10 Oct

Capítulo 133: El Nesquik

Desde hace un par de semanas tengo como ejercicio casi diario pararme al lado de las boleterías de los metros para hacer mis transacciones: vender un librito por acá, comprar una entradita para ir un concierto por allá, todo rapidito, todo entretenido, todo legal. Y es que esto de juntarse con un desconocido o desconocida para comercializar algo es todo un tema, desde ese “¿Cómo andarás vestido?” coquetón que te lanzan para distinguirte del resto de hueones que están parados a tu lado en las mismas (aunque quizás no es coquetón, pero siempre he asociado las preguntas relacionadas con el vestir con algo medio erótico, o no sé, rollos míos, pifias que llevo en los genes, qué sé yo) hasta el encuentro mismo, donde al fin quedas frente a frente con aquella persona que se transformará en un ser de extrema confianza por un par de minutos, pese a que luego no lo verás nunca más… aunque bueno, eso no fue precisamente lo que me pasó con la Amapola.

A la Amapola la conocí un viernes, a eso de las cuatro de la tarde, en el metro Universidad de Chile. 25 años aproximadamente, aparentemente colombiana, carita perfecta, cabello ondulado, rica como ella sola. Parecía confundida buscando a alguien en la boletería contigua a la que estaba yo, y en cierto momento, al notar que este servidor no dejaba de mirarle el culo como que no quiere la cosa, se acercó de golpe para romper el hielo.

– ¿Francisco? – Me preguntó.
– ¿Ah? – Le respondí ahueonadamente, sin saber para dónde iba la micro.
– ¿Francisco? ¿De Tinder? Soy yo, Amapola… Te estaba buscando…

Amapola, Amapolita, se confundió mi reina, yo no soy ese Francisco al cual usted tanto busca, pensé en decirle, ¡Pero las hueas! En ese momento vi pasar la maldad ante mis ojos, mis peores instintos salieron a flote y me brotó desde dentro aquel “hijo de tigre” que constantemente intento ocultar.

– ¡Amapola! ¡Hola! Sí, sí… Yo soy Francisco, ¿Quién más podría ser? Ya, ¿Nos vamos?
– Como tú digas, yo feliz.
– Y yo más… – repliqué mientras comenzaba a caminar rápidamente, temiendo que el real Francisco apareciera y me cagara la onda.
– Te ves distinto a tus fotos, Francisco… estás, como dicen aquí en Chile, un poco… un poco hecho mierda, ¿O no? Sin ofender.
– Eso es lo de menos linda, lo que importa es que por dentro soy bueno, confía en mí, por dentro soy muy bueno…
– Cuanto me alegro Francisco, mira que, de todos los años que llevo en este país, nunca, pero nunca nunca, he conocido a un chileno honrado, ¿Qué me dices? ¡Terrible! ¿O no? Pero en ti noté algo distinto, Francisco, ¿Y sabes qué es ese algo? Es sinceridad, es franqueza, es honestidad… ¿O estoy equivocada? ¿O acaso estoy mal?
– Eh… ¡No, no, no, cómo se te ocurre! Si estamos hoy aquí es por algo, ¿No? Hemos hablado lo suficiente como para que sepas que en mí puedes confiar, si ya es como que nos conociéramos de toda una vida pues… eh… ¿Cómo me dijiste que te llamabas?
– Amapola…
– ¡Sí, Amapola! De toda una vida, de toda una vida.

Sé que en el fondo obré mal, pero aún más en el fondo, mucho mucho más, tenía la certeza de que la Amapola me estaba mintiendo, una parte de mí juraba de guata que ella sabía que yo no era Francisco, que ella tenía claridad absoluta de que toda mi jugada no era más que un engaño para conquistarla, ¡Y quién sabe porqué, aún así, accedió a irse conmigo! Quizás la dejaron plantada, tal vez estaba loca, a lo mejor era una ladrona y ésta era su técnica para engatusar a sus futuras víctimas para luego drogarlos, robarles, descuartizarlos… ¡Pero me daba lo mismo! La Amapola estaba demasiado rica y yo estaba dispuesto a que me sacara un riñón en una tina llena de hielo con tal de estar con ella.

– ¿Y qué te tinca hacer? – Le pregunté sin mayores pretensiones, tranquilito por las piedras.
– ¿Cómo que qué me tinca hacer? ¿Ya te arrepentiste de lo que acordamos?
– ¿Lo que acordamos? ¡Ah, sí! Claro que no me he arrepentido, ¿Cómo se te ocurre? Jaja, yo nunca me arrepiento de lo que digo, ¡Nunca! Así que vamos no más, dale… yo te sigo…
– ¿Tú me sigues?
– Claro, las damas primero, así funcionan las cosas en Chile querida, somos muy educados por estos lados.
– Pero si vamos a tu departamento pues Francisco, ¿Cómo me vas a seguir? Yo no tengo ni idea de dónde queda.
– ¡Ah! ¡A mí departamento, claro! ¡Tomemos un taxi entonces! Apurémonos, no hay tiempo que perder.
– Pero Francisco, cálmate, respira profundo, ¡Mírate, se te está cayendo la baba! Y aparte, ¿Compraste todo lo que tenías que comprar?
– ¿Lo que tenía que comprar? Chuta… a ver, ¿Te refieres a condones?
– ¡Jajaja, no pues bobito! ¡Ya sabes, la comida! Tomates, huevos, espárragos, leche, lechugas, carne cruda y mucho, mucho yogurt…
– ¿Perdón? ¿Vas a cocinar algo?
– No te hagas el loco, mi amor – me susurró al oído mientras tomaba mi mano derecha y la posaba en su muslo – recuerda que esta tarde te haré cumplir tus fantasías más ocultas… además, tú me pediste un Nesquik, y yo te daré un Nesquik…

¡Mierda! ¡Me salió cacha! ¡Sin ni un esfuerzo me salió cacha! En ese momento no sabía si estaba caliente o feliz, o una mezcla adrenalínica de ambas sensaciones, pero calma… ¿Un Nesquik? ¿Qué significaba esa hueá? Acá en Chile es una leche con chocolate que viene en cajita y se toma con bombilla, si mal no recuerdo, ¿Y esta loca quería que comprara un montón de alimentos para hacerme qué? ¿Un Nesquik? ¿Era un plato tradicional de su tierra? No entendía ni chucha pero, como siempre, la curiosidad fue más grande, así que compré toda la lista de hueás que la Amapola me pidió y la llevé de un ala a mi departamento, donde me quité la ropa apenas crucé la puerta y me entregué a sus brazos diciéndole “soy todo suyo Amapolita, hágame lo que quiera, chupetéeme, pégueme, entiérrame las uñas, enséñeme cómo aman en su país negrita linda, mire que hoy le diré que sí a todo, ¡A todo!”… y puta… la Amapola me hizo caso al pie de la letra…

– Ten, sírvete – me dijo mientras acercaba un tomate a mi boca, con cáscara y todo.
– ¿Qué hago? ¿Quiéres que me lo coma?
– Sí mi amor, enterito enterito…
– Lo que usted diga Amapolita… puta que comen de forma rara ustedes, pero allá voy – dije antes de tragarme de sólo tres mordiscos el tomate entero.
– Muy bien mi vida, muy bien… Y ahora, come lechuga… dale, no me mires tan feito y come… Eso, eso, muy bien, ¡Ahora come carne cruda! ¡Eso, dale, muérdela carajo! ¡Échate un huevo crudo también, para que baje! ¡Pero con ganas mierda, con ganas! ¡Ahora toma leche, dale, al seco, chupa, chupa!
– Amapola – dije a duras penas, con la boca llena y al borde del vómito – no me siento bien… en serio no me siento bien…
– ¡Tú me pediste esto Francisco, no te hagas más de rogar y tómate este yogurt! – Me respondió, apretando mi nariz para que abriera la boca y, sin ninguna piedad, dejarme caer un Activia entero que bajó como por un tubo hasta mi estómago.
– Amapola, para, para… – gemí apenas, aunque los retorcijones que me estaban dando rugían más fuerte que mi voz – creo que me voy… creo que… ¡Cuidado, aléjate, me voy a cagar, te juro, me voy a cagar!

Dos segundos me demoré en llegar al baño, y fue tanto el apuro y el urgimiento que ni siquiera atiné a cerrar la puerta para salvar el poco de dignidad que me iba quedando, simplemente me senté en el wáter y dejé que aquella asquerosa masa viscosa recién formada fluyera entre mis nalgas por sí sola. La sensación era horrible, el dolor no se detenía y el buqué era mucho peor, pero todo eso me dejó de importar cuando de pronto, casi por instinto, levanté la cabeza a duras penas y vi a la Amapola arrodillada frente a mí, así tal cual, pasándose la lengua por los labios y mirando fijamente cómo mi diuca entristecida colgaba en la orilla de la taza.

– Amapola, ¿Qué…. qué onda? ¿Qué hací acá?
– Tú me pediste un Nesquik papi, y un Nesquik vas tener.

Dicho esto, tomó mi presa entre sus manos mientras yo aún no paraba de cagar y, sin más comenzó, a succionarla como si fuese una bombilla, mientras litros y litros de agua teñida de café yacían estancados a centímetros de su cara.

– Amapola, pero… oh… oh… Nesquik, ahora entiendo, oh… la bombilla… el chocolate… la hueá buena…
– ¿Cierto que sí? – Me respondió mientras aprovechaba de tomar un poco de aire.
– Totalmente, pero no pares, dale, sigue, sigue, podría estar así toda la vida… Oh, eres una maestra Amapola, ¿Cómo nadie me había hecho esto antes? Creo que te amo, te juro que te amo, te amo tanto que te confesaré toda la verdad, y la verdad es que yo no soy Francisco, ni siquiera sé quién es ese hueón, pero no me arrepiento de nada, la dura, no me arrepiento de nada…
– Lo sé querido, lo sé… – me dijo limpiándose la boca – tu mochila tiene un parche que dice “Matías”, me di cuenta apenas salimos del metro, pero eso da lo mismo, negocios son negocios.
– ¿Cómo eso? Puta la hueá, no me digas que…
– No te preocupes querido, serían 80 mil no más, pero no te preocupes, en serio, déjame terminar y arreglamos… confío en ti, aunque no lo creas, confío en ti.

Creo que me enamoré, sin dudas me enamoré, ¿Y es que quién gasta 80 lucas en un Nesquik con una mina? ¡Nadie po! Un hueón enamorado no más, y ése soy yo, un hueón enamorado no más…

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