18 Nov

Capítulo 143: El robo del siglo

Mi viejo ha odiado al gancho Ramón desde que tengo uso de razón. Si mal no recuerdo, el germen del desprecio nació cuando mi taita era apenas un lolito, en aquellas tardes cuando se colocaba al lado de la puerta del clandestino del finao’ Lalo con su mesita de “Pepito paga doble” fabricada por el mismo, y hacía que todos los viejos borrachos cayeran en su juego y perdieran puñados de monedas gracias a sus manos rápidas y a su viveza precoz. Todo fue riqueza, éxito y felicidad en la emprendedora niñez de mi viejo, todo fue memorable, glorioso, sublime… hasta que apareció el gancho Ramón, su compañero de curso más piolita, y comenzó a vender cigarros sueltos justo a su lado… El negocio de las apuestas se fue a pique rápidamente, todas las moneditas de los curagüillas se iban directo a los bolsillos del gancho Ramón y mi viejo, con sus ilusiones por el suelo, decidió guardar para siempre su tablerito, no sin antes jurarle odio eterno a quien, hasta ayer, no era más que un niño cualquiera de su escuela.

A medida que iban creciendo, los encontrones entre ambos adquirían mayor violencia. Para peor, los dos pailones desarrollaron una personalidad peligrosamente similar, lo cual, si en un contexto normal los hubiese ayudado a potenciar una posible amistad, sólo generaba una competitividad desmedida y una recíproca envidia a flor de piel. Para ellos, vivir era una lucha entre dos: si al gancho Ramón le gustaba el Colo, mi viejo salía con que era fanático de la U; si mi viejo votaba por el NO, el gancho Ramón le hacía campaña al SÍ, y si el gancho Ramón se comía a la mina más rica de una fiesta, mi viejo le tiraba besitos al hueón más mino a ver si algo le resultaba, “todo sea para llevar la contra”, se justificaba, “todo sea para no ser igual que ese hueón”. Con el paso de los años se pudo evidenciar que la relación entre estos polos opuestos ya no iba a mejorar, incluso hay quienes cuentan que la visita del Papa se produjo gracias a una carta que la profesora jefe de estos pasteles envió directamente al Vaticano, a ver si el Sagrado Pontífice era capaz de mediar en esta rencilla a muerte, pero nada, ninguno fue capaz de agachar el moño y alzar la bandera de la paz… y así siguieron hasta que el destino hizo lo suyo y las circunstancias de la vida se encargaron de separarlos: mi viejo se fue a vivir a la casa que ocupa actualmente, y el gancho Ramón, quien siempre llevó una vida mucho más exitosa en el plano económico, se fue a hacer negocios de lo lindo a alguna ciudad del norte, donde amasó una pequeña fortuna que le permitió, en un tiempo relativamente breve, abrir un pirulo negocio de venta de ropa exclusiva, y luego otro, y después otro más, hasta que las vueltas de la vida hicieron su magia y, como si fuese una jugarreta cruel, instaló su tienda más grande, lujosa y pintoresca a tan solo unas cuadras de la casa de mi viejo.

– ¡Me está provocando este culiao’ Mati hueón, me está provocando! – Me dijo mi taita apenas se enteró de la noticia – ¡Quiere que le queme su hueá de negocio, eso es lo que quiere!
– ¡Papá, no! ¡Ni se te ocurra! Si el tema ya se acabó hombre, déjalo en el pasado… aparte, lo tuyo con ese viejo fue una pelea de cabros chicos, no tiene ninguna importancia ahora, ¿Pa’ qué le dai tanto color?
– ¿Cómo? ¿Que no tiene importancia? ¿Tú encontrái que no tiene ninguna importancia? ¡Mati hueón, ese culiao me cagó la vida! Si no fuera por él y sus cagás de cigarros sueltos, yo hubiese seguido forrándome de lo lindo a costa de esos viejujos borrachos, ¡Y mi vida hubiese sido otra hueón, otra totalmente distinta! ¿Te imaginái? ¿No? Yo sí lo hago po, me lo imagino todos los días: me veo casado con una mina rica, linda, cariñosa, ¡No como tu madre! Y tirado en un patio gigante, a guata pelá’, tomando pilsen todo el día, sin responsabilidades, sin cachos, sin hijo… sí… oh sí…. sin ningún hijo… qué maravilla…
– ¡Viejo hueón, abre los ojos, estái babeando!
– ¡Chucha, disculpa! Es que de tan solo pensarlo me emociono… pero, lamentablemente, sólo eso puedo hacer, echar a volar la mente y pensar en una vida distinta… porque ya todo está perdido Mati hueón, ya nada será lo que pudo haber sido…
– ¿Y si le pagái con la misma moneda al gancho Ramón? – Le dije de pronto, viendo en ésta una oportunidad para que mi viejo hiciera algo bueno con su vida.
– ¿Cómo eso?
– Lo que dije po’: hácele al gancho Ramón lo mismo que él te hizo a ti, a ver si así das vuelta la página y, de paso, te hací’ unas luquitas demás, ¿Qué te parece?
– Hacerle lo mismo que él me hizo a mí… lo mismo que él me hizo a mí… ¡Puta que erí habiloso voh Mati hueón! Ahí es donde se te nota que erí hijo mío, ¡Eso mismo voy a hacer! ¡Lo voy a ir a cagar bien cagao’ al culiao’! Llamaré al flaco Lucho ahora mismo y le diré que vayamos a robarle unas cuantas pilchas, ¡La mejor hueá que se te pudo haber ocurrido! ¡Ya, se armó!
– ¡Qué! ¿Robar? ¡Viejo, no! ¡Lo que quería decir era que pusieras un negocio al lado del suyo! ¡Que fueras su competencia, a ver si así te sentías compensado y la cortabas de una vez por todas!
– Lo siento Matías, mi plan ya está en marcha, y no hay vuelta atrás…
– ¿De qué plan me estái hablando viejo? ¡Si la hueá se te ocurrió recién hace 5 segundos!
– Mira, cacha lo que hago, ¿Ves? Le estoy enviando un mensaje al flaco Lucho dándole los detalles del atraco y… ¡Listo! Ya viene en camino, ¡Éste será el robo del siglo Matías! Entre los tres le haremos cagar el bolsillo a ese hueón, ya lo verás…
– ¿Entre los tres? ¡No, no, no! ¡No me metái en hueás, ni se te ocurra!
– Ya es muy tarde, Matías… ahora que conoces mis intenciones, no puedo dejar que te marches… somos cómplices, ¿Sabí? Ahora estamos juntos hasta el final, ¿O querí que te eche a la yuta acaso, por maricón? ¿Ah?

Bueno, igual no tenía nada más interesante que hacer aquella tarde, aunque la verdad es que me quedé más por curiosidad que por miedo a la amenaza mula que mi viejo me tiró enseñándome los chocleros de forma matonesca. El flaco Lucho llegó poco rato después, vestido entero de negro y con una capucha del mismo color.

– ¿Qué hueá flaco hueón? – Le preguntó mi viejo apenas lo vio entrar, apretándose la guata para contener su risa – ¿Por qué andái vestido así? ¿Te creí Power Ranger acaso?
– Puta compadre, si usted me dijo que viniera camuflado pue’… y no se ría tanto oiga, piense que yo hago esto por el aprecio que le tengo no más, y porque soy un convencido de que hay que robarle a los ricos para darle a los pobres, quienes, en este caso, vendíamos siendo nosotros, ¿O no Come Quesillo? ¿Qué decí voh?
– Puta don Lucho – le respondí – yo no me siento para nada cómodo con todo esto, tenía la esperanza de que usted le hiciera ver a mi papá que robar es malo, pero me parece que usted anda en las mismas…
– ¡Pero si la hueá fue idea tuya po Mati hueón! – Replicó mi viejo aleteando como loco – Eso le diré a los pacos si nos pillan, “mi hijo es la mente criminal detrás de esto”, y ahí verí voh cómo te las arreglái, por hueco.
– ¿Ah sí? ¡Y tienen todo pensado ya me imagino po! – Ataqué irónicamente – ¿Cómo piensan realizar el gran robo? Y mejor aún, ¿Cómo nos vamos a repartir el botín? ¿Ah? Explíquenme esa hueá primero, y después hablamos.
– Fácil po Mati hueón – respondió mi viejo – nos quedamos con una polera cada uno, y listo.
– Para… ¿Qué? ¿Una polera cada uno?
– Sí po, si eso vamos a entrar a robar, una polera por cabeza, ¿Qué te parece? ¡Se va a llegar a recagar ese hueón cuando no le cuadre la caja! ¡Jajaja, escucha mi risa maléfica, jajaja!
– Viejo, disculpa… no es por darte alitas ni nada de eso, pero… ¿Nos robaremos sólo tres poleras? ¿Nada más?
– ¿Y qué más querí Mati hueón? ¡Si cada una vale más de cinco lucas po! ¡Cualquier plata!
– Viejo… o sea… no es tanta plata que digamos….
– ¡Chucha! ¡No sabía que tenía un hijo que cagaba billetes! Pa voh será poco po, pero pa mí… puta, pa mí es una fortuna, con el sólo hecho de saber que le arrebato algo del bolsillo a ese Ramón culiao’, tal como él me arrebató mi fuente de ingresos hace tantos años atrás, me siento pagado.
– Está bien viejo, es mejor así, hagamos lo que tú quieras, si con eso te sientes mejor, yo te apoyo… Ahora, no más rodeos y explícanos tu plan.
– ¡Muy simple po Mati hueón, muy simple! – Respondió mientras sacaba una antigua pizarrita de mi pieza, la misma con la que mi vieja me enseñaba a multiplicar, y comenzó a dibujar un esquema con monitos de palito y unas flechas que no apuntaban a ninguna parte – Mi plan consiste en lo siguiente: ustedes dos vayan a sus casas y busquen la polera más roñosa y vieja que tengan, esa típica que usan para trapear o para limpiarse los mocos, yo haré lo mismo acá y, en una hora a partir de este momento, nos encontraremos en las afueras de la tienda del gancho Ramón, aunque no nos saludaremos ni nada de eso. Posteriormente, entraremos de a uno y haremos como que vamos a comprar algo: primero el flaco Lucho, luego yo y, por último, tú Matías. Lo que deben hacer es ir a la sección de poleras, buscar una que sea de su talla, y que obviamente sea del mismo color que la ordinariez que llevan puesta, luego ir a los probadores, quitarse la polera vieja, ponerse la nueva, no sin antes dejar la que está hecha mierda en el perchero recién desocupado, y salir de la tienda disimuladamente al encuentro de los demás, ¿Estamos claros?
– O sea, viejo… – dije para aclarar un poco la película – ¿La única hueá que tenemos que hacer es ponernos una polera vieja, entrar a la tienda, ir a los probadores y cambiarla por una nueva?
– Sí po, ¿Qué tiene?
– ¿Y eso es todo? ¿Ése es todo tu plan para vengarte del gancho Ramón?
– Sí Matías, sé que suena macabro, pero el hueón se lo merece, créeme que el hueón se lo buscó, no me juzgues, sé que el tiempo me dará la razón… ¿Y entonces camaradas? ¿Manos a la obra?

Qué más podía decir po, el plan era más hueón que la chucha, pero a mi viejo le tengo cariño, y si esto lo ayudaba a ser un poquito más feliz, puta… ¡Habría que hacerlo pues! Me fui a mi departamento en ese mismo instante, recogí una polera que usaba para trapear el baño, me la chanté aguantándome las ganas de vomitar y partí al local del gancho Ramón a cumplir con mi compromiso delictual. Debo reconocer que al principio no le tenía fe a este par de viejos rancios, pero, al llegar al lugar 10 minutos tarde, comprobé que ambos estaban parados en la esquina fumándose un pucho y luciendo felices unas radiantes poleras nuevecitas. “Viejos hueones”, pensé, “la hicieron, la hicieron bonita… ¡Y qué tanta hueá! Si ellos pudieron, yo también podré”, y sin más me metí a la tienda con la destreza de un ninja, me dirigí a la sección de varones y ¡Paf! De repente me atacó un miedo inexplicable, mis piernas comenzaron a tiritar como nunca y un sudor helado cubrió mi frente en un solo segundo, ¡Nunca había robado por la chucha, nunca lo había hecho y tampoco quería hacerlo! Pero ya era tarde para arrepentimientos, apuré el paso e, intentando no pensar en nada, tomé la primera polera del perchero, fui a los probadores, hice el cambio rápidamente y huí de la tienda con una sensación de adrenalina que no les sabría explicar… ¡Lo hice conchemimare! ¡Me atreví a desafiar al sistema, a robarle a los poderosos, a romper con todo lo establecido! Primero el gancho Ramón, mañana sería Ripley, París, Falabella, los haría caer a todos, esa sería mi nueva vida y así se lo haría saber a mi viejo y al flaco Lucho, quienes me esperaban aún de pie en la misma esquina donde los había visto anteriormente, mirándome sonrientes y saboreando el dulce gusto de la rebeldía.

– Bonita polera Mati hueón, ¿Te quedó buena? – Me preguntó mi viejo mirándome la nueva pinta.
– Sí papá, está impeque… media durita la tela eso sí, pero eso es lo de menos, de seguro así es la ropa de marca…
– Así que durita ah…
– Sí po viejo… ¿Qué onda? ¿Qué te pasa? ¿Por qué me mirái así?
– ¿Qué porqué te miro así? ¿En serio querí saber porqué te miro así? ¡Porque ésa es la polera vieja que traje yo po ahueonao’! ¡La que usaba pa limpiarme el quesillo después pajearme!
– ¿Ah?
– ¡No sabí na´ de la vida delictual voh Mati hueón, no sabí na’ de na´!

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