07 Sep

Capítulo 124: Recxerdo a la Darling…

A veces, cuando me siento solo, recuerdo a la Darling… la Darling, tan única, tan natural, excelente besadora y aún mejor amante… la Darling, la recuerdo por su cuerpo voluptuoso, por sus jeans a la cadera, por sus petos fluorescentes y sus cejas extremadamente depiladas… La Darling, tan egocéntrica, siempre tan preocupada de sí misma, tanto que nunca dejaba de cargar su cuchillo oculto en el gorro de su polerón, tanto que no dudaba en levantar a chuchadas a quien se le cruzara en su camino, tanto que era capaz de asaltar a un par de hueones con tal de tener plata para comprarse la pilsen diaria… Ésa es la Darling, la inolvidable Darling, a quien recuerdo por ser lejos, pero lejos, la mina más flaite con la que he estado.

A la Darling la conocí cuando solía acompañar a mi tío Tucapel a comprar mandanga en una conocida población de Santiago. Ella era la polola de un traficante menor, de esos que dejan a sus minas tiradas con tal de ir a volarse con el primer hueón que los invite, así que yo me aprovechaba del pánico y le dedicaba unos piropos pungas de primera. A veces ni siquiera me pescaba, aunque en ocasiones me sonreía con cara de caliente, y ahí yo seguía y seguía picaneándola, hasta que una tarde, sin mediar palabra alguna, mi enamorada tomó un papelillo, escribió algo en él y me lo guardó en el bolsillo. Tres días estuve intentando interpretar lo que decía, leí su mensaje al revés y al derecho, frente a un espejo y empleando diversos traductores, pero nada logré, definitivamente el idioma que hablaba la Darling no era el idioma que emplean los simples mortales, “ella maneja la lengua de los ángeles, de las princesas y los unicornios”, pensé, “o tal vez es el lenguaje de la calle no más… sí, eso es más probable”. Por lo mismo acudí al único conocedor de todo tipo de jergas populares que tenía a mano: Mi viejo. “Así que una minita te tiene ganas ah…”, me dijo apenas tomó el mensaje entre sus manos, “no sé viejo, no entiendo qué idioma es ése, desconozco lo que me quiere decir”, “¿La chiquilla es del Colo-Colo, cierto?”, “Creo que sí”, le respondí, “siempre la veo con un buzo con la insignia del club, no se lo saca casi nunca”, “ahí está la hueá po Mati hueón, ahí está la hueá… No hay mucho qué decir, básicamente la cabra te está haciendo ojitos, nada más”, “¿En serio viejo? ¿Y cómo supiste? ¿Qué código es ése?”, “Fácil po Mati hueón”, respondió para finalizar, “no es ningún código extraño, pajarón, la mina es del Colo, ¿Cachái? Y por lo mismo no escribe la letra U, fíjate: ““Tx me gxstaz mxcho, qxero tx feisbxk, xpa chalxpa? Si no chxpala!”, ¡Está clarito! Quiere que la agregues a Facebook y que después le rasquí el útero por dentro, no hay nada más que entender… ¡Y aprovecha hueón! Se nota que la mina es flaite, y yo siempre te he dicho que las flaites son ricas cuando lolas, pero como a los 30 se van pa abajo, todo lo contrario a las cuicas, que cuando jóvenes son más malas que la maldad y cuando viejas se arreglan enteras, ¡Así que ahora es cuando Mati hueón, ahora es cuando!”. Mi viejo tenía razón, pero no en la comparación tirá de las mechas que se lanzó, sino en el “ahora es cuando”. Obviamente no la pensé dos veces y agregué a la Darling mientras me afilaba los colmillos, y la verdad es que lo pasé increíble chateando con ella casi a diario: yo le dedicaba palabras de grueso calibre, y ella me respondía con servius tomadas en el espejo de su baño; yo le enviaba los versos más románticos de Huidobro, y ella me declamaba las letras de reguetón más cachondas… Todo era idílico, todo era perfecto, por ella me hubiese puesto un aro en la lengua, me hubiese comprado un pitbull y hubiese comenzado a ir a la Dephos, la dura que quería estar con la Darling y juraba de guata que ella también quería estar conmigo… hasta que quedamos en juntarnos…

– ¡Hola Darling! ¿Nos vemos hoy entonces?
– ¿Qxé sxcede gxacho? Si io no te engrxpo, te asegxré qxe el lxnes nos jxntábamos, y hoy es lxnes, así qxe nos jxntamos, ¿Y qxé pasa?
– ¡Ya po! ¿Vienes a mi departamento, cierto?
– ¡Sí po gxacho! ¿En qxé qxedamos? A las nxeve estoy en tx pxerta, y despxés me tení qxe cxliarme bien cxliá.
– ¿Ah? ¿Cómo dijiste?
– ¿Qxé hxeá? Qxe tení qxe cxliarme bien cxliá po, ¿O te vai a persegxirte?
– ¡No, no, cómo se te ocurre! Ven no más, con confianza, te esperaré con algo para tomar.
– ¡Gxena weón, pxlento! Ten sx licor de xva, y compra sx sxshi también, pal bajón, ¿Tamos?
– Sí, sí, a las nueve entonces.
– A las nxeve en pxnto, ¡Y oe!
– Sí Darling, dime.
– Anda afilando la txla, la dxra, porqxe hoy mi cxerpo es txyo, txyito txyito…

¡A mierda! Con lo poco que entendí pude inferir que los planes de la Darling eran hacerme tira, ¡Tira! Así que estuve toda la tarde intentando hacer abdominales y aguantando el meado para desarrollar la capacidad de durar más en el catre. La Darling llegó puntual, vestida con unas prendas más que estrafalarias, una mezcla entre promotora de longanizas y bailarina de toples, pero eso daba lo mismo, la Darling era la Darling, y lo que se pusiera le quedaba bien.

Apenas entramos a mi pieza nos comenzamos a besar y a quitar toda la ropa salvajemente. Los besos de la Darling eran rabiosos y apasionados, se notaba que sabía bien lo que estaba haciendo y yo, para no ser menos, entré en su juego y me puse las pilas para pegarme el mejor polvo de mi vida. La Darling hablaba poco, pero todo lo que decía era sucio, provocador, de esas cochinadas que te prenden sin entender bien porqué, “¡Eso papito! Méteme hasta las hueas, moquilléame la esparda, pégame con el pigo en la cara”, y yo le hacía caso en todo, ¡En todo! Y por lo mismo logré complacerla tanto como ella me estaba complaciendo a mí. “Así me gustan los hueones”, me decía mientras movía sus caderas encima mío, “bien hombres pa sus hueás, bien machos, así, no como los hueones de mi pobla que se hacen los choros y después se andan depilándose las cejas y mirándose al espejo. Eso Mati culiao, dale, sé mi hombre, lléname de tu leche de macho, eso, eso”, y ahí seguía yo embobado, con la Darling aún encima de mí, aferrándome a sus caderas amplias y pegándole palmetazos en la raja tal como ella me pedía, y fue tanto el empeño que le puse, tanto el talento que le apliqué que, justo antes de acabar, la Darling comenzó lanzar fuertes gemidos con toda su boca abierta, y la abrió tanto, pero tanto tanto, que no se dio ni cuenta cuando un tremendo chorro de baba se le escapó por encima de la lengua, cayendo éste justo en mi ojo y chorreándome desde las cejas hasta el cuello.

– Ay… – dije simplemente, intentando ocultar mi desagrado…
– ¿Qué onda? Pero qué… ¿Qué hueá? ¿Estái llorando, maricón?
– ¿Quién? ¿Yo? ¡Nooo! Es que…
– ¡Oooh el guacho culiao sensible! ¿Estái llorando por una cacha hueón? ¿Por una simple cacha? ¿Qué hueá, te emocionaste?
– ¡No, no se trata de eso! Déjame explicarte.
– ¡Shiá el perquín culiao, entero e´ longi! ¡Probái un shoro y te poní maraco al toque! ¿Quién te entiende a voh, bastardo hijo e´ la perra? ¡Y yo la hueona jurando que teníai las hueas bien puestas! ¿Y saí qué máh? ¡Shao! ¡Shupa el sapo, maricón del hoyo!

Aún recuerdo a la Darling, porque puta que era rica la Darling… y no importa que haya tomado mi billetera entes de irse, no me importa que haya salido corriendo de mi departamento robándose todo lo que pilló en su camino, aprovechándose de que yo estaba en pelota, ni tampoco me importa que me haya pegado un chirlito en los cocos cuando intenté alcanzarla para que me devolviera, por lo menos, mi celular, lo único que me importa es que la Darling se clavó en mi mente como ninguna otra, y aunque probablemente ahora ande bellaqueando de la mano con otro por las calles de su pobla, yo aún estoy dispuesto a batirme a un duelo de cuchillas con ajo por ella, así tal cual, a lo vío´, todo por mi guacha pelá´, ¿Y qué pasa?

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