29 Nov

Capítulo 150: El que no salta es Pinochet

– El concierto comenzaba a las 9, y si bien el escenario estaba preparado y la luminaria apuntaba con toda su potencia hacia el micrófono principal, ningún artista se hacía presente aún para recibir los aplausos de un público cada segundo más ansioso. 10, 20, 30 minutos pasaron, y nada. De pronto, los gritos de euforia se transformaron en pifias, y luego, al ver que la rabia no era la solución, la multitud comenzó a entonar los clásicos cánticos de hueveo que nacen en momentos así. Como soy malo para seguir a la manada, me limité a observar sonriente como la gente se entretenía recordando las típicas melodías que suenan en las marchas, también lanzaron un par de “ce hache is” e, incluso, hasta el himno nacional entonaron con la mano en el corazón, pero mi tranquilidad se acabó súbitamente cuando a alguien se le ocurrió vociferar, inocentemente, el cántico que lo cambió todo, los versos que me cagaron la vida, la melodía maldita que hasta el día de hoy no puedo borrar de mi cabeza: “¡El que no salta es Pinochet! ¡El que no salta es Pinochet! ¡El que no salta es Pinochet!”. Tal como si fuese una orden divina, todo el mundo comenzó a saltar y a cantar de manera desaforada y yo, para no ser mala onda, tarareé la pegajosa letra desde mi puesto, pero sin siquiera tener la intención de ponerme saltar. “Oye”, me dijo un hippie que rebotaba como loco a mi lado, “¡Tení que saltar hermano, salta! Si no saltái, eso quiere decir que erí Pinochet, ¿Cachái? ¡El que no salta es Pinochet! ¡El que no salta es Pinochet! ¡El que no salta es Pinochet!”. “No puedo amigo”, le dije conservando mi pasividad, “me tomé unas piscolas demás antes de venir… si salto, vomito”. El hippie me miró con cierto desprecio, “como quieras”, me dijo alejándose de mí, “es tú vida… pero después no digas que no te lo advertí”. Hueón latero, pensé, aunque no alcancé a responderle nada porque, apenas abrí la boca, un hedor a azufre salió expulsado desde mi interior. Conchemimadre, qué desagradable, ¿Qué mierda comí? ¿Tomé tanto que me estoy pudriendo por dentro? Intenté llevarme las manos al rostro para comprobar mi aliento nuevamente, pero con terror descubrí que mis manos ya no eran mis manos, ¡No! Eras las manos de un anciano decrépito, estaban arrugadas, plagadas de manchas y, lo que es peor, cubiertas de sangre. “¡No, hueón no, no puede ser!”, grité mientras sacaba mi celular y hacía click en el ícono de la cámara fotográfica, aunque nadie me escuchó, todos seguían enajenados cantando “¡El que no salta es Pinochet! ¡El que no salta es Pinochet! ¡El que no salta es Pinochet!”, Así que me limité a seguir con mi plan: puse mi celular frente a mí, me tomé una foto, giré con miedo la pantalla hacia mi rostro y comprobé que mis peores pronósticos eran ciertos: por no saltar, me había convertido en Pinochet…
– ¡Chucha Mati, qué brígido! – Me dijo la chica con la que salí la noche anterior – ¿Y qué onda? ¿Qué más pasó?
– Na’ po, me dio la rabia con los locos que cantaban, si después de todo la culpa era de ellos, así que me pitié a unos cuantos y, puta, después desperté po’.
– Oh, sueño culiao’… pero menos mal que fue sólo eso, un sueño… ¿O no?
– Sí, obvio… aunque la verdad no todo fue color de rosas porque, y esto no se lo digas a nadie, al abrir los ojos y levantarme gritando… descubrí que me había meado…
– ¿La dura?
– Sí, me meé entero, tenía orina hasta en el pelo… así que cuático po, pese a que desperté y la pesadilla se había acabado, me traje una parte de la personalidad de ese viejo culiao a este mundo… y desde ese sueño, me meo en la cama casi todas las noches… la dura, casi todas las noches…
– Mati… ¿No te estarás justificando? Sé que yo fui buena onda al invitarte a dormir conmigo, pese a todo lo que tomaste, ¿Por qué no eres igual de buena onda y reconoces que me measte la cama de borracho culiao’ no más? No la sigái cagando, si la hueá ya pasó.
– Bueno, está bien, está bien… te mee la cama de borracho culiao, perdón…
– ¿Viste? No era tan difícil… ¡Tan bueno pa’ inventar hueás que erí! Ya, llévate las sábanas pa’ tu casa hueón, me las lavái y me las traes en la semana, mira que fueron regalo de mi abuelita y no las quiero botar, ¿Estamos?
– Sí, estamos…
– Mírenlo… General Pinochet se creía el culiao…
– Igual no más que te metí la dictadura por el Chicago Boy, no la dictablanda, la dictadura… – dije balbuceando a volumen casi inaudible.
– ¿Perdón? ¿Qué me dijiste?
– Nada, no, nada…

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