09 May

Capítulo 12: El galeón español.

Mi viejo trabajó como estatua humana en el centro de Santiago alrededor de un año. Sus colegas se burlaban de él porque se salía del estático personaje cada vez que una mina rica pasaba frente a sus ojos (después, cuando se puso patudo, hasta les silbaba y tiraba piropos), por lo mismo se hizo la fama de estatua chanta y no le quedó otra que retirarse. Con el dinero ahorrado comenzó a invertir en herramientas para dedicarse al popular rubro del “maestro chasquilla”, así que con un par de alicates, unos cuantos frascos de “La gotita” y una máquina de soldar comenzó a ofrecer sus servicios por el barrio. Según él, no le iba mal, “me agarro cualquier vieja Mati hueón”, me aseguraba, “me llaman para que les destape la cañería, yo me agacho a hacer la pega y, a propósito, les muestro la raya del culo… ¡Se vuelven locas las viejas! Al final termino destapándoles las cañerías a ellas, ¡Ja ja ja! Algunas más putrefactas que otras, pero así es la pega, no sé si me entiendes”. Obvio que le entendía, con asco, pero le entendía.

Para un dieciocho, un amigo fondero lo contrató para que armara el escenario en el cual se presentaría La Sonora Palacios. Le pasó las maderas y algunas herramientas, y le dijo que el escenario debía ser lo suficientemente resistente como para soportar a todos los músicos saltando encima de él (vocalista, guitarrista, bajista, baterista, trompetista, trombonista, tecladista, y un largo, larguísimo, etcétera). Como mi padre no quiso subcontratar a otro maestro para que le diera una mano en la pega, no le quedó otra que llamarme. En aquella época yo andaba en toda la onda del voluntariado, así que accedí a ayudarlo sin esperar nada a cambio (en el fondo, sé que él tenía todo eso calculado) y comenzamos a trabajar. Pasaron un par de horas y teníamos el escenario casi terminado, sólo faltaba darle una soldada a las estructuras que sostenían la parte frontal, y en eso estábamos cuando llega la banda a probar sonido. Amablemente les pedimos que nos permitieran terminar la pega y ellos, más amablemente aún, nos dijeron que ningún problema, pero que los dejáramos instalar los instrumentos sobre el escenario, para no dejarlos tirados en cualquier lugar porque eran delicadísimos. Cero dramas, así fue.

Mientras los músicos posicionaban los atriles con sus respectivos instrumentos, mi viejo me pidió que me rajara con una pilsen, porque la sed lo tenía débil. La botillería quedaba a la cresta, me demoré una media hora en ir y volver. La pilsoca ya estaba tibia cuando entré a la fonda y noté, espantado, que mi viejo se encontraba arriba del escenario jugando con los instrumentos de los cumbiancheros, quienes le pidieron que se los cuidara como huesos santos mientras salían a comer algo.

– ¡Mira Mati hueón! ¡Soy Marty McFly! – Me dijo mientras hacía el pasito de Chuck Berry con la guitarra eléctrica a ras de piso.
– ¡Viejo, ten cuidado! ¡Esos instrumentos son carísimos!
– ¡Pónele color Mati! ¡Mira, ahora soy baterista, cáchate este redoble! – Gritaba pegándole a los tambores con los desatornilladores.
– ¡Viejo, bájate, te vay a mandar una cagá!
– ¡Pásalo bien Mati hueón! – Me respondió mientras tomaba el trombón y se lo llevaba a la boca – ¡Mira, mira! ¡No sé cómo se llama esta hueá de instrumento, pero voy a tocarte “El galeón español”.

Mi viejo toma el trombón y, sin saber cómo tocarlo, empieza a menearlo de lado a lado, simulando el baile típico de los músicos a cargo de los bronces, cuando de pronto grita “¡Conchesumadre! ¡Me lo pitié!”. Corrí al escenario, y esta es la parte que me da vergüenza contar: resulta que, dentro de nuestra ignorancia, no teníamos idea que aquel instrumento tiene un fierrito que se mueve para adelante y para atrás, y que sirve para marcar los acordes. La hueá es que mi viejo, al ver que el fierrito “estaba suelto”, pensó que lo había atrofiado, ¿Así que qué hizo? Lo mejor que sabía hacer: pescó la máquina de soldar, y le dio unos pinchazos al metal hasta dejarlo estático.

No soy capaz de describir la cara de la gente cuando los músicos – ya en escena, todos con sus trajes bonitos y desbordando energía – comenzaron con los primeros acordes de “El galeón español” y, justo cuando el trombonista iba a hacer su parte, sonó un chirrido largo, monótono y más feo que la chucha, que obligó al público a llevarse los dedos a los oídos como señal de espanto. La banda se negó a continuar con el show, mi viejo me pidió que me echara la culpa de la cagadita para poder seguir trabajando como maestro sin “manchar su fama”, así que me comprometí a pagar el famoso trombón con mis ahorros. Me fui a la casa triste y sin ni uno. Mi viejo se quedó tomando con los artistas, riéndose de lo hueón que era su hijo. Volvió a los tres días, se había gastado todo lo que le pagaron por el escenario. “Puta que son buenos para tomar estos músicos Mati hueón”, fue lo único que me dijo antes de quedarse dormido sentado en el wáter.

Comentarios

Comentarios