15 Oct

Capítulo 134: Purulento

En la pega me están estrujando al máximo últimamente, mis horarios están cada vez más hueviados y las pocas energías que me van quedando al final del día las uso para quitarme los zapatos y disponerme a dormir a raja suelta hasta la mañana siguiente… por lo mismo me puse tan contento cuando, en pleno fervor del fin de semana, se me hizo imposible tragar el contenido de una piscola fresquita que me estaba zampando junto a los borrachines de siempre… y es que a esta altura de la vida, aunque suene tirado de las mechas, enfermarse hasta caer en cama es una bendición impagable.

– ¡Mierda, mi garganta! Me duele caleta conchesumadre, no me entra nada… – me quejé dificultosamente, mientras doblaba la cabeza hacia atrás, me tiraba un chorro de piscola directamente desde el vaso y me lo intentaba tragar emulando la forma de comer de los patos.
– No sabes cuánto te entiendo – me dijo la Oye, quien fue la única del lugar en prestarle atención a mis lamentos – cuando me pasa eso me hago la loca y escupo para el lado, me da lo mismo que el hueón de turno se enoje o que me suplique que me lo trague… cuando no se puede, no se puede no más po.
– No, no se trata de eso, creo que me estoy enfermando… ¿Podí mirarme el cogote por dentro? Dime qué tan hecho mierda lo tengo…
– A ver, ven pa´acá, abre la jeta… ¡Ah, no, voh estái pal pico! ¿Te acordái que una vez te conté que se me irritó ahí abajo porque el Rubén se equivocó y me echó alcohol gel en vez de lubricante? ¡Puta que me ardía la hueá! Por un momento me quedó la cosa más roja que pichula de perro… bueno, así mismo tení el güergüero en este momento, rojito rojito.
– Uhhh, la zorra….
– Sí po, la zorra, ahí mismo se me irritó, si te conté po, ¿O acaso no te acordái?
– ¡No, no, no! Me refiero a que es la zorra haberme enfermado, ¿Cachái? Así voy a médico mañana mismo, hago que me dé licencia y aprovecho de tirarme las hueas echao´ en mi catre toda la semana, ¿Qué te parece?
– No sé, me importa un pico.
-De todos modos gracias Oye, te debo una, ¡Me iré a acostar al toque para ir a la posta mañana a primera hora!
– ¡Hueón, te he dicho mil veces que no me llamo Oye! tengo nombre…
– Puta, igual me importa un pico, ¡Nos vemos, y reza pa´que no me mejore!

Al otro día estaba a las 5 de la mañana de pie al lado de la consulta esperando a que me atendieran, pero antes de salir me aseguré de hacer todo lo posible para acrecentar mi estado griposo, a saber: dormí con cáscaras de plátano en la planta de los pies, me duché con agua helada y, antes de secarme, salí a fumarme un pucho a raja pelá´ en el balcón del departamento. Nada podía salir mal, todo estaba a mi favor, y con esa convicción esperé a que la secretaria del médico gritara mi nombre para dar inicio a mi show… y esperé y esperé… y esperé y seguí esperando… hasta que al fin, a eso de las 3 de la tarde, me atendieron.

– ¡Adelante, adelante! ¿No ve que estoy apurao´? – Me dijo un viejo decrépito, ojeroso, mal vestido y desaseado, el cual, según inferí, era el médico de turno.
– Hola, sí, buenas tardes…
– Cuénteme don… Mateo… ¿Qué le pasa?
– No, se equivoca, mi nombres no es Mateo, es Matías.
– ¿No me diga? Ya, quítese la ropa lentamente y vaya hacia la camilla.
– ¿Ah? Pero doctor…
– ¡Diríjase hacia la camilla y desnúdese le digo!
– Pero oiga, si ni siquiera le he dicho lo que me duele, ¿No será mejor comenzar por ahí?
– Chuta, ¿Ahora voh me vai a enseñar a cómo hacer mi pega? ¿Estudiaste medicina acaso? ¿Ah? ¡Margarita, Margarita, venga! – gritó llamando a su secretaria – Margarita, el joven aquí no quiere desnudarse, ¿Qué les decimos a los pacientes porfiaditos como él? ¿Ah?
– Lo obvio pues doctor – respondió Margarita – ¡Uno, dos y tres! ¡En pelota, en pelota, en pelota!
– Pero doctor – reclamé – no es la forma, míreme, estoy decaído, creo que tengo fiebre, me siento morir.
– ¡Ya, qué latero! – Replicó el doctor – ¡En pelota, en pelota! ¡Mucha ropa, mucha ropa!
– ¡Está bien, está bien! – Refunfuñé quitándome cada prenda de vestir que cubría mi paupérrima figura – Ahí está… y disculpe lo poco…
– Chuta – fue su sencillo diagnóstico – chuta chuta… disculpe que se lo diga así don Mateo, pero usted… ¡Usted está hecho bolsa! ¿Cuántos años tiene? Si me dice 45, o más, me sentiré más aliviado.
– No, un poco menos… 29, recién cumplidos.
– ¡Ahhh no, estamos mal, estamos mal! A ver, permítame palparle los coquitos… mmm… están blanditos… mmm… ¡Oiga! ¡Tiene un rasguño en uno! ¿Sabía?
– Sí doctor, pero no es un rasguño, no se confunda, lo que pasa es que me operé de hidrocele hace un tiempo, y por eso me quedó el tajo marcado en la hueva izquierda… incluso, mi papá me las bautizó como “La bonita” y “la de la cicatriz”.
– ¿”La bonita” y “la de la cicatriz”? No sé… no le veo el chiste… ¡Ya, ahora vamos a palpar cómo está el regalón! A ver a ver… está bien metido para adentro ah, ¿Será por el frío?
– ¿Ah? ¡Sí sí sí! Jeje, metido hacia adentro, sí, jejeje, el frío, el frío tiene que ser…
– ¡Ya, ahora póngase en cuatro! Vamos a ver la próstata.
– ¡No no no, ahí sí que no! Doctor, si yo vine simplemente porque me duele la garganta, ¡Lo demás está todo bien! Y es que míreme, cácheme la cara, me cuesta tragar, con raja estoy hablando, anoche no pude ni dormir del dolor y ahora lo único que quiero, ¡Lo único lo único! Es que me dé algunos días de licencia para poder descansar, ¡Nada más! Sólo quiero descansar…
– Pero don Mateo, cálmese y entiéndame, ¿Cómo quiere que le dé un diagnóstico certero, si usted ni siquiera me deja medirle el aceite? Dígame, aconséjeme porque, al parecer… ¡Usted sabe más de medicina que yo pue´!
– Doctor, discúlpeme si se siente pasado a llevar, pero en serio… míreme la garganta, la tengo purulenta, sólo necesito que me recete unos antiinflamatorios, algunos antibióticos y, por sobre todo, que se raje con una licencia, es todo…
– Don Mateo, vaya a la farmacia y pida que le den Vitamina C, se manda una tirita al día y de aquí a una semana estará bien. Mucho gusto, hasta luego.
– Pero doctor…
– ¡Mucho gusto, hasta luego dije!

Me retiré de la consulta cabizbajo, decaído y derrotado, tendría que llegar a la pega de rodillas y explicar el porqué me había ausentado casi todo el día… ¡Pero no, no me iba a rendir tan fácil! Necesitaba unos días de descanso, sentía que me los merecía y, con tal de obtenerlos, estaba dispuesto chantajear al doctor rancio de ser necesario, y con esa intención volví a su despacho, abrí la puerta lentamente y asomé sólo la mitad de la cabeza.

– ¿Otro paciente más que no dejó que le metiera los dedos doctor? – Le preguntó Margarita, sin percatarse de mi repentina presencia.
– Sí Margarita, otro más, ¡Estos no aprenden nunca que la hueá es pasando y pasando! Licencia quería el culiao, licencia quería…

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