11 Ago

Capítulo 117: El Piti y la Matilde

Cuando iba en primero medio andaba de arriba para abajo con el Piti. Le decíamos así porque el pobre no veía ni una hueá, usaba unos lentes poto de botella iguales a los del típico personaje nerd de las películas ochenteras, y si le sumábamos a eso lo perno y mateo que era el buen Piti, puta, le calzaba la chapa de “pánfilo” a la perfección.

Como a nadie le falta dios, el Piti comenzó a pololear de pronto con la Matilde. Ella iba en el otro primero medio, y era algo así como un Piti en versión mina: piolita, buena niña, estudiosa y, bajo los ojos del sexo opuesto, bastante poco agraciada. A todos nos hizo gracia el comienzo de esa relación, más que nada porque el Piti era el primero del grupo en ponerse a pololear, el primero que daba el gran paso y el primero que conocería los grandes misterios que esconde el género femenino. Por lo mismo nos sentimos orgullosos de su logro y, como buenos amigos que éramos, nos comprometimos en prestarle nuestra ayuda en todo lo que fuese necesario para hacerlo parecer el pololo ideal: le decíamos que saludara a la chiquilla caballerosamente todas las mañanas, que le dedicara palabras de amor en cada recreo y que, de vez en cuando, le llevara un chocolatito de regalo para endulzar la vida. Además, le aconsejamos que escuchara todo lo que la Matilde le contara, que hiciera el intento por mostrar interés en todo lo que ella dijera, aunque fuese lo más intrascendente del mundo, aunque sus eternas historias causaran sueño más que cualquier otra cosa, eso daba lo mismo, “a las minas les encanta ser escuchadas Piti”, le decía, “mi mamá me comentó que ése es el secreto que me abrirá las puertas del mundo, hazme caso, mi papá no la pesca nunca y por eso lo tiene durmiendo en el living, imagínate lo que es eso, incluso me comentó que le tiene el agua cortada, ¡Pobrecito, debe estar muerto de sed! Con razón sale a tomar escondido todas las noches y me pide que lo cubra, ¡Eso no es vida! ¿Viste? ¡Y todo por no saber escuchar!”; Por último, le dijimos que la alabara siempre por lo hermosa que se veía, aunque eso no fuera cierto, aunque no pudiese aguantarse la risa por la mentira que estaba tirando… pero a quién queríamos engañar, el Piti sí pensaba que la Matilde era la mujer más linda del mundo y, gracias a nuestra ayuda, la Matilde juraba que el Piti era el hombre más romántico y detallista sobre la faz de la tierra, amaba que fuera tan tierno, tan preocupado, tan buen oyente, lo amaba tanto que, para nuestra sorpresa, le lanzó aquella gran propuesta que nosotros a esa altura, y pese a nuestros intentos, estábamos bastante lejos aún de escuchar.

– Amigos – nos dijo en cierto recreo el Piti – la Matilde me pidió que perdiéramos la virginidad juntos.
– ¡Qué hueá! – Gritamos al unísono, al borde de la cagadera.
– ¿Qué tiene? ¿Por qué tanta sorpresa cabros? Si en el fondo este gran paso que daré es gracias a ustedes… sobre todo gracias a ti Matías, debo reconocerlo, mi Matilde se derrite con las cartas de amor que me ayudas a escribirle, por lo mismo me dijo que no aguantaba más y que nuestra primera vez debía ser hoy mismo, a la salida de clases, justo a la hora de la reunión de apoderados, ¿Qué tal? Así nos aseguramos de tener, por lo bajo, una hora y media para dar rienda suelta a nuestras pasiones.
– Pucha Piti – le dije al borde de las lágrimas – no sé qué decir… estoy emocionado…
– ¿Emocionado? ¡Cómo vas a estar emocionado! ¡Matías, yo estoy aterrado! ¡No sé qué hacer! ¿Dónde tengo que meterlo? ¿Viste la vagina que aparece en el libro de biología? ¡Es un laberinto con decenas de muros de carne y pelos esa hueá! ¿Y además, cómo lo hacen los actores de las pornos para que les salte ese chorrito de meado blanco, ése que siempre le tiran en la boca o en el ojo a sus mujeres? Eso tampoco lo entiendo, ¿Por qué les tengo que tirar pichí blanco? ¿Acaso les gusta?
– Pucha, no sé… me imagino que sí… por algo gritan tanto…
– Estoy cagado de miedo Matías, ¿Y te acordái de lo que dijo el profe de orientación? ¿Te acordái?
– Sí… que si no usábamos condón se nos iba a caer la diuca.
– ¡Se me va a caer la diuca Matías! ¿De dónde voy a sacar un condón a esta hora? ¡Dime po, si ni plata tengo como para comprar uno! ¡No, ya lo decidí! Le diré a la Matilde que terminamos, corta, le contaré que ahora me gustái voh pelao Ulises, le diré eso y ya no me querrá ver.
– ¡A ver! – Lo paró en seco el pelao – ¡A mí no me metái na´ en esas leseras, mira que no me gustan na´ esos juegos de huequereques a mí! Yo soy bien machito pa´mis cosas, ¿Qué te creí hueón? ¿Qué chuteo con las dos piernas? ¿Ah?
– ¡Tranquilos cabros, tranquilos! – Interrumpí – No tengas miedo Piti, es sólo un condón lo que te falta, eso no significa que sea el fin del mundo… además, ya sé quién nos podrá ayudar…
– ¿Ah sí? ¿Quién?
– ¡Mi viejo po! Obvio, si él también vendrá a la reunión de apoderados… así que cuando llegue, le iré a pedir un condón piola y problema solucionado.
– ¿En serio harías eso por mí?
– Pero claro po amigo, sabes que puedes contar conmigo para lo que sea… aparte, le diré a mi papá que es para mí, me viene cateteando con que me descartuche desde hace años, así que no dudará en ayudarme, ya lo verás.
– ¡Gracias amigo, en serio te lo digo, de corazón! Gracias a ti mi primera vez será inolvidable, tanto así que le pediré a la Matilde que, cuando la esté bombeando, no grite mi nombre, sino que grite el tuyo, que grite Matías, así tal cual, “ah, oh, ah, Matías, sí, sí, Matías”, en tu honor amigo, ésta va en tu honor.

Y bueno, el plan se llevó a cabo según lo esperado… relativamente… mi viejo llegó a la reunión de apoderados, me acerqué sigiloso y le dije sencillamente: “Viejo, necesito un condón… ¡Urgente!”. Su reacción fue más o menos la esperada: me preguntó si me lo pondría o me lo pondrían, luego se puso a gritar de felicidad, después me abrazó, lloró, cantó el himno nacional y, finalmente, se fue volando a buscar mi encargo. Lo que yo no sabía era que mi viejo, al no andar con ningún preservativo a mano, corrió al laboratorio de ciencias porque, según lo que recordaba, ahí había visto uno cuando asistió a la reunión de apoderados pasada… claro, tenía razón, había un condón en dicho laboratorio… pero en un diario mural de métodos anticonceptivos… pegado a una pumavit… y atravesado por un alfiler…

Mi viejo, en su intento por hacer el bien, entró raudo al salón y, sin más preámbulos, arrancó el condón de la plumavit, le quitó el alfiler con cero cuidado, volvió al patio hasta encontrarme y me lo entregó como quien entrega un tesoro sagrado. Yo, desconociendo la procedencia del famoso condón, se lo fui a entregar feliz al Piti, quien lo recibió sonriente y partió con el pecho inflado a descartucharse junto a su polola, seguro de que ése sería el primer día de su nueva vida, una vida llena de lujuria, sexo desenfrenado y pichi blanco desparramado en la espalda de sus futuras conquistas… pero no podía estar más equivocado mi pobre amigo, no podía estar más equivocado… aunque ya no me siento tan mal, el Piti efectivamente vivió una nueva vida, no la que esperaba quizás, pero una vida feliz después de todo. Y pese a que la Matilde no gritó “Matías” en mi honor (y menos después de notar que el condón tenía una gotera), sí accedió a bautizar a su primer hijo con mi nombre… aunque rezando cada noche para que no le saliera tan ahueonao como el Matías original.

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