06 Oct

Capítulo 132: Ariel

En una época oscura de mi vida, de la cual me da vergüenza acordarme, me las di de DJ. Mi especialidad era la música añeja y, gracias a un tutorial que pillé por ahí para hueones ñurdos como yo, aprendí a mezclar de manera magistral clásicos de ABBA con temones de Erasure y uno que otro hit de Depeche Mode… pésima idea considerando que, en la época en la que comencé a ofrecer mis servicios profesionales para cumpleaños o carretes improvisados, todo el mundo sólo quería pachanguear al ritmo del Axe y del recientemente aparecido reguetón… pero a mí me daba lo mismo, nada ni nadie iba a truncar mi sueño de convertirme en un disc jockey de primera y, sin más, le di para adelante con mi proyecto y me puse el nombre más pulento que se me ocurrió en ese momento: DJ Disco. Una mierda, sin lugar a dudas, pero ya es muy tarde para arrepentimientos.

Cierta noche mi viejo, quien se encontraba fascinado con mi nueva identidad, se ofreció para ser mi road manager, “¡Si yo te puedo conseguir caleta de eventos Mati hueón!”, Me juraba de rodillas, “sé quiénes son los más carreteros del barrio y conozco las fechas de los cumpleaños de todos los malitos pal hueveo que arman fiestas hasta por si acaso, ¡Si yo antes entraba de colao´ a todas esas partuzas! Pero ahora no me dejan los muy maricones, me tienen vetado, ¡Pero si les ofrezco tus servicios todo cambiará! Podré tomar gratis nuevamente y a cambio te ayudaré a llevar los cables y el computador, ¿Qué te parece Mati hueón? ¿Un negocio redondo, cierto?”, Y la verdad es que no era mala idea, es de conocimiento público que mi viejo puede oler un carrete desde kilómetros, y eso era justo lo que necesitaba para hacerme conocido en el parrandero mundo del hampa local.

Cierto fin de semana estuvo de cumpleaños la Stefy, la hija menor del Chico Maicol, y mi viejo, tal como lo había prometido, logró que la pendeja me diera la oportunidad de amenizar su mambo. La Stefy celebraría sus dulces 16, y en aquella época andaba en toda la onda pokemona, peinándose como pavo real y ponceando con hueones que se sacaban fotos más ridículas que la cresta. Mi viejo, quien le ofreció mis servicios al Chico Maicol a cambio de una de pisco, dos bolsas de Traga Traga y seis canapés, se quedó sentado en silencio a mi lado, sirviéndose un trago tras otro mientras miraba con vergüenza ajena como estos mocosos hacían malabares con las peinetas con tal de cubrirse los ojos con sus chasquillas, mientras se ordenaban dificultosamente las decenas de lightsticks sin brillo que decoraban sus brazos flacuchentos. “Éste será un público difícil”, me dije mentalmente, “¿Y si me sale todo mal? ¡No, esos pensamientos negativos no me ayudarán! ¡Vamos Matías, tú puedes! No eres cualquier persona, ¡Eres DJ Disco! El rey de las fiestas, el zar de la noche, el gurú de la pachanga”, y con ese pensamiento me chanté mis audífonos gigantes, me cubrí la cabeza con el gorro de mi polerón y le di play a un clásico de clásicos: “Never Gonna Give You Up”, de Rick Astley, un éxito seguro para el bailoteo… aunque claro, eso hubiese sido en cualquier lugar menos aquí, porque los pokemones, al escuchar la acalorada introducción del temón que les lancé a la vena, reaccionaron con indiferencia y continuaron tomándose fotos con sus cámaras digitales tapizadas en stickers. Mi viejo, quien ya llevaba varias piscolas en el cuerpo, y contrario a la reacción de mi joven público, sí se prendió con mi hit y se paró a bailar solo, así que, como su jefe, le pedí que por favor se calmara y que se fuera a sentar a la mesa de los adultos, donde podría compartir con los papis y las mamis de los mocosos invitados. Ahí partió a la mala, haciendo pucheros y balbuceando chuchadas que no supe entender y, luego de examinar detenidamente a los adultos asistentes, se sentó al lado de una vieja rica (que ni siquiera lo miró) y de un… de una… “¿Qué es eso?”, Pensé confundido al ver la figura amplia de un ser humano que, fácil, medía más de dos metros, pesaba unos 200 kilos, lucía un pelo largo bien cuidado, unas patillas prominentes que le llegaban al mentón y vestía una polera de Black Sabbath y un pantalón de buzo color azul marino… “¿Qué es, qué es? ¿Será una mina metalera, o un tipo muy a mal traer?”, Me acerqué un poco más para resolver mi duda, pero cada detalle que entregaba aquel ser me confundía aún más: primero se tomaba pilsen como camionero, y luego se limpiaba los labios como una señorita; después se rascaba el poco agraciado bigotito que tenía bajo su gran nariz, y con la otra mano se acomodaba lo que parecía ser un sostén. Sospechosa la hueá, ojalá mi viejo no la cague, me dije, y con ese miedo me acerqué aún más a escuchar lo que estaban conversando, “sí, vine con mi hijo, él es el DJ, pero a mí no me gusta mucho lo que toca, yo prefiero la música metálica… ¡Así como voh po hueón! ¿O no socio? ¿O no?”, ¡Ah chucha! Mi viejo ya lo estaba tratando de “hueón”, y yo cada vez me convencía más de que era mujer, “¡Así no más po hueón!”, Seguía mi taita, “Está rica esa vieja, ¿O no compadre? Está bien fome esta hueá, podríamos ir por unas bataclanas después, ¿O no hueón? ¿Qué decí? Si voh erí de los míos hueoncito, te tengo cachao´, si somos de los mismos, nos calientan las mismas cosas”. Y así siguió desparramando frases mi papi seguro de que estaba tratando con uno de los suyos y yo, ante la duda, decidí ir a preguntarle la firme directamente al chico Maicol. “¿Qué me estái preguntando cabro hueón?” Fue su enfática respuesta, “¡Cómo se te ocurre que la Ariel va a ser hombre! ¡Si ella es mi prima más linda! ¡La princesita de la familia! 35 añitos de pura simpatía, aunque igual tiene su lado rudo ah, trabaja de guardia en una disco de por acá cerca, ¿Cómo es posible que no sepái diferenciar entre un macho de una hembra Matías por dios? Está bien que la Ariel esté pasadita un poquito en kilos, pero mírale esos ojitos tiernos que se gasta, ¡Pura belleza, dos metros diez de pura sensualidad, un ángel entre simples mortales! No hay como confundirse po pajarón, ¡Sí cacha! Hasta tu papá cayó rendido a sus pies, ¡Mira como bailan, mira, mira!”, Y el Chico tenía razón, mi viejo estaba al medio de la pista bailando abrazadito de la Ariel una canción de Paolo Meneguzzi que yo había dejado programada hace rato, al parecer se había percatado de su error y probablemente ya se había disculpado como corresponde, como caballero, como una persona que asume sus errores, y por lo mismo me sentí culpable, había juzgado a la Ariel por su apariencia, ¿Hay algo más feo que pensar que una señorita como ella era un macho bruto y troglodita? No podía ser tan mierda como persona, y por lo mismo, para redimirme, seguí poniendo un éxito romántico tras otro, hasta que mi viejo comenzó a hacer su jugada, rodeó con los brazos a su nueva conquista y la comenzó a besar apasionadamente, mientras jugueteaba con sus manos alrededor de los pliegues de ella e intentaba agarrarle el culo piolamente al medio de la pista, y quizás la historia hubiese sido aún más linda si los pokemones no hubiesen comenzado a tirame los vasos por la cabeza, y todo con el fin de demostrar su descontento hacia las pulentas canciones que yo estaba tirando. Y así, de pronto, el carrete se transformó en un caos, “¡Chúpalo DJ! ¡Chúpalo DJ!” Me cantaban al unísono los pendejos, seguido por un coro de pifias y una violenta lluvia de suflitos y Chis Pops. No quedaba otra, había que arrancar del lugar cuanto antes, y con toda la cobardía que me caracteriza pesqué mi computadorcito, desconecté los cables, descorché a mi viejo de la Ariel y salimos volando de ahí. Los pokemones nos persiguieron por varias cuadras, pero como los hueones no veían casi nada con sus pelos cubriéndoles el caracho se les hizo imposible cachar qué desvíos tomamos en nuestro escape. Ya a salvo, nos tiramos al suelo para descansar y reírnos de la situación absurda que acabábamos de pasar.

– ¡Hasta ahí llegaste como Dj po Mati hueón! No cachái na´ de los gustos de los nuevos tiempos, ¡Nada de nada! Estái cagao no más.
– Jajaja, da igual viejo, dejémoslo en que soy un incomprendido… Aunque no todo es tan malo, por lo menos tú lo pasaste bien, ¿O no?
– ¡Un caballero no tiene memoria po Mati hueón! Pero sí, lo pasé la raja, y si no hubiese sido por voh estaría afilando ahora mismo… ¡Ay Ariel, cosita más buena! Así me gustan a mí hijo, con harto de donde agarrar, ¡Nada de pequeñeces aquí!
– ¡Qué buena viejo! Aunque igual casi no la hací ah, pero no importa.
– ¿Cómo es eso? ¿A qué te referí?
– A que menos mal que te diste cuenta a tiempo de que la Ariel no era hombre po.
– ¿Ah? ¿Qué hueá? ¿Era mina?

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