26 Jul

Capítulo 111: Cyber-sexo, versión de cerro

Con la sana intención de escapar del mundanal ruido, cierto fin de semana pesqué un par de bolsas de supermercado (no tengo maletas), las llené con un poco de ropa y tomé un bus con dirección a la costa de Curicó. Allá me recibió mi tía Chela, hermana de mi vieja y madre del Fabián, mi primo metalero conocido en estos lados como “Fabito”, o también, pero más para callao´, como “el hijo colipato de la Chelita”. Y es que acá todos piensan que al Fabito se le derriten los helados. Para algunas señoras de edad es difícil concebir que un guailón de 25 años use el pelo largo y se vista con pantalones de cuero apretaditos, y es más, la vieja que vende tortillas de rescoldo en el quiosco de la esquina jura y recontrajura que el Fabito es, en realidad, “la Fabita”, y siempre cuando puede le pregunta a mi tía “¿Y cómo está su niñita, doña Chela? ¡Tan peludita que le salió ah! ¿Y todavía escucha de esa música metálica que le llaman? ¡Malazo está pue! ¡Figúrese que el otro día la vi curá’ en la plaza tomando pilsen con puros satánicos oiga! Y eso sí que no es de señoritas, ¡No no no, de señoritas sí que no es!”.

Se suponía que el objetivo de mis mini-vacaciones era descansar y conectarme con la naturaleza… ¡Las hueas! Fueron contados con los dedos de una mano los momentos de sobriedad que experimenté, y fue tanto lo que huevié que me atrevería a jurar que, durante mi estancia, ni siquiera vi la luz del día. Aunque lo peor no es eso… mi primo, debido a que gran parte del año está en la capital por motivos de estudio, y tiene en Providencia a una polola desde hace más de tres años, no se junta con ninguna mina en su campo, y todo para que su prometida no se le ponga chúcara; así que mi necesidad de contacto femenino se ha acrecentado al punto de pasarme películas, incluso, con las viejas decrépitas que vienen a tomar mate con mi tía. Ese nivel.

– Ya po primo hueón, ¿Cómo no vai a tener a alguna amiga para presentarme? ¡Tengo las hueas hinchadas por la chucha! ¡Ayúdame, piensa en mí, hazlo por la familia!
– Cagaste no más, gancho. Acá las cabras le hacen la cruz a los santiaguinos pitucos que vienen a puro lucirse con sus IPhones y su ropita de mall.
– ¿De qué estái hablando, tonto hueón? ¡Mírame, yo soy más ordinario que la cresta! Mi celular se lo compré a un flaite angustia’o por pasta, y mi ropa está llena de hoyos y manchas de cloro, qué chucha.
– ¡No sé na yo gancho! Aparte, no te pasí na’ películas con mis coterráneas, ¿O qué creí voh? ¿Que acá las peucas se andan regalando? Ya, anda a abrigarte será mejor, vamos a tomar al río con los cabros.
– ¡No pienso hueón! Llevo casi dos semanas de corrido curándome como chancho cada noche, y hoy quiero hacer algo distinto.
– ¿Ah, sí?
– ¡Sí po!
– Entonces quédate acosta’o no más po hueoncito, mira que acá la vida no anda na´a la pinta tuya, ¡Mamá! ¡Oiga mamá, prepáreme el caballo que esta noche salgo solo! ¡Sí, una pura chupalla no más, porque el Mati se va a quedar llorando como maricueca acá! ¡Uyuuuuuuy!

No importa, pensé dentro de mi pica, seré digno y me acostaré tempranito, sin patalear… aunque a quién quería engañar, en el fondo me moría de ganas de salir a hueviar a caballo por las calles del pueblo; el otro día mi primo me enseñó que, tal como en Santiago es obligación ponerse casco para andar en bicicleta, en el campo es obligación ponerse chupalla para andar caballo, de otra forma te partean; no sé si será cierto o no, pero daba lo mismo, esa noche no lo podría averiguar, esa noche no iba a lograr nada, estaba caliente y a cientos de kilómetros de cualquier amiga salvadora de esas que aparecen en momentos como estos, y con aquel pensamiento pesimista me fui a acostar de una buena vez.

La pieza que me asignó mi tía tenía una ventana gigante al lado derecho de una cama, lo que causó que me cagara de frío en mala. Cuidadosamente, me acomodé las frazadas hasta el cogote, y comencé a mirar las estrellas a través de las cortinas mientras me rascaba las hueas suavemente y me preguntaba “¿Qué puedo hacer? ¿Me pajeo, o no me pajeo? Piensa Mati piensa… no, mejor no, qué flojera”, y con esa decisión en mente cerré mis ojos y me dispuse a dormir, hasta que, como si fuese un regalo, sentí la señal que me hizo cambiar de opinión de inmediato: un quejido femenino largo y suave, de unos cuatro o cinco segundos, atravesó mi ventana desde la casa de al lado; un “auuuhhhhh” que volvió a repetirse casi al instante, y luego otra vez, y así, en pequeños intervalos, se fue incrementando paulatinamente, cada vez con más fuerza, colándose como una caricia sublime en mis gélidos oídos.

Al principio la situación me causó gracia, “los vecinos deben estar culeando”, pensé sonriendo, pero luego recordé que mi primo siempre me hablaba de una vecina que vivía sola en la casa de dos pisos colindante a la pieza donde estaba yo, soltera y media caliente, de poco más de 30 años, y que durante los fines de semana trabajaba como barwoman en un sensual pub talquino. Con esos pocos antecedentes me hice una imagen mental de mi compañera en esa noche solitaria, ¿Qué estaba haciendo? Claramente se encontraba sola, sólo se escuchaba una voz femenina… ¿Se estará complaciendo a sí misma? ¿Se estará ayudando sólo con sus dedos, o estará usando algún accesorio? Y entre más preguntas me hacía más gemidos iban naciendo, “aooooouhh, aaaaaaaauuuuhhh”, ¿Por qué gime tan fuerte? ¿Sabrá que su ventana da justo a la pieza donde me estoy alojando yo? ¿Y qué tal sí…? No, imposible… ¿Me habrá visto? Puede ser ah… ¿Qué tal si me vio a través de la ventana, acostado solo y con las manos sospechosamente ubicadas en mi parte baja? ¿Qué tal si ella se estaba gatillando para… para mí? No me podía quedar con la duda: abrí levemente mi ventana, y grité lo más bajo posible un “¡Hola! ¿Me puedes ver?”, que fue respondido con un silencio que dejó en evidencia que así era, pero que al poco rato fue interrumpido por un gemido aún más fuerte que me indicaba que la vecina, definitivamente, quería que yo entrara en su juego. Díganle al hueón. Me importó una raja el frío, me destapé completamente, me quité toda la ropa, saqué la cabeza nuevamente por la ventana para gritarle “¡Dale! Hagámoslo juntos”, y comencé, sin más rodeos, a sobajearme el manguaco como si fuese un quinceañero.

La experiencia fue increíble, algo así como el cyber-sexo, pero en versión de cerro, y entre más fuerte se quejaba la coqueta vecina, yo más rápido mecía mi mano de arriba a abajo. Así estuvimos por varios minutos, hasta que no di más y comencé a gritar por la ventana “¡Vamos, vamos, dale, dale! ¡Amo el sur por la chucha! ¡Eso, dale, gime más fuerte, más fuerte!”, Provocando, finalmente, que mi calentura saliera expulsada en un chorro de moquillo acumulado que fue a dar directo a aquel enorme vidrio empañado que me separaba de mi compañera de fantasías, justo cuando mi tía Chela entraba a la pieza de golpe, encendiendo esa luz delatora y chillando furiosa “¡Ya po Mati culiao! ¡Deja de gritarle hueás al gato de la vecina, o si no el hueón no se va a dejar de maullar nunca!”.

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