21 Nov

Capítulo 145: Claudita (parte 1)

Cuando tenía 10 años había sólo una cosa que me gustaba hacer: esperar a que mis viejos se fueran a trabajar, levantarme sigilosamente y, pese a sus constantes advertencias, arrancarme de la casa para ir a ver a la Claudita, la hija de la peluquera que atendía dos cuadras más allá, para darle a conocer mi amor sincero e inocente. Mi madre, aburrida de mi temprana rebeldía, cierto fin de semana cortó por lo sano y tomó una decisión radical: me escondió toda la ropa, e incluso las zapatillas, para que no se me ocurriera salir a ninguna parte. Igual la vieja no lo hizo de mala onda, e intentó compensarme dejando un montón de libros, revistas y juegos en mi velador, todo para que pasara una tarde lo más entretenida posible… Pero a mí eso me daba lo mismo, yo sólo quería ir a ver a la Claudita, decirle que me encantaban las trencitas que su madre le hacía cada mañana, y después invitarla a los columpios, para ver si allí, entre vuelito y vuelito, lograba robarle aunque fuese un besito, y con ese pensamiento en la mente me fui envalentonando de a poco… ¡A la chucha mi vieja! Ella no comprendía mi amor, ella no me dejaba volar con alas propias, ella no se ponía en la piel de un niño ilusionado, así que de puro picado fui hasta su pieza, le abrí su closet, le saqué un vestido floreado (lo primero que tenía a mano, en mi defensa), unos zapatos de taco alto, me chanté el vestido y los tacones sin ninguna vergüenza y partí a ver a mi enamorada caminando tal como si fuese una enana coja y con párkinson. Obviamente, la Claudita se cagó de la risa apenas me vio, su madre me trató de maricueca y, por culpa de mi vergüenza desmedida, no fui nunca más a verla.

Con el tiempo me enteré de que los padres de la Claudita se habían separado, su madre se la llevó a vivir a Temuco, y jamás retornó a la ciudad que la vio crecer… hasta ahora.

– ¿Matías? ¿Tú eres el Matías que vivía cerca de la peluquería de mi mamá?
– ¡Claudita! ¡No lo puedo creer! Cuando me llegó tu solicitud de amistad me meé entero, te lo juro, ¡Qué raro estar chateando contigo! Después de tanto tiempo, sobre todo después de…
– ¿Cierto que sí? Es como raro, pero rico a la vez… ¿Y cómo está tu familia? ¿Todos bien? ¿Tu madre, cómo le ha ido? ¡Tan linda ella! ¿Y tu papá? ¡Tan caballero que era ese señor, tan respetuoso, tan educado! ¿Qué es de él?
– ¿Mi papá? Ehhh… ha cambiado un poco, ¡Pero está bien, sí, está bien!
– ¡Qué bueno! Cuando nos juntemos me invitas a saludarlos pues.
– ¿Cómo? ¿Cuando nos juntemos?
– ¡Ay sí, qué tonta! Olvidé decirte que me vine a vivir a Santiago… encontré pega acá hace poco, y bueno…
– ¡Oh, qué bacán! Ya po, veámonos, ¿Cuándo tienes libre?
– Hoy mismo… ¿Qué te parece? Vienes a mi departamento… cocinamos algo… nos tomamos unos traguitos y bueno… después… que pase lo que tenga que pasar pues…
– ¡Ya, dale, sí, sí, me tinca, dale!
– ¡Qué entusiasta! Así me gusta… ¡Ah, y Mati!
– Sí, dime.
– No te rías… ¡Ni tampoco me encuentres atrevida! Pero… desde que estoy acá… tengo sólo una fantasía en mente…
– ¡Sí, dale, cuenta, cuenta!
– Trae un vestido floreado, para que te lo pongas…
– ¿Ah?
– Eso mismo… y tacones… no te olvides de los tacones…

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