14 Ago

Capítulo 118: El adivino

Según mi viejo, el acto de llegar parado en los mocos a su hogar es una rutina que domina casi a la perfección. Es como si su cuerpo borracho activara una suerte de modo automático que lo lleva directamente desde el bar a su cama, no tira nada en el camino e incluso, aunque esté al borde del coma etílico, se da el lujo de chantarse su pijama y darle un beso de buenas noches al Toperol antes de ponerse a roncar como chancho… Se podría decir que mi padre es un caballero a la hora de acostarse curao´, salvo por un pequeño detalle: tiene que dormir, sí o sí, con la tele encendida. Y si es con el volumen al máximo, mucho mejor. Según él, es una técnica milenaria inventada por los rusos para no dormir a saltos, y su lógica radica en que el ruido y las luces de la pantalla te hacen creer que aún estás de farra y, por lo mismo, el cuerpo continúa funcionando en modo carrete y no experimenta ese cambio brusco que hace que se te dé vuelta el mundo.

Hasta ahí, ningún problema (salvo, claro, por el tema de las constantes borracheras y el consumo excesivo de luz), pero, como todo lo relacionado con las mañas de mi viejo, lo surrealista no tardaría en llegar.

– Matías, tengo algo que confesarte… toma asiento por favor.
– ¿Querí que me siente aquí, en el suelo, sobre esta alfombra que parece sacada de la versión porno de Aladino? ¿Y Por qué chucha llevái puesta una túnica? ¿Y esa hueá…? ¿Esa hueá es una bola de cristal? Viejo, no sé qué hueá estés inventando ahora pero… ¿Qué onda? ¿Por qué estái moviendo ese reloj frente a mis ojos? ¿Acaso me querí hipnotizar?
– Matías, hijo mío, relájate y respira profundo, ooooommmm, así, eso, muy bien… a la cuenta de tres te contaré un gran secreto, pero no quiero que te asustes ni que me mires de forma extraña, ¿Estamos? Bien, ahí vamos… uno… dos… tres… hijo, puedo ver el futuro.
– ¿De qué hueá estái hablando viejo?
– ¡Puedo ver el futuro Mati hueón! No sé qué hueá, de repente me llegó el don… todo comenzó hace un par de meses, ¿Te acordái de cuando fuimos a almorzar completos a la bencinera que está cerca del clandestino del chico Maicol? ¿Te acordái que estaba cerrada porque unos hueones la habían asaltado la noche anterior y se robaron hasta los panes los muy chuchesumares? Bueno, eso yo ya lo sabía, mientras la vieja sapa de la esquina nos explicaba el porqué estaba todo cerrado yo ya lo sabía, ¿Y sabes por qué lo sabía? Porque lo soñé… lo sabía porque lo soñé…
– ¡Viejo, estái hablando puras hueás! ¡Soñaste con eso porque te da por dormir con la tele encendida no más! Es obvio que escuchaste la noticia en el matinal y comenzaste a proyectar las imágenes en tu mente, ¡Si a todos nos ha pasado eso po!
– ¿Y qué sabí voh de mentalismo Mati hueón? ¡Nada po, no sabí nada! ¡Ni siquiera podí adivinar dónde tení la tula cuando vai a mear!
– Viejo, ¿Otra vez con lo mismo?
– Yo sé que mis sueños son visiones, y sé que tengo una misión en este mundo. Este don me lo envió un ser superior, y debo hacer algo con él…
– ¿Y qué pensái hacer con tu “gran don”, a ver? ¿Salvar el mundo acaso? ¿Prevenir accidentes? ¿Convertirte un súper héroe? ¿Qué vai a hacer, a ver?
– No, ninguna de esas hueás… voy a poner una consulta y me haré rico viéndole la mano a las viejujas del barrio, ¿Qué tan difícil puede ser? Les digo lo que veo y chao, y si no veo nada les digo “señora, su marido la está cagando” y listo, vamos pagando, si total todos acá tienen los medios cuernos, no estaría mintiendo ni nada de eso, ¿Qué opinái? No sé tú, pero yo veo un futuro esplendoroso… lo veo, no te sabría explicar cómo, pero lo veo…

Y le achuntó, al menos en esa visión le achuntó, porque apenas puso un letrero roñoso en la puerta de su casa con el mensaje “Acá le veo el futuro”, el living se llenó de clientas que le pagaban puñados de billetes a cambio de escuchar las estupideces que mi viejo tuviera para decirles. Al principio le puso empeño, cerraba los ojos para concentrarse e intentaba achuntarle al destino en la medida de lo posible, pero con el tiempo sus predicciones se redujeron simplemente a decir algo así como: “Señora, no me va a creer lo que veo en mi bolita… ¿Le cuento? Veo a un hombre nuevo en su vida… un hombre que la hará ver estrellas intensamente, aunque de forma momentánea, usted sabe, una canita al aire y listo, una cachita corta, pero de esas buenas… Ahora, como le iba diciendo, este es un hombre que está muy cerca de usted. Es un hombre que la escucha y le mostrará el camino… y todo gracias a un don que dios le dio… Espere, ¿Dije un don? ¡Qué coincidencia! ¡Yo también tengo un don! Pero no nos desviemos, como le iba diciendo… tiene que darle la pasada a ese hombre, haga lo que él quiera, baile sobre su callampa y préstele el chiquiturri sobre su alfombra si es necesario, ¿Qué le parece? ¿Sabe quién podría ser aquel hombre misterioso? A lo mejor ya lo conoce o lo ha visto por ahí… ¿Cómo? ¿Usted piensa que podría ser yo? Ahora que lo dice, puede ser ah… ¡Veamos po! Hay que asegurarse, ¿Sabe por qué? Porque no es bueno desafiar al destino, así que vamos sacándonos la ropita y poniéndole bueno, de otra forma vaya a saber uno lo que pueda pasar”.

La carrera de adivino de mi padre llegó bastante lejos, hay que reconocerlo, casi todas las viejas del barrio pudieron conocer su bola de cristal y los chicheros de sus amigos lo bautizaron como el Yolando Sultano para hacerle honor a su creciente fama. Según me confidenció durante una noche de borrachera, en algún momento pensó en dedicarse a ver el futuro de por vida, pero se vio forzado a abandonar la idea cuando el esposo de la Estelita, su clienta número uno, le puso una pura patá en los cocos por estar afilándose a su señora gracias a los designios divinos chantas con los que ésta caía en sus redes. “Puta el adivino penca”, comenzaron a decir en el barrio, “¿Cómo les va a ver el futuro, si no fue ni capaz de ver la tremenda sacá de chucha que le llegó por califa?”, y su fama se vino al suelo de golpe. Al otro día quitó el letrerito y, sin pensarlo dos veces, colgó la túnica para siempre. La bola de Cristal la conserva en su mesa de centro por si las moscas, “uno nunca sabe cuándo el destino te quiere mandar un mensaje”, me aseguró, “en una de esas me aparece una visión tuya haciéndote hombre y me sentiré en la obligación de avisarte po, para que no te vayas a asustar, ¿Qué te parece? ¿Viste que soy buen padre? ¿Qué onda? ¿Por qué esa cara? Veo molestia en tu futuro, ¿Para dónde vas? ¿Cómo que “adivina po viejo hueón”? ¡Soy tu papá Matías! ¡Trátame con cariño! ¡No sabí na´de respetar a tus mayores cabro e´mure, no sabí na de cariño, no sabí na´ de na´!”.

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