06 Dic

Capítulo 152: La agonía de don Aureliano

Don Aureliano, el papá de mi papá, vivió una larga agonía antes de estirar la chala en su destartalada cama matrimonial, por allá por el lejano año 2000. En aquella época, yo recién venía escapando de una patética edad del pavo y, a sabiendas de que al pobre viejo le quedaba poco tiempo de vida, saqué a flote mi lado caritativo y me ofrecí para ayudar en lo que fuese necesario para hacer su agonía un poco más llevadera:

– Viejo – le dije a mi taita mientras me ponía la mano en el corazón – sé que nunca he sido muy apegado a don Aureliano, no lo voy a ver jamás y puta… ahora que está pa’ la corneta, estoy arrepentido de haberme alejado tanto de él y quiero puro ayudarlo…
– Perdón, ¿De quién estamos hablando?
– ¡De don Aureliano po viejo!
– ¿Aure qué?
– ¡Don Aureliano!
– Ehhh…
– ¡Tu papá!
– ¡Ahhh, mi papá! ¡Di esa hueá antes po Mati hueón! ¿Quién trata a su propio padre por su nombre real? ¡Nadie po, los puros pernos! Yo le decía “viejo” no más, así de corta.
– La hueá es que quiero darle una mano a ustedes como familia, a tus hermanas, a mi abuelita, y ofrecer mis servicios pa’ lo que sea, ¡Lo que sea! Si hay que cocinarle algo al abuelo, ahí estaré; si quiere que le compren alguna cosita, correré para él; si necesita que le hagan la cama, cuenten conmigo, y si alguien tiene que acompañarlo al hospital para sus controles, encantado lo haré.
– ¡Puta que erí buen hijo Mati hueón! Nunca te tuve fe, y recién ahora me vengo a dar cuenta de que tan penca, tan tan penca, no erí na’ parece…
– Lo sé viejo, lo sé, pero ahora estamos hablando de mi tata, ¡Sangre de mi sangre, el hombre que te dio la vida! Y por lo mismo quiero conocerlo más a fondo y escuchar de su vida antes de que… puta… antes de que pase lo inevitable po viejo.
– ¡Qué bueno que lo digas Mati hueón! Tus palabras me caen como anillo al dedo, no sabes lo oportuno que resulta ser tu ofrecimiento ahora mismo.
– ¿En serio viejo? ¿Y eso porqué?
– Porque justamente necesitamos a alguien que ayude a mi taita a mudarse… Hemos buscado al indicado por días, pero nadie tiene el tiempo ni la paciencia que tú, un cabro joven y entusiasta, ha demostrado tener ahora.
– ¿A mudarse? ¿Qué hueá? ¿Se va a cambiar de casa? ¿Ahora, y en ese estado?
– No po, no seái tonto, ¡A mudarse hueón, a cambiarse los pañales! Está todo cagao’ el viejo y no hay quién quiera limpiarle la mierda… ¿Y entonces? ¿En qué quedamos? ¿A qué hora le aviso que llegarás?

Lamentablemente, nunca pude conocer a fondo a mi abuelito… esa misma mañana falleció, y ni siquiera me alcancé a despedir… Qué alivio más grande hueón, qué alivio más grande…

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