29 Ago

Capítulo 122: Las princesas del circo.

En el barrio donde viví mi tierna infancia era costumbre recibir la grata visita de diversos circos, cuyos artistas se convertían en nuestros amigos y vecinos por un par de semanas, y todo con el único fin de deleitarnos con sus pintorescos y coloridos espectáculos.

Cierto verano le dimos la bienvenida a uno más peculiar que de costumbre: un circo conformado únicamente por mujeres que guardaban más de una sorpresa bajo el vestido, de esas que te regalan miradas penetrantes y te atrapan para siempre entre sus brazos vigorosos. Estas bellezas llamaron inmediatamente la atención de todos los viejos chicheros del barrio, quienes, envalentonados por mi taita, se acercaron a ellas care´palo para invitarlas a conocer el clandestino del flaco Lucho, sin saber en realidad a lo que se estaban enfrentando.

– ¡Hola chiquillas! – Saludó canchero mi viejo, liderando a la tropa de califas que lo acompañaba.
– Qué pasa cabros, ¿Qué andan hueviando? – Respondió con su voz ronca la más rubia de todas.
– Na´po, pasa que tenemos un carretito en la noche por acá cerca, en el local de un amigo, y le tendremos de todo para pasar una velada inolvidable: buena música, vino con Yupi, unas frutillas pa´tirarle al tinto y un par de colchones en el patio por si nos ponemos cariñosos, ¿Les tinca ir pegarse una… vueltecita?
– ¡Ya po`! De allá somos… ¿Pero podemos llevar a nuestras amigas? También son del circo, y se sienten tan solitas las pobres…
– ¡Demás po` señorita! – Respondió mi viejo, afilando sus colmillos – ¡Entre más sean, mejor! Allá las esperamos con el condón puesto entonces.
– ¡Ay, qué chistoso el caballero! Pónganse uno adelante y otro atrás eso sí, por si las moscas.
– Jajaja… no sé a qué se refiere, pero igual… ¡Las esperamos, no nos fallen!
Y se hizo la noche. El flaco Lucho le pasó unas lucas a su señora y la mandó a la playa por el fin de semana para que no hueviara y, por lo mismo, la jarana se prendió como nunca antes, los vasos volaban por los aires y la música se escuchaba a todo chancho a varias cuadras a la redonda. Los viejos califas se encargaron de pasar el dato por todo el barrio, “cuando esté oscurito irán las medias minas donde el Lucho compadre, de esas que están dispuestas a todo, así que hoy el que no afila es porque es hueón no más”, decían, y por lo mismo el clandesta se llenó tempranito hasta su capacidad máxima. Los curagüillas, bien perfumaditos por todos lados y luciendo sus mejores pilchas, conversaban de lo humano y lo divino cuando de pronto aparecieron ellas, las diosas de pelo teñido y mentones prominentes, con zapatos de tacón exagerados y maquilladas como si se fuese a acabar el mundo. Ellos las invitaron a bailar, ellas accedieron gustosas; ellos les ofrecieron jotes, chichas, piscolas y pilsens, y ellas se lo tomaron todo, todo y mucho más. Fue una noche candente, los viejos jamás habían visto féminas tan expresivas y que tomaran la iniciativa de esa forma. En menos de una hora, las artistas se habían besuqueado con absolutamente todos los hombres del lugar, jóvenes y viejos, solteros y casados, no le hicieron asco a nada, y ellos sólo se dejaron querer… total, era gratis. No hubo límites para expresar las pasiones, ocuparon todas las piezas, el baño, el patio, la cocina y hasta la calle para dar rienda suelta a sus instintos más primitivos. Fue la mejor noche en la vida de estos borrachines, y las damas se retiraron de madrugada enormemente agradecidas y más que satisfechas.

Al otro día, los viejos despertaron desparramados por toda la casa del Lucho, incluso mi papá jura y recontrajura que él amaneció tirado arriba del techo, pero no sé, no le creo mucho… Lo que sí le creo es que todos quedaron perdidamente enamorados de las afuerinas, y pensando en ellas, y en lo poco que recordaban de la noche anterior, partieron a tomarse unas pilsens al paradero de la esquina. A todos les costó sentarse, dicho sea de paso, pero hicieron caso omiso a ese dolor trasero repentino apoyando sus espaldas contra una pared y así, sin más complicaciones, comenzaron a reponer la caña a punta de Baltilocas. En eso estaban cuando notaron algo que los perturbó: en la otra cuadra, bañándose con el agua que lograron sacar a la mala de un grifo, estaban las artistas del circo, aunque ya no eran las princesas que recordaban, para nada, todas lucían barbas crecidas, pelos en el pecho y un gran bulto que se les traslucía a través de sus faldas mojadas, bultos que les formaban improvisadas mini-carpas entre las piernas, las mismas mini-carpas de circo que estos viejos calientes, por más que lo intenten y por más arcadas que hagan, jamás podrán olvidar… jamás podrán olvidar…

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