17 Dic

Capítulo 155: Farmacia Labra

Conocí a la Pame cuando ambos cursábamos sexto básico, pero recién le puse atención a su existencia cuando pasamos a la enseñanza media. La Pame era de esas personas a las cuales les puede pasar un camión encima y no se dan cuenta; no se perturbaba con nada y, según los que compartíamos con ella a diario, parecía no percatarse de lo que pasaba en la realidad… bueno, en este caso ese camión se llamaba “pubertad”, y la carga que le dejó fue un cuerpazo que te dejaba tieso con tan solo mirarlo. En palabras simples: la Pame, la misma Pame a la que nadie le ponía atención por ser demasiado piola, se convirtió de la noche a la mañana en la mina más rica del colegio… y no se dio ni cuenta…

Aprovechándome un poco de la situación, comencé a acercarme confianzudamente a esta compañerita, siendo que antes con cuea’ la saludaba, y me gané su amistad fácilmente. Ahí descubrí que la Pame no era más que un nuevo cuerpo bonito, sino que, además, tenía una personalidad muy similar a la mía, éramos algo así como almas gemelas, y puta… para ser sincero, a esa edad me importó un pico todo eso, sólo me preocupaba de mirarle el poto cuando se daba vuelta y sapearle el escote cuando se inclinaba. Con el tiempo, y sin saber bien cómo, la Pame comenzó a mostrar cierto interés en mí, y yo, hueón y todo, agarré papa y la invité a mi casa apenas caché que me quedaría solo un fin de semana completo. De ahí en adelante todo salió acorde a lo planeado: la Pame tan pajarona no era, yo me saqué de una buena vez las ganas de recorrerla entera, y toda nuestra complicidad se tradujo en que descubrimos que no era tan tonta la idea de comenzar una relación en ese mismo momento, ¿Y por qué no? Nos gustaba pasar tiempo juntos, yo la encontraba rica, ella me encontraba simpático, ambos éramos solteros y estábamos a punto de afilar por primera vez… ¡Se dijo y se hizo! Le pedí pololeo, me dijo que bueno, me dijo sí al tiro y, para celebrar, comenzaríamos nuestra pequeña luna de miel pegándonos nuestro tan esperado (por mí, más que nada) primer polvo.

– ¡Oh conchesumare, me encantái por la chucha, me encantái! – Le dije intentando ser romántico.
– Pero Mati, llevái horas agarrándome el poto, ¿Vamos a… hacerlo, o no?
– ¡Sí, sí, perdón! Es que estoy emocionado, ponte en mi lugar, uno no tira con una persona que parece modelo todos los días…
– Puta, no sé, no he probado lo que se siente, ¡Pero filo! Saca un condón luego y dejémonos de rodeos.
– Ya… un condón… ya…
– No me digas que no fuiste a comprar antes de que yo llegara…
– Ehhh….
– ¡Pero Mati! Estabas solo en la casa, yo venía a quedarme, ¿No era obvio lo que iba a pasar?
– ¡No me retes! Si fui a la farmacia y entré en ella con toda la intención de comprar condones, si ése no es el problema…
– ¿Y entonces? ¿Cuál es el problema?
– Es que me dio vergüenza…
– ¡Puta el hueón! Ya Matías, es ahora o nunca: o vas a comprar condones lo más cerca posible, o nos vamos a tener que quedar con las ganas no más po, ¿Qué decí?

No la pensé dos veces: esperé a que se me bajara la corneta, pesqué un par de billetes y partí volando a la farmacia del chico Maicol… pero al parecer la suerte aquella tarde no me acompañaba del todo, porque pillé la hueá clausurada por sanidad. Filo, pensé, hay otras dos farmacias a pocas cuadras de distancia, y si corro lograré encontrarlas abiertas antes de que sea más tarde… ¿El resultado? En la primera no vendían condones (la vieja era opus dei y le hacía asco a todo lo relacionado con la pichula) y en la segunda se habían agotado (quedaba justo al lado de un motel… era comprensible). Como no me podía rendir tan fácilmente, tomé una micro en el primer paradero que pillé y me fui mirando por la ventana hasta que, a varios kilómetros de mi casa, vi una pequeña farmacia de barrio aún abierta. Me bajé de la micro, me metí a la botica, pregunté por el precio de los condones y, al descubrir que estaban extremadamente baratos, compré un puñado de todos los tamaños, sabores y texturas posibles. Pagué lo que tenía que pagar, me guardé los forritos en un bolsillo, la boleta en el otro, tomé una micro de vuelta y llegué a la casa listo para ponerla.

– ¡Ya Pamelita, sácate esas hueás de pantalones al tiro no más, no podemos perder más tiempo!
– Ven Mati hueón, no doy más, no sabes cuánto esperé este momento – me respondió agitada, mientras se quitaba toda la ropa y dejaba al descubierto el mejor cuerpo que he visto en mi vida – ¿Trajiste los condones, cierto? ¿No me tienes ninguna mala noticia supongo?
– ¡No pue Pamelita! Acá están, mira, ya nada malo puede pasar – respondí mientras me metía la mano al bolsillo, con la mala cuea que, en lugar de sacar un condón, salió volando la boleta de la compra, cayendo ésta en la cama justo al lado de donde la Pamelita estaba acostada.
– Ma… Matías, ¿Dónde fuiste?
– A la farmacia pues Pamelita – le dije mientras me terminaba de empelotar.
– ¡Si sé que fuiste a la farmacia! ¡Te pregunto a qué farmacia fuiste, a cómo se llamaba!
– Puta, no sé, no me acuerdo, quedaba a la chucha… pero ahí en la boleta dice po, ¿Qué tiene?
– Hueón, ¿Fuiste a la chucha a comprar condones? ¿Acaso no tení farmacias por acá cerca?
– Sí, obvio que sí po Pamelita, pero todas estaban cerradas, por lo mismo, por nuestro amor, tomé una micro y fui a la farmacia… a ver cómo dice la boleta que se llama, préstamela un poquito… a la “Farmacia Labra”, ¿Cachái? ¡Ja! Qué casualidad, “Farmacia Labra”, igual que tu apellido, Labra, jajaja, ¿Qué onda? ¿Por qué esa cara? No me digái que… puta la hueá…

Al final no la puse… la Pamelita sólo me quería para una relación seria y estable y, después de lo que pasó, según ella, no tenía cara para llevarme a su casa y presentarme formalmente a su familia, ¡Ni menos a su papá! Aquel tosco caballero que me había atendido hace poco y que me entregó en la mano un montón de condones después de que yo le contara que estaba “con una compañerita que se gastaba la tremenda raja y que me quería puro culiar”.

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