30 Jul

Capítulo 112: Maura

Conocí a la Maura a principios del verano del 2009, mientras ambos paseábamos por el barrio Brasil buscando alguna picá barata para llenar el buche. Yo llevaba puesta una polera de los Los Tetas, ella lucía una de los Chancho en Piedra y, por lo mismo, nuestro flechazo funkero fue inmediato. Luego de intercambiar algunas palabras de buena crianza, la Maura me invitó a que le hiciera compañía en un sucucho con olor a fritanga que tenía un par de mesitas desocupadas. Ni hueón, le dije sí al toque. Ella ordenó una porción grande de papas fritas más un té; yo, para forjar cierta complicidad, pedí lo mismo, pero reemplacé el té por una pilsen de litro. La conversación fluyó espontánea y natural, la Maura me regalaba una sonrisa por cada cumplido que le dedicaba y yo, para no quedar como roto, dejé de hablar tantas chuchadas por minuto y saqué a relucir mi vocabulario más caballeroso.

– … Bueno querida, y así fue como ingerí una piscola tras otra hasta acabar, era que no, defecando sangre, ¿Qué te parece? – Le dije empinándome la pilsen con el meñique levantado.
– ¡Ay Matías! Jajaja, me haces tanto reír.
– Tu risa es un placer para mis oídos linda, no la detengas por nada del mundo.
– ¡Qué bacán haberme topado contigo Mati! Siento que tenemos tanto en común, es como si te hubiese conocido de antes.
– Sí, yo también siento que…
– Y por lo mismo – continuó, interrumpiendo mi respuesta – te quería pedir que salieras a la calle por unos segundos… Me quiero tirar un peo.
– ¿Ah?
– Eso, me quiero tirar un peo y no quiero que estés a mi lado cuando lo haga, moriría de plancha.
– ¿Qué?
– ¡Ya, ya, sale ahora! ¡Me voy a cagar y se viene hediondo! ¡Ya po sale, lo estoy sintiendo, lo siento venir!

Sin comprender bien lo que acababa de ocurrir, me puse de pie y me dirigí a la vereda a esperar como hueón a que la Maura hiciera lo suyo. Luego de un rato, mi improvisada cita me hizo un gesto con la mano que me indicaba que podía volver a entrar.

– ¡Hola de nuevo Mati!
– Eh… hola…
– ¿En qué estábamos? ¡Ah! Me ibas a hablar de cuando trabajaste con tu tío. Dale, te escucho.
– Ah, sí, sí… bueno, aunque todo terminó mal, al comienzo fue…
– ¡Ay Mati! ¡Sale de nuevo! ¡Otro peo!
– ¿Qué? ¿En serio?
– ¡Sí Mati, y éste se viene fuerte! ¡Por fa, sale un ratito, apúrate, no quiero que te lleves una mala impresión de mí!
– Oye pero si… dale no más, estamos en confianza, no importa, es natural…
– ¡Sale Mati! ¡Entiéndeme, no me lo puedo tirar si alguien me está mirando! ¡Nunca tan ordinaria!

Nuevamente el mismo proceso. Desde la vereda observé como la Maura miraba hacia los lados, luego separaba sutilmente su nalga izquierda de la silla, inclinándose para disparar mejor, y cerraba los ojitos con un vistoso gesto de placer. Esperó unos segundos, luego olfateó de modo exagerado a su alrededor unas cuantas veces y, cuando se aseguró de que no quedaban vestigios de su podredumbre, sonrió y me indicó que podía pasar nuevamente.

– ¡Hola Mati! ¿Hace mucho frío afuera?
– Eh… no tanto… es que…
– ¡Mati, otra vez! ¡Sale, me voy a cagar!
– ¡Ya Maura, para! – Le dije molesto – No puedo estar saliendo a cada rato, mira la cara del dueño, me ha estado mirando caleta y pensando, de seguro, que le quiero hacer perro muerto. Dime qué onda, ¿Estái enfermita? ¿Te hizo mal algo? Mi papá tiene su casa por acá cerca por si necesitas un baño, ¿Es eso?
– ¡Matías! ¡No, cómo se te ocurre! Es sólo que no quiero que pienses que soy una peorra, por eso quería hacerla piola, pero ya me estás haciendo sentir avergonzada, ¿Y sabes qué más?
– ¿Qué?
– Tienes que salir en serio, me tiraré un peo cuático, de esos que te rompen el hoyo… y me parece que viene con caldo…
– No, no pienso salir esta vez, ¿Pago la cuenta y vamos a la casa de mi viejo? No hay nadie allá a esta hora, ahí puedes ocupar el baño y evacuar tranquila.
– Ya ya, está bien… por ser tú, aceptaré.
– Dale, espérame acá, iré a ver cuánto es.
– Mati…
– Sí Maura, dime.
– Demórate un poco, aprovecharé de cagarme mientras tanto.

Ya rumbo a la casa de mi viejo la Maura me pidió que caminara un par de metros delante suyo, “cuando ando por la calle parezco una metralleta”, me aseguró, “y no me gustaría que escuches todos los peos que me puedo tirar por cada paso que doy, ya sabes, no quiero que te lleves una mala imagen mía”. Pese a lo que se podría esperar, la actitud de la Maura me causaba más ternura que cualquier otra cosa, ¿Y por qué no? Si la chiquilla era espontánea, sincera, directa y auténtica. Claro, le faltaba superar un poco sus problemas de vergüenza, pero ya tendríamos tiempo para ello, quién sabe, en una de esas podríamos estar juntos para toda la vida, pero había que darle tiempo al tiempo, cimentar de a poco las bases de una relación que, a primera vista, se veía estable. Quizás fueron todos esos pensamientos los que me motivaron a besarla apenas cruzamos la puerta de entrada, procurando no apretarla tanto para que no se le fuera a escapar un aire. La Maura se prendió de inmediato, tanto así que pareció olvidar sus problemas gástricos por un momento, lo cual resultó ser una instancia precisa para llevarla hasta mi pieza, ponerle play al tema “Papi dónde está el funk” y, sin más, darle rienda suelta a nuestras pasiones… pero lentito, siempre con cuidado, con suma delicadeza desde el principio hasta el final.

– ¡Uf! La cagó, creo que hace tiempo no duraba tanto – le dije cachiporreándome de lo lindo – ¿Cuántas veces se repitió la canción?
– No sé, dos o tres… pero eso da igual, me encantó tu delicadeza, nunca me habían tocado tan suavemente… tanto así, que a ratos llegué a pensar que hacía el amor con otra mujer…
– Bueno… eh… lo tomaré como un piropo…
– Claro que es un piropo Matías, ¡Y no vayas a creer que yo hago esto con todo el mundo! Te juro, es primera vez que me acuesto así de rápido con un desconocido… pero es que… contigo es distinto… es como si te conociera de toda la vida.
– ¿En serio? No te creo… – le respondí juguetón.
– ¡Te lo juro! A ver, ¿Qué tengo que hacer para que me creas?
– No sé po… haz algo que no hayas hecho antes; algo que haga… que superes tus miedos…
– ¿Tú decí algo como… que te chante un peo en la tula?
– ¿Ah?
– Eso po, que te chante un peo en la tula, ¿A eso te referías, o no?
– Bueno, no sé si tanto, pero…
– Dime sí o no al tiro, mira que estoy llenita de amor y de gases para ti… ¿Qué me dices?

Ante las grandes decisiones de la vida, lo mejor es poner las cosas en una balanza: por un lado tenía la oportunidad de volver a estar con alguien y, por otro, el miedo de que me cagaran la puntita del regalón… ¡Qué tanto! El que no se arriesga no cruza el río, pensé, así que le dije a la Maurita que se acomodara no más e hiciera su truco. “¿Seguro?”, me preguntó antes de proceder, “sí, seguro”, le respondí sin dudarlo, “entonces espérame, déjame afinar”, me dijo antes lanzar el peo más estruendoso que he escuchado en mi larga existencia, y luego otro, y después otro más, siguiendo con otro aún peor para terminar al fin con uno que me dejó, sin exagerar, con los ojos llorosos y una sensación amarga en la lengua, sensación que se fue expandiendo por todo mi cuerpo, haciéndome sentir un malestar que no podría explicar con palabras, aunque ni siquiera comparado al que sentí cuando escuché a mi viejo entrando a la casa antes de la hora presupuestada, tosiendo, haciendo arcadas y gritando desesperado “¡Conchetumare, se rompió la cañería de nuevo! ¿Mati culiao, estái acá? ¡Responde hueón, sé que estái acá, dejaste tu mochila en el living! ¿Qué onda, estái con cagaera´? ¡Tira la cadena mierda, no se puede vivir aquí dentro!”. Cuento corto, la Maura encontró último de ordinario el vocabulario empleado por mi padre y cortó nuestra fugaz relación en ese mismo instante; mi viejo tardó dos días y medio en ventilar la casa, e incluso de noche mantenía todas las ventanas abiertas para poder respirar algo de aire limpio, (“te van a entrar a robar hombre”, le dije para que se calmara un poco, “¿Y quién va a entrar a esta casa así Mati hueón?”, Me respondía con tono lastimero, “Si está pasada a raja de caballo esta hueá, ningún ladrón se atrevería a acercarse siquiera”), y yo… puta, yo sigo esperando al amor de mi vida… o, al menos, a alguna que se raje con un peito en la tula más que sea…

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