09 May

Capítulo 15: La boleta.

– Aló Mati, soy yo.
– ¿Papá? ¿Qué hueá?
– Necesito que me vengas a buscar. Escúchame atentamente: estoy detrás del kiosko de la señora Pepa, así que toma un radiotaxi y ven lo más rápido que puedas, ¿Entendiste?
– ¿Qué onda? ¿Qué te pasó? ¿Andái curao?
– ¡Cómo se te ocurre Mati hueón! ¡Son las 3 de la tarde! ¿Qué imagen tienes de mí?
– Si no me explicas qué quieres, no iré, ¿Por qué debería hacerlo? ¿No puedes caminar acaso? ¿Andas escondiéndote de alguien?
– Ni lo uno ni lo otro, sino que todo lo contrario.
– Habla.
– Ya Mati hueón, te contaré, pero prométeme que vendrás.
– Te prometo que lo pensaré. Ahora cuenta.
– Pasa que me llamó el flaco Lucho para decirme que había traído a una cabra nueva al clandestino. Según él, se adaptaba perfectamente a mis gustos: morena, rellenita y buena para sudar.
– ¿Cómo? ¿Sudaba harto? ¿A quién le puede gustar eso?
– Sabes que me gusta lo salado, ¿No te has fijado que cuando como papas fritas primero las chupo y luego me las trago? Bueno, con las putas que transpiran como chanchos hago lo mismo, cosa de gustos no más.
– Intenta continuar sin tantos detalles, por favor…
– El punto es que cada vez que voy a pisar con alguna camboyana que llega donde el flaco Lucho, primero paso por la farmacia del chico Maicol para que me dé una manito…
– ¿Viagra?
– Obvio, Viagra. Pero lo hago a veces no más ah, que quede claro, no es que no me la pueda, yo soy bien hombrecito para mis cosas… El punto es que le pido la pastilla al chico Maicol, pago, me da el vuelto y, como siempre, me trae un vasito con agua para tomarme la pastilla ahí mismo.
– ¿Ahí mismo?
– Pero claro, en esta vida hay que optimizar. El viagra se demora una media hora en hacer efecto, así que me queda el tiempo preciso para caminar las cuadras que restan para llegar donde el flaco Lucho, presentarme con la cabra, lavarme las berenjenas y empezar a taladrarla.
– Y bueno, ¿Te tomaste la pastilla?
– Sí po, saco la pastilla de su envase, el chico Maicol me pasa el agua, me tomo la hueaita, le devuelvo el vaso, le digo gracias, y en eso aparecen dos funcionarios de Impuestos Internos a fiscalizar al chico Maicol, un hueón y una mina… igual rica la mina.
– Ya… ¿Y?
– Nada po, me preguntan si compré ahí, les digo que sí, me preguntan qué compré, y puta, me dio vergüenza decirles, así que me empecé a poner rojo, y al mismo tiempo ellos se empezaron a poner más catetes, que dónde está la boleta, y la boleta y la hueá, ¡Y ese chico Maicol nunca ha dado boleta po! Pero yo tampoco iba a echarlo al agua…
– ¿Y por eso te fuiste a esconder detrás del kiosko de la señora Pepa?
– No, nada que ver, me empecé a agarrar con el hueón, le dije que no tenía derecho de meterse en la privacidad del cliente, y después me puse a reclamarle lo mismo a la mina, y no me doy ni cuenta que, mientras me iba agitando, al mismo tiempo se me iba parando la corneta.
– ¿Ah?
– Eso po Mati hueón, se me empezó a parar la diuca, la mina de Impuestos Internos seguía hueviando con lo de la boleta, cuando de pronto se queda callada, abre los ojos así bien grandes, y se pone a gritar “¡Cochino, degenerado, viejo caliente!”. Ahí miré para abajo y caché la media carpa.
– Puta que erí rancio viejo…
– No si soy inocente, la pastilla culiá tuvo la culpa. El punto es que le dije a la mina que aprovechara el vuelo que se estaba pegando con tanto grito y que me hiciera bajar la hinchazón del arrollado de venas, porque a esta edad no puedo andar desaprovechando los momentos en los cuales la diuca se me pone como un fierro.
– ¿Y ahí tuviste que salir arrancando?
– Ahí tuve que salir arrancando. Su colega, que me tinca que se la comía, se abalanzó sobre mí para sacarme la chucha y, como yo le hice el quite, el hueón le pegó al vaso con agua que estaba sobre el mesón… con el mismo líquido se tropezó y se sacó la cresta, sumándole la mala cuea´ de que, justo cuando iba cayendo y gritando con la boca abierta, le pegué un estacazo con la penca en todo el hocico, ¡Casi le vuelo un diente de un pichulazo! La mina sacó el celular para llamar a los pacos, y no me quedó otra que salir corriendo con las patas abiertas y con el tremendo tronco entre medio. Así que aquí estoy. No puedo ni caminar, porque capaz que me lleven preso por andar luciendo la herramienta a plena luz del día.
– Creo que me convenciste, pero sólo porque me diste pena. Voy saliendo, ¿Qué quieres que te lleve? ¿Un chaleco para taparte? ¿Calzoncillos? ¿Hielo?
– Sólo apúrate… cuando estés frente al kiosko de la señora Pepa dile al taxista que dé un bocinazo y correré a subirme, después sólo tendrá que andar un par de cuadras para llegar donde el flaco Lucho.
– Espera, ¿Aún tienes ánimo de ir donde el flaco Lucho, después de todo lo que te pasó?
– ¡Y qué quieres que haga Mati hueón! ¡Si se me paró tanto la corneta que apenas me queda cuerito para cerrar los ojos! Desaprovechar una erección debería ser considerado pecado, así que a ver a la negra sudorosa se ha dicho.
– ¿Y si se aburrió de esperarte y se fue? ¿O si perdiste tu turno y está tirando con otro? ¿No has pensado en eso?
– Bueno, si es así no me quedará otra que ir donde tu mamá, curarla y hacer lo mejor que sabemos hacer. Tú tendrías que distraer al Pato eso sí.
– Te dije que no me prestaría para eso nunca más.
– Matías…
– ¿Sí?
– Puta que eres mal hijo hueón.

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