09 May

Capítulo 13: La Coni.

Conocí a la Coni en mi primer año de Universidad. Ella estudiaba sicología, y yo me encontraba tremendamente vulnerable. La primera vez que hablamos se las dio de analista profesional y me detectó un montón de complejos. Siempre utilizaba una suerte de voz profunda y pausada, esa voz lenta que uno emplea cuando está dialogando con alguien que cree tonto o inferior, esa voz pajera que tiene como único fin el parecer interesante para el hueonaje. La verdad es que nunca pude entablar una conversación normal con la Coni, persistentemente sacaba a relucir su sicología barata, recurriendo a citas de dudosa procedencia mientras se acomodaba aquellos horribles lentes hipsters que decoraban esos ojos siempre entrecerrados. Hoy en día me burlo de la gente como la Coni, pero en aquel tiempo esa personalidad de mierda me enamoró. Me enamoró al punto de convertirme en uno más de su tribu para merecer estar con ella. Comencé a frecuentar cafés literarios y a pasearme con libros bajo el brazo (los cuales nunca leí, dicho sea de paso) para parecer intelectual y ser digno de su atención. Salíamos bastante, al principio me hacía invitarla a ver cine arte o una que otra obra de teatro experimental, pero se notaba mucho que la Coni no cachaba una, su cara de aburrimiento dejaba en claro que toda su onda no era más que una pose, una fase típica de un sinfín de jóvenes que quieren aparentar algo que no son, así que intenté llevar las riendas de la relación haciéndola partícipe de mi mundo. Y no pasó nada. En los asados que armábamos con mis amigos le daba con hablar del último libro que se había leído de Pilar Sordo o de lo maravillosa que era la narrativa de Coelho, y mandaba el carrete a la cresta. Si los cabros hablaban de fútbol, los trataba de simios; si contaban alguna historia de otros amigos, los trataba de hueones con mentes vacías que sólo sabían preocuparse por los demás; si hablaban de cine, literatura o arte en general, los trataba de ignorantes que no tenían idea de lo que era bueno; y ni les cuento el discurso que se mandó cuando el cabezón Enrique le pidió, amablemente, que le alcanzara la sal, “machista culiao opresor” fue lo más suave que le dijo. Y aun así cumplimos 5 meses de pololeo, y luego 7 meses, y luego 1 año, y luego 1 año y medio, y después 2 años… A esa altura de la vida ya no me quedaban amigos ni felicidad, y ni siquiera me daba cuenta de ello, estaba cegado, nada me hacía reaccionar. Hasta que me dijo que tenía que pedirle matrimonio. Ahí desperté.

 

Puta madre, ¿Cómo me iba a casar? Proyecté mi vida junto a ella y, con sólo imaginar a la Coni dándome cátedras de sicología ante cada acción que yo realizaba, me aburrí. Tenía que terminar con ella, pero de forma definitiva. Debido a su personalidad extraña pasábamos “tomándonos un tiempo”, pero siempre volvíamos de inmediato. Esta vez no debía ser así, tenía que ser definitivo, tenía que espantarla hasta el punto de hacerla desear no querer verme nunca más, tenía que usar mi arma secreta, aquella cartita bajo la manga capaz de alejar a cualquier mujer relativamente decente: mi viejo.

 

En más de 2 años de relación mi viejo nunca conoció a la Coni, básicamente porque yo me encargué de que así fuera, pero el momento indicado ya había llegado, y el plan era bastante sencillo: pediría una mesa en algún restorán peruano pirulo, invitaría a mi viejo a conocer a su nuera, y dejaría que la ranciedad extrema de mi papito hiciera lo suyo. Con la Coni llegamos a la hora fijada, mi papá estaba sentado esperándonos y, por lo visto, tenía ya varios piscos sours en el cuerpo.

 

– ¡Mati hueón! ¡Estoy acá! – Me grito intentando ponerse de pie.

– Viejo no grites, no me hagas pasar vergüenzas tan temprano – le recriminé apenas llegué a la mesa.

– ¿Y esta cosita Mati? Presenta la mina po… – me dijo mirándole el escote a la Coni.

– ¿Qué? ¿Cómo me dijo? ¿Por qué me mira así? – Consultó la Coni con cara de espanto.

– Papá, ella es la Coni, mi novia. Coni, el es mi papá… mi modelo a seguir.

– Ya, menos cháchara y sentémonos, miren que estoy que me cago de hambre – dijo mi viejo, sin haber pescado nada de lo que le dije.

 

El rostro de la Coni estaba desfigurado. Igual me daba un poco de pena la situación, mi viejo se lució realizando decenas de comentarios racistas, machistas y hasta clasistas, mientras pedía y pedía piscos sours para acompañar su ají de gallina.

 

– Y cuéntame mijita, ¿Qué estudiai? – Le preguntó en cierto momento a la Coni.

– Estudio sicología…

– ¡Qué interesante! A ver, adivina qué estoy pensando en este momento… te va a gustar, jejeje.

– Eso no tiene nada que ver con mi carrera…

– ¿Pero ustedes tienen como poderes, cierto? ¿Pueden hablar con los muertos, adivinar el futuro, escribir horóscopos?

– Estoy segura de que eso es un síquico… yo seré sicóloga, ayudaré a la gente que tiene depresión, que esté enojada, que tenga problemas… – le respondió la Coni de forma displicente.

– O sea… ¿Es lo mismo que hace un cantinero, pero ustedes cobran más caro? Yo cuando ando con la hueá voy donde el flaco Lucho, le lloro todas mis penas y él me ayuda sirviéndome copete hasta dejarme borrado. Santo remedio. Y si las penas son muchas, llama a unas chiquillas que se encargan de sacármelas a puras chupadas.

– Mati, suficiente, me quiero ir – me dijo la Coni, con una molestia evidente.

– ¿Qué pasó? ¿Algún problema? – Le consulté, sabiendo perfectamente la respuesta.

– ¿Qué más me va a pasar? Tu viejo es un roto de mierda, me ha mirado las tetas desde que llegamos, habla puras hueás, y estoy segura que cuando me paré para ir al baño le tomó una foto a mi poto.

– ¿Pero qué quiere que le haga mijita? – Respondió mi viejo – Si con ese culo usted debe cagar bombones… O sea, perdóneme que se lo diga, pero su papá no tiene pichula, tiene pincel.

– ¡Mira Matías lo que me dijo este viejo ordinario!

– Pero Coni – le dije – es mi papá, yo lo quiero así… Incluso te iba a decir que cuando nos casáramos nos podríamos ir a vivir con él.

– ¡Ándate a la chucha Matías! ¡Desde hoy mismo declárate soltero, no te quiero ver nunca más, ni menos a este viejo rancio!

 

Mi papá observó cómo la Coni rompía conmigo sin decir ni una palabra. Recién ahí entendió que ella tenía planes de casarse y que todo se había ido a la mierda por culpa de sus desatinos. Cuando la Coni dejó de hablar mi viejo se puso de pie, frente a los dos.

 

– Mati hueón… Coni… ¿Ustedes se iban a casar?

– Usted lo dijo muy bien – respondió la Coni – nos “íbamos” a casar.

– Entonces… ahora que no hay compromisos de por medio… y aprovechando que todos ya tomamos y comimos suficiente, ¿Por qué no hacemos un trío? Yo pongo la casa.

– ¡Viejo de mierda! ¡Si te veo otra vez te saco la cresta! ¡Y vo Matías no me hablí nunca más! ¡Le voy a contar a todos que tienes cagados los genes, y que de seguro serás un saco de hueás como tu papá!

 

La Coni se alejó de nosotros echando puteadas sola, ni siquiera volteó la mirada, ni siquiera me pidió que la fuera a dejar. Mientras se retiraba del lugar mi viejo posó su mano en mi hombro, me sonrió, en un signo que pensé que era de apoyo, y me susurró: “mira cómo menea ese culo hijo, mira, si parece que lo hace bailar… de allá, pa acá, de allá pa acá”. Pagué la cuenta con una sensación extraña, un vacío que mi rostro se encargó de reflejar en una mueca triste. “Tranquilo Mati hueón”, me dijo mi viejo al notar mi pena, “vamos donde el flaco Lucho y llamamos a unas cabras para que te devuelvan la sonrisa”, “gracias viejo, pero paso”, le dije, y me respondió: “las minas van y vienen Mati hueón, te apuesto lo que querai que esta cabrita va a rogarte que vuelvan de aquí a una semana, no te vai a dar ni cuenta cuando vuelva”.

 

Nunca volvió. Chúpalo Coni.

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