25 Dic

Capítulo 158: Mala volá’

Mi relación con las drogas es pésima, patética y olvidable. Desde el primer pito que me fumé – junto a mi profesor de filosofía – hasta la última lámina de no sé qué que me tiré – junto a una ex con instintos autodestructivos -, mis voladas no han sido más que experiencias horrorosas, acompañadas por delirios de persecución injustificados y bajones de hambre que me han llevado, en ocasiones, a comer arroz directamente desde el paquete, o a tragarme salchichas crudas con mermelada de mora, como pa’ mitigar un poco el mal sabor. Sin embargo, mi patetismo tocó fondo la noche en la cual me fumé un porro en extremo potente, luego de haberme tomado una botella de ron dorado de gusto asqueroso, y comencé a sentir algo extraño que recorría desde mis brazos hasta la punta de mis uñas… y aquí es donde viene lo tirado de las mechas: de un segundo a otro, vi como me creció un sexto dedo en cada mano, justo debajo de mis pulgares, con movimientos independientes y perfectamente armoniosos con el resto de sus pares. Puse mis manos varios minutos frente a mis ojos y, tiritando, comencé a contar “un, dos, tres, cuatro, cinco, seis… un, dos, tres, cuatro, cinco, seis”, hasta que me convencí de que no estaba loco y que mi alucinación era una realidad. “Me drogué tanto que me creció un dedo extra en cada mano”, fue mi conclusión científica y perfectamente lógica en ese momento, y “me van a cachar en la casa, me verán el dedo extra y descubrirán que me andaba volando como chancho… ¡Me lo tengo que cortar”, fue la solución más obvia que se me ocurrió… Y la hubiese llevado a cabo de no haber sido por mi viejo, quien desayunaba una pilsen en la cocina justo cuando entré mentalizado a tomar el más filoso de los cuchillos, y que me dijo “¿Qué hueá Mati hueón? ¿Vení recién llegando? ¡Anda acostarte mierda, tení los ojos como un piure!”, Como si hubiese sabido que con esa parada de carro me salvaría de una mutilación inminente.

Mis amigos más marihuaneros, preocupados por mi incapacidad para acompañarlos y tener temas en común con ellos, me la plantaron clarita: “Mati, lo que pasa es que voh mezclái todo con copete, y puta… ¡Al parecer no te la podí po! Así que vamos a parar la hueaita, ha llegado el momento en el cual deberás tomar la decisión más importante de tu vida: o te volái, o te curái, ¿Qué eliges?”. No la pensé dos veces: mi amor por la piscola es sólo comparable con el amor que siente una madre por su hijo recién nacido, por lo mismo le dije chao a la vida yonki para siempre y me preparé sicológicamente para gastar mis codos en todos los mesones.

Por su parte, mi viejo siempre ha sentido una especie de simpatía por las drogas, siendo que en realidad no sabe nada de ellas y tiene reacciones iguales o peores que las mías luego de consumirlas. Demás está decir que jura de guata que las gotitas son una droga revolucionaria llamada “Wladimir”, ideal para volarse por los ojos, y que un par de veces se ha pegado sus pipazos de pasta jurando que en sus manos tiene el mejor de los cogollos. Por lo mismo, y pensando que el pobre tipo ya está viejito y quiere vivir a concho su segundo aire, decidí regalarle una bolsa repleta de marihuana de alta calidad, de esa con nombre de liceo municipal y un buqué que se siente a cuadras de distancia. El viejo me agradeció el presente al borde de las lágrimas, me pidió que lo acompañara comprar pilsens un poco de comida en conserva (lo cual, por supuesto, debí pagar yo) y luego me despachó rápidamente, aludiendo que se encerraría a pitear solo viendo el Chavo del 8, hasta que la bolsa quedara completamente vacía.

Lo que no pude presagiar, pese a las múltiples señales que la misma experiencia me fue dando, es que esto de las “malas volás” es algo heredable, y que si yo no era capaz de tolerar la marihuana sin irme a la chucha, mi viejo, que está mil veces más carreteado y con la sopaipa más pasá’, menos.

– Aló… Mati… Mati hueón… ven rápido… ayuda… ayuda…
– ¿Papá? Papá, te escucho súper bajo, ¿Qué onda? ¿Qué te pasó?
– Mati… ¿Qué hueá me diste Mati? Voh me querí matar… voh me querí matar… ven al tiro pa acá mierda… ven corriendo… y trae un parche curita…
– ¿Un parche curita? Pero viejo, ¿Qué pasa? ¿Te sacaste la chucha? ¡Habla, dime algo, ya me estái asustando!
– ¿Qué más me iba a pasar Mati hueón? ¡Tu cagá de marihuana que me hizo mal po! No habían pasado ni 5 minutos desde que me terminé la bolsa cuando me dieron ganas de mear, así fui al patio, me bajé los pantalones, me voy a agarrar el muñeco, ¿Y qué veo? ¡Dos cornetas Mati hueón, dos cornetas! ¡Me creció una corneta extra justo al lado de la otra! ¡Igual de bonita, igual de gordita!
– ¡Puta viejo! ¡Y no me digái que te la cortaste!
– ¡Sí po hueón, obvio que me la corté! ¿Qué queríai que hiciera con dos tulas? ¿Que afilara y que me aplicara un candado chino al mismo tiempo? ¿Ah?
– Pero papá…
– No, si eso es lo de menos, el problema es que ahora se me está pasando la volá… ¡Y no sé si me corté la presa real, o la que aluciné!
– ¡Mierda!
– Así que ven luego Mati hueón… apúrate… ¡Y si salgo libre de ésta, juro que no me vuelvo a volar nunca más! ¡Lo juro! ¡Dejaré las drogas para siempre!
– ¡Si viejo, está bien, me parece la raja! Pero ahora quédate tranquilo, todo saldrá bien, te lo juro, todo saldrá bien.
– Y Mati…
– Sí viejo, dime…
– Tráete otro poco de marihuana, por si las moscas…
– ¿Ah? Pero viejo…
– ¿Qué tiene? Es que dicen que hace bien pa’ la angustia, ¡Y yo puta que estoy angustiao’ ahora hueón, puta que estoy angustiao’!

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