16 Sep

Capítulo 127: El Felipe de La Serena

Al Felipe de La Serena lo conocí gracias a su blog, No vivimos en Marte. Yo comencé a leerlo, él comenzó a leerme, nos contactamos por interno e iniciamos una sencilla amistad a distancia casi de inmediato. Según me comentó, venía recién saliendo de una larga relación amorosa, lo que se traducía en que podía hueviar a destajo sin que ninguna bruja le pintara los monos. Por lo mismo ni siquiera la pensó cuando lo invité a Santiago para que dijera unas palabras en el lanzamiento de mi libro… aunque claro, al final no dijo nada (ni yo tampoco) porque, apenas puso un pie en la capital, nos curamos como chanchos y no supimos del culo durante días.

Día 1: Viernes 04 de septiembre.

– ¡Al fin llegaste hueón! Llevo más de dos horas esperándote – le reclamé apenas lo vi bajándose del bus.
– ¡Buena hermano! Puta, este cacharro quedó tirado a mitad de camino, por eso el retraso, no fue mi culpa, no me retí…
– ¿Y acaso no podíai llamarme? Te di mi número apenas me confirmaste que venías.
– Ah, sí… sí, sí… es que no tengo celular… la dura, no uso un celular desde hace meses, ya me acostumbré.
– ¿En serio? ¡Hueón, qué bacán! A mí me encantaría vivir así, a la antigua, decirle a mis amigos “juntémonos a tal hora”, y que todos cumplan con lo pactado, no como ahora que los maricones te llaman a último minuto para cancelar o para llegar más tarde o…
– ¡Calma Mati hueón, calma! Si no tengo celular es porque mi ex me lo intentó meter en el hoyo cuando me pilló viendo porno en el baño, y como no me dejé… puta, se picó y lo tiró al wáter… ¡Pero bueno! No nos quedemos en el pasado y vayamos a lo importante, ¿Te acordaste de traerme la botella de pisco que te encargué? Tú sabes, necesito un cortito para acostumbrarme al cambio de altura…
– Sí, sí, sí, toma, acá está… y oye, disculpa que meta el dedo en la llaga pero… ¿Por eso te pateó tu ex? ¿Porque no dejaste que te metiera el celular por la raja?
– No, no fue por eso – respondió mientras se llevaba a la boca la botella de pisco y, sin siquiera respirar, se tomaba casi la mitad de su contenido al seco – Me dejó por curao culiao… – aclaró dificultosamente, mientras se limpiaba la boca y procedía a empinarse la botella nuevamente – te juro, por curao culiao…

Sabíamos que el día estaría movido, yo debía ir a finiquitar algunos detalles del lanzamiento y el Felipe de La Serena tenía que visitar a algunos amigos para pedirles alojamiento. Nos despedimos en el paradero que está afuera del terminal de buses, rematamos la botella de pisco a puras tapitas y acordamos reencontrarnos en el bar donde se llevaría a cabo el evento. “¿Cómo sé a qué hora llegarás?”, Le pregunté antes de marcharme, “¡Casi se me olvidaba!” Respondió abriendo los ojos más de la cuenta, “antes de salir me compré este plumón indeleble, ¿Qué tal? Dame tu número, me lo anoto en el brazo y te llamo de algún teléfono público, ¿Fácil, no?”. Claro que era fácil, igual tenía su inteligencia el cabro, así que rápidamente le dicté mi teléfono y, por si las moscas, le di el de mi departamento, también el de unos amigos, por si pasaba algo extremo le di el de mi viejo e, incluso, muy por si acaso, el del Payaso Chispita. Se subió a la micro luciendo su brazo izquierdo todo rayado, y yo retomé mi camino pensando “se va a perder este curao culiao, se va a perder y se lo van a afilar bien afilao´”.

Y no se perdió el muy rajiento. Llegó al lanzamiento feliz, hediondo a distintos tipos de marihuana y al borde del coma etílico. A duras penas me contó que andaba en éxtasis, conoció a gente muy simpática en el camino y ocuparía el resto fin de semana en reunirse con algunas minas a las que se joteó apenas hizo su entrada al bar. “Mira Mati, no te la vai a creer”, me dijo mientras se sacaba la polera y me enseñaba decenas de nombres y números telefónicos grabados en sus brazos y abdomen, “¡No sé por dónde empezar hueón, no sé por dónde empezar!”, Repetía a medida que se daba la vuelta y me mostraba otros tantos datos apuntados alrededor de su cintura. Durante la noche sólo lo vi un par de veces, en algún momento noté que una lola cuarentona le escribía algo en la palma de la mano, y luego que la Soltera Caliente le estaba dejando un autógrafo en la espalda. A eso de la media noche se acercó a contarme que le había saltado la liebre con una seguidora, por lo mismo le haría empeño e intentaría afilársela en los estacionamientos, así tal cual, al aire libre y a fierro pelado. Le desee buena suerte y quedamos de acuerdo en que, apenas subiera nuevamente, intercambiaríamos algunas palabras al fin, “viajaste para que echáramos la talla y apenas nos hemos topado”, le reclamé, “¡Tranquilo hermano, tranquilo! Tenemos toda la noche para dialogar, ¡Voy y vuelvo!”, me respondió. No volvió más.

Día 2: Sábado 05 de septiembre.

El Felipe de la Serena fue declarado oficialmente desaparecido durante el transcurso de la mañana. Su madre me escribió preocupada por interno y sus amigos me hicieron saber que no había llegado a dormir a la casa de ninguno de ellos. A eso de las 4 de la tarde me llamó al fin, me explicó que había marcado como 30 números antes de dar con el mío, por eso el retraso, y que había despertado en un paradero de Providencia sin recordar nada de lo que había hecho la noche anterior. Como buen nuevo amigo le pedí que se fijara bien donde estaba y, apenas logré cachar las coordenadas exactas, fui a buscarlo de inmediato. Obviamente, tenía claro que mi compadre no estaría en las mejores condiciones, pero lo que vi… no sé, su ropa, su rostro, su cara… lo que vi, sencillamente, me dejó con una extraña sensación en el estómago.

– ¿Qué te pasó hueón? – Le dije dándole un abrazo tranquilizador – Estái todo rayado, ¡Mírate! Tení números hasta en el cuello, ¡Si te parecí a DJ Méndez! ¡A DJ Méndez Felipe por la chucha!
– Ah, sí… puede ser… No sé qué hice anoche Mati hueón, no sé dónde estuve ni con quién me fui… ¡Por lo mismo me siento la raja! ¡Vivir así es lo máximo hueón, lo máximo!
– Pero revisemos po hueón, a ver… ¿Estos números los tenías anoche? Mira, en tu axila dice “Silvia”, ¿Te acuerdas de ella? ¿No? A ver, bájate los pantalones… Mira, en tu rodilla derecha hay una dirección, ¿No la recuerdas? ¡Y oye! Entre las nalgas tienes un mensaje, dice “Alan estuvo aquí”, ¿Te suena ese nombre? ¡Puta, intenta hacer memoria po hueón, al menos inténtalo!
– ¡Ya hermano, relajémonos! Si da lo mismo la hueá.
– ¿Cómo que da lo mismo? ¡Cómo que da lo mismo!
– ¿No íbamos a ir por unas pilsens al Parque O´Higgins? ¡Ya po!
– Sí, tení razón, hay que tomar… en una de esas recuerdas algo… ¡Pero sólo por eso hueón, sólo por eso!

Día 3: Domingo 06 de septiembre.

Desperté en mi departamento, solo (gracias a dios), muriendo de sed y sin rastros del Felipe de La Serena. Tomé mi celular con dificultad y miré la pantalla: 0 llamadas perdidas, 0 mensajes; luego miré la galería de imágenes: 683 fotos nuevas, 97 videos que no sé de dónde aparecieron. Según pude inferir, estuvimos cantando karaoke en algún bar colombiano, tomando ron puro y zampándonos litros y litros de cerveza negra de la más cabezona. Los videos eran patéticos, en varios de ellos aparecía yo bailando reguetón con una hueón disfrazado de perro y el Felipe muerto de la risa revolviendo con la corneta las piscolas que nos estábamos tomando. En varios momentos mencionábamos que iríamos a rematar el fin de semana a un bar del barrio Brasil, “¡Tení que llegar a las 6 culiao! ¡No me fallí!” Le decía yo insistentemente, “¡Tranquilo Mati hueón, tranquilo!”, Me respondía, “No lo olvidaré, mira, me lo anotaré en la frente, ¿Veí? Clarito y bien grande, ¿Qué tal?”. El cráneo me palpitaba, aún me costaba abrir los ojos y ya no me quedaba saliva en la jeta… pero como siempre las ganas de chupar fueron más fuertes, y en un dos por tres estaba duchadito, vestido, peinadito y listo para tomarme las últimas pilsens de la semana.

Llegué a Brasil a la hora pactada, el ambiente estaba prendido, habían feriantes ofreciendo todo tipo de antiguedades y un centenar de personas observaba a una banda que tocaba en una de las esquinas de la plaza, pero de pronto la mirada de todos se volvió a un sujeto extraño que caminaba hacia mí, vestido con harapos y de cuya fisionomía sólo se distinguían sus ojos, uñas, dientes y un poco de cabello.

– ¿Felipe? ¡Felipe, pero qué te pasó! Tení la piel toda pintada, ¡Si parecí un selknam hueón!
– Conocí a caleta de minas ricas anoche Mati hueón… – me dijo con su voz debilitada – tengo sus nombres anotados en los muslos, en las bolas, e incluso en la planta de los pies, fíjate en cómo se llaman, léeme sus nombres… yo me siento débil… creo que tengo mis poros tapados con tinta.
– ¡Pero Felipe por la chucha, mírate! ¿Cómo puede ser posible? Hueón, vamos a comprarte un celular al tiro, ¡O por último un cuadernito para tomar apuntes! Mira, ese caballero está vendiendo varios, son de esos tapa dura, de los que tienen como 100 hojas.
– ¿Cuáles? ¿Esos que tienen diseños de portadas con las caras de los futbolistas de la selección?
– Sí po hueón, ¿Qué tiene? Cacha, ese de Arturo Vidal está piola, si igual no es tan feo el hueón… o sea, no tanto…
– ¿Cómo se te ocurre Mati hueón? ¡Voh querí que la gente se ría de mí! ¿Eso querí? ¿Que haga el ridículo, que todos me miren, que me apunten con el dedo? Puta que erí mal amigo hueón, te vengo recién conociendo y ya lo puedo afirmar, puta que erí mal amigo…

Esa misma noche el Felipe volvió a La Serena, no sin antes reconciliarnos de nuestra pequeña pelea a punta de cervezas y piscolas en una cantina añeja de mi agrado. Hace algunos días se compró un pequeño celular de segunda mano, lo que marcó definitivamente su retorno al mundo de la tecnología. Algunas noches me envía mensajes de texto para contarme que su situación ha estado difícil, en la pega lo tienen castigado y su jefe no lo quiere ni ver, y todo porque, cuando al fin se puso sobrio, cachó lo ridículo que se veía con todo el cuerpo rayado y no pudo ir a trabajar por una semana, el mismo tiempo que se demoró en quitarse toda la tinta seca que llevaba encima. Buena onda el Felipe, gran persona y aún mejor escritor, pero en serio, fuera de todo hueveo, cuando chico me hubiese encantado tener una mascota como él.

Comentarios

Comentarios