22 Jul

Capítulo 109: Pequeña confesión

Desde hace algunos meses me las vengo dando de bloguero. Si bien no tengo un número de seguidores magnánimo, si hay un puñado bien grande de personas que leen y disfrutan de mis historias, por muy rancias que estas sean.

Al principio celebré mi acierto desde la perspectiva del “cabro que le gustaba escribir y que al fin se ganó la atención de algunos potenciales lectores”, pero luego, en un momento de debilidad, me dejé querer más de la cuenta por ciertas seguidoras que me prometían el cielo y la tierra, lo mojado y lo seco, la delantera y la trasera, ¿Y qué iba a hacer yo, un simple mortal, ante semejante tentación? Bueno, otro no la habría pensado dos veces y hubiese atacado de inmediato, pero yo, cabro humilde y prudente, decidí consultarlo antes con un experto en el tema, el mentor de la sensualidad, una voz en la materia…

– Viejo, tengo un dilema.
– ¡Nada que hacer a esta altura de la vida po Mati hueón! Cuando naciste yo le dije al doctor “oiga, ¿No le puede alargar la diuca a mi hijo? Mire que si usted no me dice que es niñito yo no me hubiese dado ni cuenta”, pero él me respondió que no me preocupara, que la tenías así de chica porque estabas recién nacido, ¡Pero no po! ¡Nunca más creció la hueá! Qué hueón más negligente ese doctor ah, deberías demandarlo, piénsalo.
– ¡No viejo, no es eso! Es un problema de otro tipo… ¡En realidad no es ni siquiera un problema!
– En pocas palabras, estái llorando por llorar, ¡Típico del Mati! ¡Búscate una mina mejor será hijo! ¡Tení 20 años ya, y na´de na´!
– Viejo, tengo 28…
– ¡28 conchesumare! ¡No, voh estái cagao! Métete a cura hueón, si la hueá la tení de adorno; o mejor córtatela y dónala a la ciencia, en una de esas descubren el gen que causa la falta de sensualidad y te dan un Nobel.
– ¡Ya, mucho! ¿Me vai a ayudar o no?
– ¡Pero claro po Mati hueón! ¿Cuándo te he dado la espalda yo? Dale, canta, soy todo oídos.
– Puta, gracias… Pasa que hace poco en internet empecé a…
– ¡Fomeeeeeee!
– ¡Ya po, no me interrumpái! Como te iba diciendo, en internet empecé a escribir unas cositas, tú cachái, mis visiones sobre ciertos temas y…
– ¡Buuuuuuu, hueón fomeeeeee!
– ¡Y puta, ahora hay un montón de minas que me ofrecen hasta el chico y no sé qué hacer!
– Perdón… ¿Qué dijiste?
– Eso po viejo, creo que por primera vez tengo pretendientes y no sé cómo afrontarlo.
– No no no, antes que eso… ¿Me estás diciendo que aún es posible conocer minas por internet… aunque ya no exista el Messenger?
– Sí po viejo, la pregunta hueona.
– ¿Y cómo no me habíai contado cabro maricón? ¡Dime al tiro qué tengo que hacer!
– Puta, no sé… usa tu cuenta de Facebook po, si la tení botada…
– ¿Facebook? ¿Esa hueá donde aparecen puras fotos de gatos y de hueones comiendo sushi?
– Sí, ahí mismo.
– ¡Mati hueón, por qué no me dijiste antes, jamás pesqué esa chuchá´! Ya, vírate vírate, tengo que ponerme al día.
– ¿Pero qué hago con mi problema?
– ¿Cuál problema?
– ¡El que te conté po viejo! Por medio de un sitio de internet conocí a muchas minas y…
– ¡Afílatelas a todas Mati hueón! ¿Pa qué tanto atao´?
– ¿Pero cómo…? ¿A todas?
– ¡No al mismo tiempo po ahueonao! Tení que saber optimizar, gozar de cada fémina en su totalidad, ¡Pero sin fundirte con una pura! Así le dai el pase a la próxima de inmediato; mira, júntate con una el sábado en la tarde, con otra el sábado en la noche, para el domingo en la mañana ya deberías estar con la tercera y el domingo en la tarde descansái con el fin de estar listo para el lunes y así seguir atendiendo a las cabras sin perder tu energía…
– O sea, ¿Me dices que programe tres citas para este fin de semana? ¿No será mucho?
– Puta, si no te la podí tráelas pa´ acá po, yo me hago pasar por ti y fin del problema.
– No, no se trata de eso, es que…
– Mira Mati hueón, si algo aprendí en mis años afilando gracias a Latinchat fue que estas minas de la internet no buscan que las escuches, ni tampoco quieren escucharte, esto sólo se trata de pisar, nada más, no seái gil y aprovecha hijo, no te arrepentirás, confía en mí, no te arrepentirás.

Y bueno, ¿Qué podría perder? Le hice caso a mi viejo al pie de la letra, seleccioné a las tres seguidoras que más baboso me tenían (a quienes llamaré “La Piolita”, “La Festejada” y “La Hambrienta”) y las invité a salir: el sábado en la tarde sería para la Piolita, la noche del mismo día para la Festejada, y el domingo en la mañana para la Hambrienta. Ahí vamos:

I. La cita con la Piolita: Lo que me gustaba de la Piolita era su ternura. En sus fotos demostraba ser una chica sencilla, sonriente y quitadita de bulla, pero al chatear con ella dejaba entrever un dejo de perversión en cada una de las frases de doble sentido que me lanzaba… Bueno, o al menos eso creí hasta que la conocí. Nos juntamos en un café del centro, efectivamente era muy linda, parecía una muñeca de porcelana que nadie osaría siquiera tocar pero, para mi desgracia, sus indirectas y sus supuestas “frases de doble sentido” nunca tuvieron una connotación coquetona, porque la niña era, sencillamente, ¡Ahueonadamente inocente!, “¡Ay Mati, es que yo amo chuparlo!”, Me decía mientras pasaba su lengua por el café helado había pedido, “¡Me encantaría que me taparas el hoyo!”, me aseguró cuando le conté que poseía algunos conocimientos de gasfitería, y que podía reparar una fuga de agua de su lavaplatos, “¡Qué ganas tengo de que me acaricies el sapo!”, me dijo de pronto al momento de contarme que tenía un montón de mascotas exóticas en su patio, entre ellas un sapito con depresión que necesitaba cariño, ¡Pura inocencia! Puta que es mal pensado uno, me dije, me estaba pasando mil rollos por culpa de mi mente cochina, así que no había nada más que hacer y la fui a dejar al metro a las 10 de la noche en punto, a las 10:30 había quedado de juntarme con la Festejada en esa misma estación y, hasta ahora, no me había bajado el pantalón ni para mear. Me despedí de la Piolita con un beso en la cara y ella, mientras rozaba su mejilla con la mía, me susurró al oído “lo pasé súper … sólo faltó que echáramos a pelear los meones para que la cita fuese perfecta”. Sonreí y di la media vuelta, sin siquiera molestarme en preguntar a qué niñería se refería esta vez, de seguro a una batalla en un juego de Pokemón o qué se yo… pero bueno, ¡Que pase la siguiente!

II. La cita con la Festejada: Mi segunda cita del día llego a las 10:30, puntual, vestida de fiesta y bastante entonada… por no decir “raja e´curá”…

– Hola, yo soy el Mati – le dije simplemente al reconocerla entre la gente que buscaba a otra gente en ese sector del metro donde todo el mundo parece buscar a alguien.
– ¡Buena Mati hueón oh! ¡Qué gusto! ¡Wuuuuuuooou!
– ¡Veo que vienes prendida!
– ¡Pero obvio po Mati, si es mi cumpleaños!
– ¿Ah?
– ¡Sí po, si te dije! ¿No te acordái?
– Chucha… disculpa, no lo recuerdo, de haberlo sabido te hubiese traído algún regalo, o algo…
– Da lo mismo, quizás se lo dije a otro hueón y me confundí, he andado toda la semana curá´.
– Oye pero… ¿En serio es tu cumpleaños? ¿Y no teníai, no sé… una fiesta, por ejemplo?
– ¡Sí po obvio, si de allá vengo! Pero me viré no más po, quería conocerte, ¿Qué tanto? ¡Ya, vamos a celebrar hueón, que una no cumple años todos los días! ¡Eh eh eh eh!

¡Puta madre! ¡La media responsabilidad! ¡Una tipa me confió la celebración de su cumpleaños! ¡A mí! ¡A un hueón que no celebra ni siquiera el cumpleaños propio!, ¿Qué chucha iba a hacer? Se me ocurrió comprar un montón de copete e invitarla a tomar a mi departamento, pero de inmediato pensé que quedaría como el hueón más fome del mundo, así que le dije (de mala gana) que fuéramos a una disco, y ella aceptó gritando de forma eufórica. Cuento corto, las entradas me costaron carísimas, los copetes aún más y, justo cuando íbamos a pedir la cuarta ronda, la Festejada me dice: “¿Oye Mati hueón? ¿Por qué no me invitaste a tu departamento mejor? En realidad me cargan las discos culiás, yo soy más hogareña”… No importa, pensé, pásalo bien Matías, esto no se da todos los días; miré la hora, las 3 de la mañana, debía actuar rápido, fijé mi cita con la Hambrienta a eso de las 12 del día (porque, como su nombre lo dice, a la mina le gustaba comer, así que la invité a almorzar) y eso me daba un tiempo breve para disfrutar junto a la Festejada y lograr dormir un par de horas al menos, ¡Las hueas! Llegamos a mi departamento y la Festejada me dice con total naturalidad “Mati, ¿Me prestas el baño un poquito?”, “Claro que sí, por acá, pase, pase”. Mientras esperaba que saliera ordené mi pieza a la rápida y puse un poco de música romanticona, serví dos piscolas y dejé los vasos sobre el velador y ahí mismo, sentadito a la orilla de la cama, me quedé esperando la alegría… pero amigos, tal como suele suceder, la alegría nunca llegó… Luego de una hora tuve que abrir la puerta del baño a la fuerza para ver qué pasaba, y lo que descubrí fue una de las hueás más chocantes que he visto en mi vida: el wáter todo cagado, manchas de mierda en el piso y mi cita, con la ropa puesta a medias, durmiendo dentro de mi tina cubierta de agua de color café. “¡Pero oye, Festejada! ¡Festejada! ¿Qué onda? ¿Qué pasó? ¿Estay bien?”, Y ella, con voz somnolienta y borracha, me explicó lo evidente: llegó a mi departamento a punto de cagarse y, en la curadera, no cachó que la tapa del W.C. estaba abajo (claro, “porque los hombres nunca la bajan” y toda esa mierda) así que la cagó entera. Miré mi reloj, las 7:00 a.m., en cuatro horas más tendría mi tercera cita y aún debía desintoxicar el baño, remojarme en cloro y descubrir cómo sacar a la Festejada de ahí… Bueno, me estoy quejando de lleno porque en realidad la misión no fue tan difícil, sólo tuve que eliminar el asco de mi mente, aumentar momentáneamente mis niveles de tolerancia y transferir, con ayuda de un par de bolsitas, toda la mierda desparramada desde el suelo al wáter. Terminada la transfusión de mierda comencé a trapear el piso con cloro, detergente, lavalozas, desodorante, barniz, pisco, colonia, limpiavidrios y todo líquido que tenía por ahí y que podía ser eventualmente capaz de neutralizar la putrefacción del lugar. Según yo, quedó impeque; según la Festejada, quien despertó luego de dormir por horas dentro de mi tina sin recordar nada de lo sucedido, el baño quedó con un olor medio raro. Le dije que se debía ir, ya eran las 10:30 a.m. y yo debía seguir con mi vida, “que erí mala onda Mati hueón”, me dijo emputecida, “y yo que creía que me ibai a hacer cagar, ¡Apenas llegue a mi casa le sacaré el me gusta a tu cagá de blog! ¡Erí más pasao´ a mierda que la cresta!”. No volví a saber de ella, pero su aroma aún vive en mis recuerdos.

III. La cita con la Hambrienta: Eran las 10:45 de la mañana, en una hora y cuarto tendría mi tercera cita y sólo podía pensar en una cosa: “Conchemimare, no se me va a parar”, ¿Y es que cómo? Si estaba agotado, asqueado, con caña, no había dormido absolutamente nada y mi moral se andaba arrastrando por el suelo. De todas mis seguidoras, la Hambrienta era mi favorita, por lo mismo la dejé para el final: bonita, rica, morenita y dispuesta a todo, ¿Y cómo estaba yo? Puta, en ese momento valía callampa, y sin saber qué hacer prendí el computador y me metí a Facebook sabiendo que algún contacto me podría dar alguna solución… aunque claro, a esa hora todos mis amigos estaban durmiendo la mona, así que sólo podía acudir a mi único contacto que no se despegó de la red social durante todo el fin de semana.

– Viejo, necesito tu ayuda.
– OK.
– Jajaja, veo aún te es difícil volver a chatear, ¿Por acá no erí tan chorito, cierto?
– Chúpalo.
– ¡Ya viejo, vengo en paz, necesito un consejo!
– OK.
– Cuento corto: me voy a juntar con una chica en menos de una hora, creo que remojaré el cochayuyo, pero estoy hecho pico, cansado y medio curao´, me he tomado cinco tazas de café, pero aún así no creo que pueda rendir… Según tu experiencia, ¿Qué puedo hacer?
– Viagra.
– ¿Viagra? Pero esa hueá es pa viejos po.
– No.
– ¿En serio, así de sencillo? ¿Voy a la farmacia y pido Viagra?
– Sí.
– ¡Puta viejo! ¡Ya, si tú lo dices lo haré! ¡Te pasaste, bacán saber que puedo contar contigo, gracias por tus palabras!
– OK.

Corrí a la farmacia más cercana, pedí la famosa pastillita y el viejujo que atendía me la hizo corta: “amigo, en ese estado no se le va a parar bien”, “¿Cómo es eso? ¿Me está hueviando?”, Le pregunté, “No po, no le va a rendir la hueá”, me reafirmó, “yo sé que usted es el cliente y quiere tener la razón pero, con todo respeto amigo mío, usted se encuentra en estado de ebriedad, ¿O no? Y eso causa que los efectos de la píldora sean menos efectivos”, “Puta la hueá, ¿Y qué puedo hacer?”, Le consulté al borde del colapso, “A ver, ¿En cuánto rato se pegará el polvo? ¿Qué? ¡En media hora! ¿Me está hueviando? ¡Entonces tómesela al tiro!”. Díganle al hueón, le pedí un vasito con agua y ahí mismo me la zampé, llamé a la Hambrienta para darle la dirección de mi departamento y pedirle que mejor nos juntáramos ahí, pero no me contestó, así que comencé a correr al metro más cercano para ir a su encuentro con la mala cuea´ de que, con la agitación del momento y el estrés matutino, se me aceleró la cuchara tanto que la diuca se me puso como un fierro antes de todo lo presupuestado. Como pude me senté en una cuneta y seguí intentando comunicarme con la Hambrienta, arqueado para que las viejas que caminaban por el lugar no se escandalizaran con mi evidente erección, hasta que me respondió.

– ¡Hola Mati! ¡No me digas que me estás esperando en el metro po fa!
– ¡No, voy súper atrasado! Por el tono de tu voz me imagino que tú igual.
– ¡Pucha Mati, yo aún no salgo! Se me presentó un inconveniente, pero igual podemos solucionarlo.
– Sí, claro, dime – respondí pensando solamente en cómo chucha iba a controlarme la diuca.
– Mis papás tuvieron que viajar urgente a Viña a ver a una tía que está media enferma, y pucha, me dejaron al cuidado de mis hermanos chicos… ¡Esto sucedió recién! No me lo esperaba, pero… ¿Por qué no vienes y comemos algo acá, en familia, vemos una película y jugamos con los niños? ¿Te tinca? Apenas lleguen mis papás nos vamos al tiro… incluso me podría quedar esta noche en tu departamento… ya sabes, tú me acompañas, yo te acompaño.

Lo pensé detenidamente, me puse de pie a duras penas y observé mi reflejo en el vidrio de una zapatería que estaba en toda la esquina, y lo que vi fue a un hueón chascón, demacrado, visiblemente ebrio y con la corneta parada. La Hambrienta me gustaba, en serio me gustaba, y no podía dejar que me conociera en ese estado.

– Pucha Hambrienta, lo siento…
– ¿Qué? ¿Me vas a decir que no? ¿Hueón, qué onda? No te pedí nada del otro mundo, o sea…
– ¡No, no se trata de eso! Yo encantado pasaría la tarde contigo haciendo cualquier cosa, viendo películas o jugando con los cabros chicos, te juro.
– ¿Acaso ya no te intereso? ¿Qué pasó con todo lo que hablamos?
– Obvio que me interesas.
– ¿Y entonces?
– Y entonces… nada – le respondí, asumiendo de una vez mi ranciedad – y entonces nada – y corté.

Quizás no era mi momento, quizás el destino me dio una señal para que dejara de aceptar este tipo de propuestas y me enfocara en escribir, y quizás esa sería la mejor opción que podría tomar, después de todo no podía desconocer mi verdadera identidad, no podía darle la espalda a aquel joven decadente y quitado de bulla que he sido durante toda mi vida, y en eso me fui pensando durante todo el camino de vuelta a mi departamento, camino que recordaré como la mañana en la cual mucha gente vio a un hueón derrotado deambulando por las veredas de la capital, con un semblante triste, con la peor cara de borracho y, por supuesto, con la corneta parada a más no poder.

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