28 Oct

Capítulo 138: Esa onda

Me es imposible encontrar una palabra precisa para describir al Payaso Chispita. Algunos apostarían a que el concepto que busco es “emprendedor”, debido a su constante necesidad de reinventarse en los negocios, a saber: de actor pasó a mago, pero desde antes era poeta de las cosas simples, y también traga vidrios, entremedio se las dio de cantante, malabarista, lanzafuego, activista vegano, mimo y, cómo olvidarlo, imitador de personajes de libros a pedido (o mejor dicho, puto disfrazado de Cristian Grey)… Pero no, “emprendedor” no es la palabra que busco, ¿Y por qué no? Simple: porque este hueón siempre va hacia abajo, en decadencia, vive tocando fondo y, como si fuese a propósito, siendo el peor en lo que mejor sabe hacer… Por lo mismo no me sorprendí cuando me comentó sobre su nuevo proyecto, agregando, por supuesto, que necesitaría de mi ayuda para llevarlo a cabo.

– ¿En serio? – Le pregunté, aún incrédulo – ¿Estás seguro? ¿Tú? ¿Payaso de micro?
– “Comediante”, Matías, “comediante de locomoción colectiva”, y la boca te queda donde mismo.
– Pero Chispita… es que… cómo decírtelo… a ver, ¡Es que tú erí más fome que la chucha po!
– ¡Salte pal’ lao’ amigo Matías! – Me respondió intentando imitar la voz de un tony – ¡Usted es el que tiene menos brillo que el sapo de la Sirenita! ¡Esa onda! ¡Menos brillo que pelo de gitana! ¡Menos brillo que la pichula del Papa! ¡Esa onda! Aparte, yo estoy súper concentrado para ser el mejor en este nuevo trabajo, ¡Súper concentrado! ¡Más concentrado que un caldo Maggi! ¡Esa onda!
– No me digas… ¿Y se supone que “¡Esa onda!” Es como tu muletilla, o no?
– ¡Qué andái vivaracho Matías! Bien raro eso en ti, ¡Más raro que Cachantún en lata! ¡Esa onda! ¡Más raro que paco rubio! ¡Más raro que negro con la tula chica!
– ¿Ah?
– No, nada… ¡Y ya po Matías hueón! Confía en mí, si yo tengo la certeza de que esto es lo mío, y por lo mismo estoy súper contento, ¿Cachái? ¡Más contento que mozo atendiendo a Farkas! ¡Más contento que flaite con pitbull! ¡Más contento que evangélico con pandero! ¡Esa onda!
– ¡Ya hueón fome, córtala! ¿En qué necesitas que te ayude?
– Matías, amigo… quiero que seas mi palo blanco…
– ¿Palo blanco? ¿Cómo es eso?
– ¡Fácil po! ¡Más fácil que tu mamá! ¡Esa onda! Lo que tení que hacer es subirte a la micro conmigo, pero sin que la gente note que vamos juntos, después esperas a que comience mi show y, apenas termine el primer chiste, te empezái a reír a carcajadas, ¿Cachái? Ahí te poní a aplaudir y a gritar hasta mearte, y después… ¡Después me dai mucha plata! Mucha mucha plata, así el resto de los pasajeros se tentará y hará lo mismo, ¿Entendiste o no? ¡Porque voh soy terrible de lento! ¡Más lento que el “Only you”! ¡Más lento que río de caca! ¡Más lento que polvo en la luna! ¡Esa onda Matías, esa onda!

La idea no parecía tan descabellada después de todo. El Chispita, una vez más, quería crecer como artista, y yo, como buen amigo que soy, me puse la mano en el corazón para apoyarlo nuevamente. Salimos del departamento a eso de las seis de la tarde, hora en la cual las micros se repletan de pasajeros con las alas sopeadas y caras de culo que llegan hasta el suelo. El Chispita, para darle color, se chantó un terno que le quedaba extremadamente grande, una humita que le apretaba el cogote más que la cresta, y se acomodó en la oreja un micrófono de esos que usa Chayanne, pero marca chancho eso sí, enchufado a un pequeño parlante portátil. Yo, para que nuestro plan pasara piola, subí un poco antes micro, y me quedé parado como hueón al lado de la puerta de al medio, tranquilito, calladito, para así tirarle flores de cerquita a la rutina penca de mi amigo.

– ¡Buenas tardes señor, buenas tardes señora, cómo les va! – Comenzó, educadamente, el Chispita, aunque nadie lo miró de vuelta, ni menos le respondieron – ¡Puta que vamos apretados oye! ¡Vamos más apretados que tapa de submarino! ¡Esa onda! ¡Más apretados que peo de visita, más apretados que choro de monja, qué calamidad!

Nada, ninguna risa se escuchó de vuelta… sólo la mía, estruendosa, falsa y notoriamente exagerada.

– ¡Gracias, muchas gracias! – Dijo el Chispita, mientras se secaba el sudor. Se notaba nervioso, inseguro, con miedo, la gente definitivamente no lo estaba pescando y, por lo mismo, debía sacar a la luz lo mejor de su repertorio – ¡Oiga el chofer que va lento ah! ¡Más lento que piropo de tartamudo! ¡Esa onda! Y puta que hace calor señor, ¡Voy más mojao’ oiga, mire! ¡Voy más mojao’ que pichula de pescado! ¡Más mojao’ que calzón churreteado! ¡Más mojao’ que cacha de guatones! ¡Esa onda!

Si la batería anterior de chistes había pasado sin pena ni gloria, ésta simplemente dio lástima. El Chispita no logró sacarle ni siquiera una sonrisa a su potencial público, y yo, fiel a mi propósito, lancé una carcajada ruidosa que no pasó desapercibida para nadie.

– Muy amable caballero, muy amable – me dijo el Chispita mirándome fijamente con cara de agradecimiento. Sin embargo, en menos de un segundo su mirada se transformó… fue como si le hubiese llegado una idea del cielo, el secreto para triunfar en la comedia de micro, la estrategia secreta que le permitiría dar vuelta esta situación adversa – ¡Puta que me aplaude usted caballero! – lanzó a viva voz, apuntándome frente a todos – ¡No me vaya a decir que yo le gusto po! ¡Si yo no le hago na’ a eso! Y aparte usted es más feo… ¡Es más feo que refrigerador por detrás! ¡Más feo que el tajo de la pichula! Oiga, si es en serio, ¡Usted es tan feo que, cuando nació, el doctor no sabía si su mamá lo había pario’ o lo había cagao’! ¡Esa onda!

De pronto, sorprendentemente, se escuchó una risotada masiva que retumbó en cada rincón de la micro. Rojo de vergüenza miré a mi alrededor, y noté cómo los pasajeros se apretaban la guata, otros me apuntaban lanzando carcajadas burlescas y los más atrevidos ya habían sacado sus celulares para registrar en video mi tragicómica humillación.

– ¡Chispita! – Susurré – ¡Oye Chispita culiao! ¿Qué hueá?
– ¡Tranquilo Mati hueón, tranquilo! – Me susurró de vuelta – A la gente le gusta esto, sólo déjate llevar amigo, porque somos amigos, ¿Cierto? Y los amigos se apoyan, ¿O no?
– Puta… ya hueón, ¡Pero no te vayái al chancho po! – Le dije acercándome a su oído – ¡En serio, no te vayái al chancho! ¿Estamos?
– Estamos – respondió mientras se alejaba nuevamente para ubicarse al medio del pasillo – ¡Oiga caballero, qué le pasa! – Me gritó cambiando inmediatamente su actitud, y dándome aletazos exagerados para que me alejara – ¡Me quería dar un beso este hueón feo oiga! ¡Si parece que, aparte de feo, es hueco! ¡Más hueco que cuchuflí de playa! ¡Esa onda! ¡Más hueco que empaná’ de queso! ¡En serio! Y aparte a mí no me gustan los guatones po’ oiga, Y usted es tan guatón, tan pero tan guatón, que usa poleras talla L… ¡L de elefante! ¿Entienden? ¡Ele-fante! ¡Porque erí gordo! ¡Guatón culiao! ¡Gracias, gracias!

La gente estaba vuelta loca, las risas se volvieron ensordecedoras y de pronto me convertí en el centro de atención. Con mi dignidad por el suelo, me puse de pie como pude y me dirigí humillado hacia el fondo de la micro, mientras todos los pasajeros me gritaban hueás y continuaban apuntándome con el dedo. No podía soportarlo más, toqué el timbre para bajarme en el próximo paradero mientras miraba de reojo cómo el Chispita recibía una ovación con los brazos abiertos. “Hueón maricón”, pensé, “ojalá te vaya como el pico”, y en eso estaba cuando noto que el chofer, producto de las risas, no escuchó el sonido que le indicaba que yo me quería bajar, así que se saltó cagando el paradero y siguió acelerando hecho un peo.

– ¡Oiga! ¡Oiga chofer! – Grité desesperado – ¡Chofer, ábrame!
– ¡Ya pue’ chofer! – Agregó el Payaso Chispita de inmediato – ¿No ve que a este hueón hueco le gusta que lo abran por atrás? ¡Hágale el favor pues! ¡Que lo abran, que lo abran! ¡A ver, todos! ¡Que lo abran, que lo abran! ¡Eso, muy bien! ¡Más fuerte, más fuerte! ¡Jajaja! ¡Canten! ¡Más fuerte! ¡Así, así! ¡Jajaja!

La puerta se abrió de golpe y, antes de bajarme corriendo, alcancé a escuchar un estallido de carcajadas y aplausos que me hicieron hervir el hoyo. Por las ventanas, los pasajeros me dedicaban gestos obscenos para despedirse, otros me gritaban hueás que no supe descifrar y la gran mayoría grababa mi humillación no sé con qué fin. Esa tarde el Chispita se hizo rico en monedas de $100 y $500, y yo me prometí no ayudarlo nunca más al muy maricón… y es que puta que es chueco el Chispita, en serio, es más chueco que peo de culebra, más chueco que desfile de ciegos, más chueco que pichula de travesti… esa onda… esa onda…

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