15 Sep

Capítulo 126: Terremotos

No hay nada como pasar las fiestas patrias fuera de Santiago. Escaparme del mundanal ruido para esas fechas es una práctica que llevo a cabo desde hace ya varios años, y fue precisamente mi viejo quien me incentivó a buscar entornos campestres para tomar chicha a destajo y pasearme por los cerros junto a alguna conquista de hablar cantadito y trenzas a lo Carmela. Aunque claro, mucha agua ha pasado bajo el puente y mi viejo ya viene de vuelta, ahora prefiere hacer sus propias ramadas en la comodidad de su rancio hogar, y todo porque se ahueonó más de la cuenta durante una de sus escapadas y solito cachó que su presencia ya no era recibida gratamente en las fondas huasas que en su tiempo tanto amó.
 

Todo sucedió hace unos seis años, en una pequeña ramada de la costa curicana. Como cada dieciocho, los canales de televisión mostraban largas notas en las que endiosaban a los tragos típicos que la llevaban en Santiago y, como no, el terremoto era el que se robaba la atención de todos. El administrador de la ramada campesina, cegado por la idea de tener tal brebaje en su bar, le dijo al encargado de los copetes que lo intentara imitar, “¿Y cómo se hace esa hueá patrón?”, Me imagino que fue la pregunta de su empleado, “¡No sé pu´ gancho! Paraque lleva hartos menjunjes que lo hacen bien curaor´ ¡Ahí uté´ vea pue, si pa eso tiene la caeza´!” Debe haber sido su lógica respuesta. El barman, na´ de porfiado, comenzó a mezclar hueás en los enormes vasos dispuestos para los improvisados terremotos: un chorrito de chicha por aquí, un poco de alcohol etílico por allá, algunas partes de ron, vino, pisco, coñac o lo que fuera agradable para el paladar, y un poquito de colonia para que tomaran buen olor, todo esto coronado con un puñado de leche condensada que llegaba a rebalsar las cañas, si total al barman nadie le avisó que aquella hueaita blanca que llevaba el terremoto era helado de piña y no otra cosa.
 
Por su parte, mi padre bailaba acaloradamente con una señora que conoció en una de sus idas a mear al cerro. Según le entendí, se estaba sacando el pájaro para echar la corta cuando noto que, justo frente a él, estaba esta vieja agachada haciendo lo suyo. “Dama, ¿Me permite invitarla a la pista apenas se me corte el chorro?”, Le preguntó galantemente, notando que la orquesta comenzaba a corear un charrasqueado de aquellos, “claro que sí pue caballero”, le respondió la doña, “deje limpiarme el zapato y lo sigo”. El flechazo fue inmediato, y ranchera tras ranchera se iban tirando palos cada vez más directos, “¿Y cómo se llama usted mijita?, Le consultó mi taita en cierto momento, “¡Ay caballero! Fíjese que acá nadie me conoce por mi nombre, todos mis amigos me dicen La Trompo, puede llamarme así, con confianza no más”, le dijo mientras daba vueltas como loca levantando todo el aserrín del piso, “así que La Trompo ah… Debe ser por lo buena pa dar vueltas, ¿O no mijita?”, “Sí pue”, le respondió la vieja, “¡Ah! Y también porque no paro hasta que me claven” agregó cocoroca. A mi viejo se le iluminaron los ojos y, tal como si fuese un hombre lobo, sus colmillos crecieron hasta casi llegarle al cuello… o al menos eso es lo que vi yo… el punto es que, para acelerar aún más las cosas, fue a comprar un montón de los tóxicos terremotos que ofrecía el inexperto barman, y no se dio ni cuenta cuando se vio rodeado por una horda de huasos furibundos que le querían sacar la chucha sin ningún motivo aparente… aunque claro, con el tiempo hicimos memoria y recordamos que a mi viejo se le había olvidado con quién cresta estaba bailando, así que no se le ocurrió nada mejor que darle sus buenas clavadas a todas las viejas del lugar, bajo la lógica de que una de ellas tenía que ser la fogosa Trompo. Pésima idea, lejos la peor decisión que pudo tomar, y así se lo hicieron saber los machos locales, quienes sólo querían cuidar lo suyo y vengar la honra de sus mujeres sacándole la mugre a este santiaguino degenerado. Igual la talla le salió barata, con suerte alcanzó a recibir dos patadas en la raja antes de salir arrancando por la única calle del pueblo… aunque su felicidad no duró mucho, a las pocas cuadras se dio cuenta de que, si bien los huasos se habían rendido por preferir seguir chupando y bailando como bien sabían hacerlo, venía una patrulla de pacos a toda velocidad persiguiéndolo sin piedad alguna. Mi viejo corrió como nunca, comenzó a dar zancadas gigantescas que le permitieron tomar cierta ventaja y llegar a un canal poco profundo que recorría los límites de la pintoresca localidad, y sin importarle la hora ni el frío se lanzó al agua, sumergiéndose de un solo golpe y empleando para respirar la bombilla del terremoto que aún llevaba en la mano. Según él, estuvo bajo el agua más de tres horas, y cuando al fin asomó la cabeza para comprobar que todo estaba bien, los pacos – que estuvieron todo el rato esperándolo cagados de la risa – lo pescaron de un ala y se lo llevaron detenido de inmediato, encerrándolo en un calabozo oscuro y solitario donde se quedó pataleando de lo lindo, mojado como diuca y clamando por su libertad. Los carabineros, vencidos por el cansancio, no quisieron seguir aguantando los improperios de mi papito, así que se retiraron y lo dejaron a su suerte en el calabozo… Pero él no se iba a resignar, como buen borracho porfiado que es no iba a permitir que los verdes se salieran con la suya, así que a punta de cabezazos comenzó a aporrear el débil techo de adobe que cubría su celda, ¡Paf, paf! Un golpe tras otro, ¡Paf, paf, paf! Ni siquiera él sabía que tenía el cráneo tan duro, ¡Paf, paf, paf, paf! Siguió y siguió con su faena, hasta que hizo un agujero lo suficientemente grande como para escapar del lugar y, gracias a los súper poderes obtenidos de su, borrachera escaló una de las paredes con absoluta facilidad y se pegó un salto tremendo que lo dejó en libertad de un momento a otro.
 
Al retomar su turno esa madrugada, los carabineros se extrañaron del silencio que reinaba en el lugar. “Debe estar durmiendo este jetón”, comentaron de seguro, pero menuda sorpresa se llevaron cuando, al ver la celda, sólo se encontraron con un enorme agujero en el techo. “¿Dónde se metió este condenado?” Se deben haber preguntado, cuando de pronto sintieron los pasos de un par de personas que hacían su ingreso al cuartel… “¡Pero qué cresta!” Exclamó uno de los carabineros al percatarse de que quien entraba era, justamente, el viejo odioso de la noche anterior, ahora sobrio y con cara de arrepentimiento, acompañado por el hueón de su hijo, visiblemente borracho y con cara de vergüenza, cargando dos sacos de yeso y una carretilla con materiales varios, y todo para reparar el techo arruinado por culpa de aquellos satánicos terremotos maulinos.

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