09 Nov

Capítulo 141: El bus

– No viejo, ni lo pienses, definitivamente no.
– ¿Qué te pasa Mati hueón? ¿De cuándo tan mojigato?
– ¡Papá, estamos en un bus! ¡Ubícate por favor, ponte en el lugar de los demás pasajeros!
– ¡Pero si estoy que me cago po! Te lo vengo diciendo desde hace más de media hora, “Mati, hijo, tengo un mojón que me está culeando, dile al chofer que pare pa’ plantar la cagá a orilla de carretera”, ¿Y qué hací voh? ¡Nada!, “¡Ay, es me da vergüenza! ¡Ay, es que quizás qué va a pensar la gente de nosotros!”, ¡Tan hueco que me saliste hueón! Te recuerdo que yo te di la vida y, por lo mismo, tení que salvarme de ésta.
– ¡Papá, entiende, los baños de los buses son sólo para mear! Aguanta un poco, ya vamos a llegar al terminal por la chucha, ahí podrás cagar 200, 100 kilos de mierda, lo que querái podrás cagar.
– ¡No!
– Puta viejo…
– ¿Te conté lo que le pasó a mi abuelita por aguantarse las ganas de liberar a Willy? ¡Se murió Matías! ¡La vieja estaba hospitalizada y, por no querer cagar en el baño que compartía con los demás enfermos, se murió! ¿Querí que me pase lo mismo acaso? ¿Esa hueá querí, hueón mala persona?
– Papá, eso es imposible…
– ¿Y qué sabí voh Mati hueón? ¿Erí doctor de la mierda acaso, ah? ¡Si a la pobre vieja tuvimos que velarla sentada en el wáter hueón! Y voh no viste esa hueá, ¡Yo sí! ¡Cómo le brotaba la mierda a ese fiambre hueón oh! Por eso nadie va a visitar su tumba… dicen que todavía echa olorcito…
– Viejo, ¿De qué estái hablando? No te vai a morir por aguantarte un rato más o un rato menos, sé consiente por favor, la gente comenzará a reclamar por la podredumbre y quizás hasta nos bajen del bus, ¿Es eso lo que querí? ¿Ah? Dime po, ¿Eso es lo que buscái?
– ¡Es que voh no sabí na’ de técnicas de supervivencia Mati hueón! Si este mundo es de los víos’, y yo sé hacerla po, ¡Espérate no más! Seré como un ninja en esta misión: iré al final del pasillo sigilosamente, abriré la puerta con cuidado, entraré sin despertar sospecha alguna, me bajaré los pantalones, después los slips y luego, de un puro golpe, lanzaré el surullo como si fuese un cohete al fondo de la taza, ¿Qué tal? Nada malo pasará Mati hueón, confía en mí, nada malo pasará…

Y nada más pude decir. Mi viejo, haciendo oídos sordos a mis súplicas de no ser tan chancho, se paró de un salto, soltó levemente su cinturón y se acercó a una vieja que dormitaba al otro lado del pasillo. “Disculpe dama”, le dijo caballerosamente, “¿Me prestaría su diario para limpiarme la ra…? ¡Perdón, digo! Para leer y culturizarme, ¡Sí, para eso! Y para hacer el puzzle, quizás”. La señora le extendió las arrugadas hojas de papel realizando un gesto de desagrado y mi viejo, sin decir ni gracias, se fue dando grandes zancadas hacia el baño instalado al final del pasillo. Pese a su juramento de pasar piola, estuvo cerca de dos minutos intentando abrir la puerta con ruidosos empujones, patadas, golpes de puño e, incluso, un par de cabezazos, y si no es porque un niñito le dijo “caballero, la puerta se abre hacia afuera”, quizás cuánto rato más hubiese estado dando la cacha. Por mi parte, opté por hacerme el dormido e intentar obviar la sonajera de peos que invadió el, hasta ahora, silencioso bus, y que de inmediato llamó la atención de todos los pasajeros, quienes miraban hacia atrás con rostros molestos, tosiendo y carraspeando para hacer notar que estaban al tanto de lo que allí estaba sucediendo. 10, 20, 30 minutos pasaron, y ni rastros de mi taita… aunque en un abrir y cerrar de ojos todo se solucionaría, el terminal estaba cada vez más cerca y al fin este incómodo martirio acabaría, y con esa esperanza me fui relajando de a poco, detuve paulatinamente el fingido ronquido con el que camuflé durante todo ese tiempo y me puse de pie antes que todos para bajar de los primeros y lograr escapar sin que nadie me dijera nada… Pero no, el destino, como es usual, tenía preparados otros planes para mí, y de eso me percaté cuando, justo una cuadra antes de llegar al terminal, un atrevido ciclista atravesó la calle haciendo vista gorda a la luz roja que le indicaba que debía detenerse, obligando al chofer del bus a pegarse un frenazo de antología, una chantada brusca y de golpe que nos dejó a todos bien zamarreados, incluso debí afirmarme de dos asientos para mantener el equilibrio mientras escuchaba gritos de terror que provenían de todos lados. “Mierda”, pensé, “de seguro alguna vieja se dio un cabezazo enorme y debe estar herida”, pero nada de eso señores, nada de eso fue lo que sucedió porque, al alzar la vista hacia el final del pasillo, vi cómo mi viejo se abalanzaba hacia mí con los pantalones abajo, aleteando sin poder afirmarse de nada y con un enorme mojón colgando entremedio de sus piernas.

Aquel día mi viejo aprendió que siempre les debe poner seguro a las puertas de los baños de los buses, y yo… bueno, yo aprendí que la dignidad se puede perder en cualquier lugar… y sobre todo si terminas tirado en el suelo, con tu papá semidesnudo y todo cagado encima de tuyo….

Comentarios

Comentarios