29 Ago

Capítulo 121: Con mayo

El clandestino del flaco Lucho siempre fue un sucucho dominado por curagüillas buenos para la piscola, el vino tinto con azúcar y el charqui saladito; nadie exigía más que eso, y la verdad es que no habían motivos para hacerlo, si quien que cruzaba esa puerta tenía que ir con una pura idea en su cabeza: chupar como un condenado, ¡Nada más!  Por lo mismo ni siquiera le reclamábamos al flaco cuando no cambiaba algunas ampolletas quemadas y teníamos que vernos los caracho a puras velas, ni tampoco pataleábamos cuando no pagaba el agua y estábamos obligados a lavarnos las manos con escupito, ¿Y para qué hacerse mala sangre? Si con que hubiera hielito para hacer más soportable el Limarí, y algún tarrito para vomitar después del décimo vaso, estaba todo bien.

Cierta noche al flaco Lucho se le echó a perder la radio a pilas con la que ponía la banda sonora de nuestras borracheras. Al principio no nos importó mucho, seguimos conversando a grito pelado y burlándonos de lo cagao´que era el flaco por no querer comprarse un equipo decente, pero al rato la falta de música comenzó a afectarnos, el eco de nuestras voces resultaba ser una hueá totalmente molesta y, en medio de la desesperación, concluimos que debíamos hacer algo al respecto. El primero en ofrecer una solución fue mi viejo, quien se puso de pie de un puro salto, pecó una escoba y se llevó la punta de ésta a la jeta,“¡No se preocupen cabros”, nos dijo, “¡Yo les canto!”, y sin más comenzó a entonar clásicos de Mijares, Leo Dan y Locomía… pero no, no era lo mismo, mi viejo cantaba como el pico y así se lo hicimos saber. “¡Pon música voh entonces po Mati hueón!” Me gritó ofendido, “De seguro las cagás que escuchái superan a mi voz angelical… y sí, eso fue ironía por si no cachaste… mocoso ahueonao”. Obviamente, no pasaron ni cinco minutos desde que le di play a mi lista de reproducción cuando comenzaron a hueviar con lo de siempre: que esas canciones eran pa huequereques, que si seguía escuchando esa música se me iba a caer la diuca e, incluso, el flaco Lucho aseguró que le había llegado la regla cuando terminó de sonar Ava Adore, de los Smashing Pumpkins. Todo terminó cuando mi viejo, en una reacción que yo califico como exagerada, tomó mi celular y lo sumergió en una caña de vino hasta que dejó de sonar. Igual no me quejo, ya era tiempo de cambiarlo.

– ¡Ya po Lucho hueón oh! – Gritó mi viejo, tirando mi celular lejos y agarrándose las mechas – ¡Le falta vida a esta hueá! ¡Tráete a tu señora pa que nos baile zumba por último, nosotros le cantamos!
– ¡No se ponga chancho po compadre! – Le reclamó el flaco – Está bien que estando curaos´no le hagamos asco a nada, pero nunca tanto, nunca tanto…
– Pero don Lucho – me metí –  ¿Por qué no hacemos algo más simple? Traiga su tele, sintonizamos algún canal de música y listo, se acabó el problema.
– Puta que erí habiloso Come Quesillo hueón, a voh cualquier día te llevan los rusos…
– Gracias don Lucho, me llena de dicha saber que usted valora mi inteligencia, porque…
– ¡Pa pescarte pal hueveo te van a llevar! ¡Pa tenerte de mascota, pa reirse de voh, Come Quesillo gil! Si yo no tengo ni cable ahueonao, con raja se me ven dos canales, ¿Y aparte sabí qué hora es? ¡Ya van a ser las 12 del día! ¿Qué querí que veamos a esta hora? ¿Los matinales hueón? ¿Querí que miremos puras notas de faranduleras que se agarraron a combos en una disco, a modelos desfilando ropa interior, a lolitas bailando la coreografía de moda? ¿Ah?
– Oiga compadre – le dijo mi viejo – pare de decir eso, no ve que me estoy calentando.
– ¿Sabe compadre? – Respondió el flaco – Yo también… ¡Voy a buscar la tele al tiro!

Dicho y hecho: al cabo de unos minutos don Lucho llegó con una tele roñosa de 14 pulgadas y llena de polvo, a la cual se le debía cambiar el canal con un alicate. Efectivamente, a esa hora estaban dando matinales en los dos canales que pudimos sintonizar, pero no habían modelos desfilando ni teams bailando ni nada de eso, sino que algo infinitamente mejor, algo mucho más estimulante, algo que nos dejó babeando de inmediato, y literalmente… estaban en la sección de cocina, métale friendo y friendo hueás ricas, echando condimentos por acá, salteando unas carnes por allá, y todo esto mientras nosotros estábamos más cagados de hambre que nunca…

– ¡Mira Mati hueón! ¡Mira el manjar que está preparando ese heladero!
– Papá, no es un vendedor de helados, es un chef, de esos que son como cocineros, pero hacen hueás más chicas y las sirven en unos platos blancos gigantes y cuadrados, que después los decoran con ramas y otros menjunjes raros que no se comen… 
– ¡Da lo mismo hueón! De las hueás que te preocupái, si acá lo único que me importa es que me estoy recagando de hambre… ¡Mira cómo cocina ese hombre Lucho hueón, si es un artista! ¿Sabí qué más? ¡Bota esa cagá de charqui, tráete la cocinilla, unas ollas y unas hueás pa echarles dentro! Yo los voy a rescatar de este bajón maldito, espérense no más.
– Pero viejo, si tú no sabí preparar nada, ¿Te acordái cuando mi mamá te pidió que me hicieras huevos a la copa y, en lugar de echarles aceite, les echaste Quix? Estuve como cuatro días hospitalizado.
– Mati, ya te expliqué que lo que te hizo mal no fue el Quix, sino que lo que les eché en lugar de la sal… ¡Ya, no importa, pasado pisado! ¡Trae la cocinilla po Lucho! ¡Me cago que tengo hambre hueón!
– ¿Seguro compadre? ¿No se irá a mandar ni una cagá?
– ¡Cómo se te ocurre flaco hueón! ¡Si yo tengo mano de monja, todo lo que hago me queda bien! Bueno, todo menos el Mati, ¡Pero ya va a ver, ya va a ver!

El flaco prendió con agua y fue a buscar todo lo que tenía en su cocina para dar comienzo a nuestro festín. Con mi viejo comenzamos a imaginar un banquete pantagruélico, de esos llenos de delicias gastronómicas que iban de lo dulce a lo salado, con ingredientes de primera y condimentos de todo tipo, y justo cuando estábamos soñando con la imagen del flaco Lucho entrando con un pavo enorme sobre sus hombros, con una bolsa de pan amasado con pebre en una mano y una torta de chocolate en la otra, este flaco miserable llegó con tres vienesas congeladas, un tomate medio podrido, dos marraquetas añejas y un sachet chico de mayonesa vencida.

– ¿Qué significa esta hueá compadre Lucho por las rechuchas? – Le preguntó mi viejo, al borde del paro cardiaco.
– ¡Es lo que hay no más pue mi amigo! ¿Qué tiene? Si usted sabe que mi señora no me deja sacar más cosas po, ¡Aparte que con esto tenemos para llenarnos como chanchos! ¿O no compadre? ¿Qué mejor que desayunar unos suculentos completos hechos con cariño y amor? ¿Ah?
– ¿Y la cocinilla hueón? ¿Cómo querí que caliente esas cagás de vienesas que trajiste? ¿Con el poto?
– ¡Ah, no, cagamos con la cocinilla! Mi señora no me dejó sacarla, y por si las moscas la tiró arriba del techo para que no insistiéramos… ¡Pero no importa, calentémoslas con encendedores po! ¿Qué tan difícil puede ser?
– Ya Mati – me dijo mi viejo – en este momento te nombro asistente de cocina, calienta esas vienesas mientras yo preparo todo lo demás.
– Viejo, puta que erí balsa, ¿Qué es “todo lo demás”? ¿Picar un tomate y abrir un par de panes? Tremenda hueá po.
– ¡Bueno, si no querí ayudar no comí´no más po, y se acabó el problema! Además, tú sabes que yo me tomo mi tiempo para hacer mis cosas, sobre todo las que se hacen con dedicación y profesionalismo, ¿Cachái? ¡Así que anda a calentar esas pichulas rapidito y sin reclamar! Te tengo fe, tu mamá era experta en el tema y esas cosas son heredables, ¡Dale, dale, tú puedes, calienta calienta!

Y ahí me tuvieron como una hora intentando dorar las vienesas con un encendedor, mientras mi viejo hacía todo lo demás “a su tiempo”, es decir: pelaba un poquito el tomate, y se tomaba una piscola junto al flaco; cortaba un cubito, y se servían un jote; separaba los panes, y hacían competencias de africanos; les quitaba las migas, y empezaban a empinarse una garrafa, y así fue pasando la hora y el par de viejos seguía chupando como si la jarana hubiese recién comenzado, hasta que sucedió lo de siempre y el flaco Lucho se quedó raja tirado en el suelo, rodeado de colillas de cigarros y vasos plásticos con restos de tinto.

– ¡Ya Mati hueón, aprovechemos!
– ¿Aprovechemos qué viejo? ¿Querí hacerle alguna broma?
– ¡Cómo se te ocurre ingrato! El flaco se esforzó brindándonos estos alimentos, ¿Y voh estái pensando en gastarle una broma? Puta que erí mal agradecido Mati hueón, ¡Claro que no le haremos nada malo, claro que no!
– ¿Y entonces? ¿A qué te referías?
– ¡A que aprovechemos de comernos toda la hueá po! No le demos nada a este hueón, si ya se quedó dormido, cagó no más, el que pestañea pierde, corta.

Dicho y hecho, en sólo un par de mordiscos nos zampamos todos los completos – los cuales, dicho sea de paso, estaban más malos que la chucha – y dejamos un puro pan sobre la mesa  por si despertaba el Lucho… aunque la verdad es que fuimos incapaces de sacarle un mordisco, porque estaba más duro que la cresta. Como era de esperarse, mi viejo me forzó a seguir chupando y yo, como soy obediente, acepté, pero la alegría nos duró poco porque, apenas habíamos terminado de servirnos la primera pilsen, sentimos una voz de ultratumba que nos arrebató la dicha de un solo golpe.

– Compadreee… Compadreee… – gimió dificultosamente el flaco Lucho.
– ¿Lucho? ¿Estái vivo hueón? ¡Sigue durmiendo hombre, tranquilo, si con el Mati ya nos vamos!
– Compadreee… tengo hambre compadreee… aliméntemeee….
– Es que… es que… – comenzó a titubear mi viejo, mientras me pegaba una mirada de complicidad culposa – ¡Ya se hizo tarde! ¡Nos vemos compadre, le diré a su señora que lo venga a levantar!
– Mi completooo… quiero mi completooo… si no me dan mi completo no los dejo entrar más a los hueoneees…
– Es que… es que… ¡Mati, tráele el completo al Lucho!
– Pero viejo…
– ¡Tráele el completo dije, no veí que mi compadre tiene hambre!  

Sin pensarlo mucho, tomé el pan añejo que sobró y lo abrí dificultosamente. Miré si quedaba algo sobre la mesa, y sólo vi la piel del tomate y un poquito de mayonesa que se me había caído en el cenicero, así que sólo atiné a picar la cáscara en cuadritos y a untar en el borde exterior del pan la poca mayo que pude rescatar, luego se lo entregué a mi viejo con cara de “puta… es lo que hay”, él me lo recibió con cara de “¿Y la vienesa?”, yo le respondí con cara de “no queda ninguna po, si las comimos todas”, y él concluyó nuestro diálogo sicológico poniendo cara de “no importa… abriré el pan y le pondré la pichula dentro”. Pensado y  hecho, y no son necesarios más detalles, sólo importa decir que mi viejo metió la diuca en la marraqueta, la cubrió con tiritas de cáscara de tomate y se arrodilló frente al flaco Lucho con el improvisado completo en la mano.

– Ya Lucho… – le dijo con voz siniestra – sírvete…
– ¿Me va a dar la comida en la boca compadre?
– Eh… sí po Lucho, no tení pa qué levantarte… come no más, así, con los ojitos cerrados, no te molestí en despertar…
– ¡Puta que es buen amigo usted compadre!
– ¡El mejor po flaco, el mejor! Ya, no más rodeos y masca, eso, masca masca…
– Mmmm… Puta que está dura la hueá compadre…
– Sí, el pan estaba medio añejo, pero si lo chupái un poquito… puede que se ablande…
– A ver…
– Sí, eso… así, sin dientes, sin dientes…
– No se ablanda nada po compadre… Incluso, creo que se está poniendo más duró…
– Ideas tuyas Lucho, ideas tuyas… Mira, está chorreando la mayo por acá, pásale la lengüita…. Eso, así…
– Pero… pero compadre, mire, ¿Cómo es posible? ¡Me salió un pelito, qué asco!
– ¡Chucha! Perdón, pero el Mati tiene la culpa, tendría que haberse chantado un gorrito antes de ponerse a cocinar, mínimo, si no sabe na´de gastronomía este chancho de mierda, nada de nada… ¡Pero no importa compadre! ¡Siga comiendo, dele una mascada grande, sin miedo!
– Ya, a ver, ahí voy… ¡Oiga compadre, no sé si es porque estoy muy curao o qué, pero puta que encuentro salada esta hueá!
– ¿En serio Lucho?
– En serio amigo, mire, dele una probadita.
– ¡No, no, no, muchas gracias! Tú cachái que tengo problemas de hipertensión, no me puedo permitir ciertos placeres… ¡El Mati que lo pruebe! ¡Ya Mati, saliste premiado!
– ¿Ah? ¿Qué hueá viejo? Es broma supongo…
– Ven po Come Quesillo – me dijo el flaco Lucho, entre dormido y despierto – ven a ver si tiene un sabor raro esta hueá… pa mí que la vienesa está descompuesta, ¡Si hasta huele a podredumbre po!
– No don Lucho, ni cagando, no tengo hambre tampoco, así que paso.
– ¡Ven te dicen cabro mal agradecido! – Me gritó mi viejo – ¿Cómo puedes despreciar la comida que te ofrecen amablemente? ¡Y regalada más encima! ¿Acaso no te enseñé a no dejar a la gente con la mano estirada? ¿Acaso no te inculqué valores, principios y normas de buenas costumbres? ¿Acaso no te leí el Manual de Carreño cuando erai chico para que aprendierai a comportarte en momentos como éste? ¡Ven y pégale una mordida a mi completo ahora mismo!
– Ya, mucho copete por hoy, esta hueá me superó, ¡Nos vemos!
– ¡Mati hueón mal agradecido, te perdiste un manjar, un verdadero manjar! ¡Viste que erí mal hijo hueón, viste que no valorái nada de lo que te entrego! Bueno, tú te lo pierdes, ahora el Lucho se lo tragará entero sin convidarle a nadie, ¿Cierto Luchito? ¿Cierto que sí?

Por el bien de mi salud mental, opté por arrancar del clandestino en ese mismo instante. Según me soplaron días después, el Lucho se dio cuenta lueguito de que mi papá tenía la vienesa pegada arriba de los cocos, y en ese momento no le dijo nada, pero cuentan las malas lenguas que hasta el día de hoy sigue planeando la venganza más macabra del mundo… Conmigo también se enojó por ser “cómplice” de la chanchada de mi viejo, pero arreglamos el problema como personas grandes que somos: conversando.

– Voh también me las vai a pagar Come Quesillo hueón, mínimo te voy a meter un palo en la raja, ¡Mínimo!
– ¿Sabe qué don Lucho? No es mi culpa que usted sea tan hueón, ¡Así que chúpelo con mayo!
– ¿Que lo chupe con mayo?
– Sí, así tal cual.
– ¡Otra vez no por favor, otra vez no!

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