías, “¿Y no era que voh no teníai batería?”, le decía para cambiarle el tema, “¡Tranquilo voh, Mati hueón, si este mundo es de los víos´, este mundo es de los víos´!”, Y así seguimos comiendo y chupando hasta que don Ryu nos comunicó que debía cerrar, el fin de semana había sido demasiado pesado y estaba esperando con ansias el término de la jornada para descansar al fin. Amablemente nos regaló un par de botellas de chela por la buena onda y le pidió a la cocinera que nos tomara una foto a los tres abrazados para nunca olvidar tan grato momento. Aquella noche todos dormimos satisfechos, ebrios y más que felices.

Al otro día desperté debido a la vibración constante de mi celular. Miré la pantalla con un puro ojo abierto y a duras penas distinguí que tenía más de 50 llamadas perdidas de mi viejo. Lo llamé de vuelta esperando alguna noticia catastrófica, pero no era para tanto… o, al menos, eso pensé en aquel minuto.

– ¿Aló, viejo? ¿Qué hueá?
– ¡Mati hueón, tengo poca batería! ¿Dónde estái?
– En mi departamento po viejo, ¿Qué onda? ¿Te pasó algo?
– Puta Mati hueón, por culpa tuya me curé anoche y dejé el cargador tirado en el local de tu amigo, ¡Anda a recuperarlo por fa! Yo ni me acuerdo de dónde quedaba la hueá.
– ¿El cargador? Ya, dale, ¿Dónde le pediste al señor Ryu que lo enchufara?
– ¿Pedir? ¡No si no pedí ni una hueá! Cuando voh le pusiste color llegué y lo enchufé no más, ¡Si tenía que sacar servius po! ¿O no? ¡Anda a buscarlo luego po Mati hueón! Tiene que estar debajo de la mesa, saqué un cable que había ahí y que no servía para nada.
– ¿Cómo que no servía para nada?
– No po, si desconecté la hueá y las luces siguieron funcionando tal cual, por eso metí mi cargador sin dramas, nunca tan balsa, ¡Pero no me di cuenta y se me quedó enchufado po!
– Viejo, por la chucha… no me digái que…

Me levanté corriendo y me puse la misma ropa que había dejado tirada en el piso la noche anterior. Tomé un taxi que me dejó frente a la puerta para entrar al sushi-bar de don Ryu donde, a diferencia del día anterior, colgaba un letrero con una foto mía y de mi viejo bajo la leyenda “Prohibida la entrada”. Me quedé en la vereda evitando ser visto, y desde ahí pude apreciar como don Ryu junto a su cocinera cubrían la enorme pecera que decoraba su local con unas lúgubres cortinas negras, mientras le decían a los clientes que hacían su ingreso que ese día no iban a atender, que estaban de duelo, y todo por culpa de un viejo borracho que no encontró nada mejor que desconectar el cable que alimentaba el calefactor y el filtro que mantenía con vida a sus pobres pececitos.

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