09 May

Capítulo 16: El viaje a Puerto Varas.

Verano del 2003. Creo. Los breves meses de transición entre la época liceana y los años universitarios. Cualquier joven hubiese estado ansioso, nervioso, preparándose todo el verano para la vida nueva, comprando cuadernitos con tapas creativas, ropa para sorprender el primer día de clases o dejándose crecer un poco de barba para no parecer pendejo ante los ojos de las minas más grandes. Pero yo no, era febrero y aún no sabía qué quería estudiar. A mi vieja la tenía chata, recién estaba formalizando su pololeo con el tío Pato y tenía a un pendejo depresivo encerrado en la casa sin querer salir, así que cortó por lo sano y le prestó su auto a mi viejo para que me sacara a vacacionar. En aquella época mi papá ya era rancio – bastante rancio, me atrevería a decir – pero nada comparado a cómo es ahora. El viejo pidió permiso en la pega, cargó el auto con una nevera llena de Baltilocas y sánguches de ave-pimentón, y partimos. Me comentó que tenía una amiga en el sur, que llegaríamos a su casa en Puerto Varas, así que ahorraríamos un montón de plata, “tu vieja me pasó unas lucas para arrendar una cabaña por varios días”, me dijo, “así que tú dile que, justamente, en eso gastamos todo. A cambio de tu mentirita piadosa yo te compraré lo que quieras”. Nada de hueón mi viejo, yo en aquella época con cuea´ pedía una bebida, y sería.

Como andaba taimado, me pasé la mayoría del viaje escuchando música y leyendo. Mejor para mi viejo, así podía jotearse tranquilo a la decena de mochileras que echó arriba del auto sentadas en el asiento del copiloto (a mí me mandó cagando para atrás a la primera). “No me la comí porque andaba muy hedionda”, me decía cuando no lo pescaban, pero en realidad mi taita llevaba un tufo a pilsen que ni la más caliente de las mochileras hubiese soportado. Así seguimos por días hasta que, en cierto atardecer, entramos a Puerto Varas. Aún no llegábamos a la zona netamente urbana, pero desde ya aquel paisaje sureño me parecía cautivante. Era poca la gente que se veía, cuando de pronto, bajo un poste de luz que separaba la calle de unos arbustos, divisamos dos siluetas enormes, que lucían al viento unas largas cabelleras rubias. Mi viejo detuvo el auto a pocos metros del lugar.

– ¡Mati hueón! ¡Mira, mira! – Me dijo sacándome los audífonos de un manotazo.
– Viejo, ¿Qué hueá?
– ¡Mira, alemanas hueón, alemanas! ¡Las minas más ricas del mundo!
– Viejo, no inventí hueás, ¿De dónde sacaste que son alemanas?
– Me extraña Mati, ¿Acaso no te enseñan nada en el liceo? Puerto Varas está lleno de alemanas, ¡Lleno! No sé porqué, parece que venden miel o algo así, el punto es que hoy me como a una alemana sí o sí.
– Viejo, te recuerdo que tenemos que llegar donde tu amiga…
– ¿Qué amiga?
– Tu amiga po viejo, me dijiste que tenías una amiga en Puerto Varas y que nos quedaríamos donde ella.
– ¡Ah! No si ni la conozco, hablamos sólo un par de veces por Latinchat, hasta tuvimos sexo virtual… aunque a ratos pienso que es un hueón haciéndose pasar por mina, quién sabe, hay cada degenerado en el mundo.
– Puta viejo que la cagái, ¿Qué vamos a hacer entonces?
– Primero, ir por esas alemanas. Luego nos preocuparemos de los demás detalles.
– Papá… con todo respeto… ¿Podí mirar bien a tus “alemanas”?
– ¿Qué? ¿Qué tienen?
– Papá, son travestis, es obvio. Son putos con pelucas rubias.
– ¡Ahí la cagaste Mati hueón! ¿Cómo no vas a saber reconocer entre un hombre y una mujer?
– Viejo, ¡Tienen el medio paquete! ¡La de la izquierda se está rascando un coco! ¡Mira!
– Le debe picar un labio, o puede que se esté acomodando la toallita… mal hablado.
– ¡Pero si hasta un poco de barba tienen po viejo!
– ¡Así son las europeas Mati hueón ignorante! Ya, si querí afilar vení, y si querí ser hueco como tu tío Pato te quedái en el auto, corta.

Mi viejo se bajó, dio un portazo para hacerse el choro y partió donde sus supuestas alemanas. Conversó con la más alta un momento, y ésta lo tomó de la mano y se lo llevó hacia los arbustos que estaban pocos metros más allá. La otra se quedó tranquila, de pie, fumando un cigarro tras otro. 10, 20, 30 minutos pasaron, y apareció mi viejo con cara de triunfo, metiéndose la camisa dentro del pantalón, subiéndose el cierre e intentando peinarse el poco pelo que le iba quedando. Se subió al auto sonriendo, pasado a colonia Coral mezclada con sudor, y me dice:

– Mati…
– ¿Qué?
– Sí, eran travestis.

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