19 Oct

Capítulo 135: La carrera

Anoche salí con una amiga que no veía hace mucho tiempo, y sólo me había enterado de su vida por las fotos corriendo maratones que sube a Facebook y los registros haciendo ejercicios que publica en Instagram. Y es que mi amiga, por lo que he podido apreciar, es una atleta en potencia: tiene álbumes con servius participando de todas las corridas onderas que hacen en Santiago, incluidas esas que realizan de noche y esas otras donde les tiran polvitos de colores, por lo mismo me sorprendí tanto cuando, mientras nos dirigíamos a pata de un carrete a otro, la noté en extremo colorada, jadeando, sudando la gota gorda y visiblemente hecha pico.

– ¿Qué onda amiga? ¿Cansada? – Le pregunté amablemente.
– ¿Y cómo no estarlo? ¡Hemos caminado casi 500 metros! ¿Falta mucho? ¿Y si llamamos a un radiotaxi mejor?
– Pero comadre, cómo tanto, si ya no queda nada.
– Puta Mati hueón, ¿Por qué no descansamos un ratito? Sentémonos aquí, mira, ven…
– Oye loca, qué onda, cómo tan pajera, ¿No te las dai de súper deportista subiendo fotos en el gimnasio y poniendo estados con los kilómetros que trotái al día? ¡Ya, para la raja! ¡Nos vamos a ir corriendo al carrete!
– ¿Corriendo? ¿Voh estái hueón? ¡Estoy muerta loco! Mira, voy con las patas a la rastra.
– ¡Entonces erí puro grupo po comadre! Lorea mi estado físico, ¿Cachái? Estoy hecho mierda, soy el hueón más borracho, cerdo y sedentario que vas a conocer, y aún así estoy seguro de que te puedo volar el culo en una carrera.
– ¿Tú? ¿A mí? Claro, sueña Matías.
– ¡Corramos entonces po! De aquí al poste que está en la otra esquina, ¿O se te chupa?
– ¡Ya po conchetumare! ¡Espérate no más, te voy a dejar en vergüenza chancho culiao!
– ¿Qué apostamos? Si me ganái me rajo con 200, 100 piscolas, las que querái.
– ¡Hecho! Y si tú me ganas, cosa que no va a suceder… te la chupo, corta.
– ¿Segura? Voy a estar algo transpirado…
– ¡A cagar no más! ¿Estái listo hueoncito?
– ¡Listo!
– A la una, a las dos y a las… ¡Tres! ¡Muerde el polvo, seboso de mierda!

Pese a los pronósticos de mi amiga maratonista, la pasé cagando por varios metros, y no me logró ver ni la sombra cuando me puse en modo turbo y corrí más rápido que lanza de Ahumada en dirección a la meta, y fue tanto el empeño que le puse, pero tanto tanto, que al parecer sucedió un milagro y bajé unos cuantos kilos instantáneamente, lo que causó que de repente el cinturón se me comenzara a aflojar y, consecuentemente, mis pantalones empezaran a resbalarse suavemente por mis nalgas, hasta bajar raudos por mis piernas y quedarse estancados a la altura de mis rodillas. En el momento no me di ni cuenta, todo fue tan repentino que recién me percaté de la situación cuando estaba con el hocico enterrado en el pavimento, con el culo parado al aire y listo para recibir la senda patada en la raja que me puso mi ahora ex amiga al pasar corriendo por mi lado, cumpliendo su sueño de ganarme la improvisada carrera, a la vez que celebraba gritando “¡Que le chupara el pico quería el culiao! ¡Súbete los pantalones mierda, te espero en el carrete pa que paguí las piscolas!”.

Esto del deporte no es lo mío, no señor… Y bueno, lo de mi amiga alumbrada tampoco parece porque, cuando al fin logré levantarme para dirigirme cojeando al destino previsto, a la loca la habían tenido que llevar al hospital más cercano para que le chantaran oxígeno.

Ahí quedaste, ¡Ja!

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