08 Ene

Capítulo 163: Gorriao’

No sé si será un motivo de orgullo esto, pero provengo de un linaje de destacados y reconocidos gorriaos’: nacimos con nuca de fierro y moriremos con los cuernos puestos, ¡Y a mucha honra! Es como si viniéramos al mundo con un letrero que dice “¡Cágame!” Sobre nuestras frentes, y así nos acostumbramos a vivir, o, mejor dicho, así creímos que debíamos vivir… hasta que un buen día me rebelé y grité a los cuatro vientos: ¡No más conchetumare! ¡No más humillación, no más deshonras, no más gritos de “gorriao’” por las calles! Y ésta es la historia de ese día… ésta es la historia de cómo le di una bofetada a mi destino y renuncié a las pérfidas para siempre.

Ana era el nombre de la susodicha, y el engaño era su mayor especialidad. Ana estudiaba audiovisual, y nos pusimos a pololear luego de que un amigo en común nos presentara asegurándonos que éramos tal para cual. Y la verdad es que el loco tenía razón… en parte… con la Ana escuchábamos la misma música, nos gustaban los mismos autores, tomábamos los mismos copetes y frecuentábamos los mismos bares. Sí, muy parecidos a primera vista, pero existía entre nosotros una gran diferencia: yo era un poco introvertido, y ella… bueno, ella con dos piscolas en el cuerpo se comía a quien se le pusiera al frente.

Al principio no me hice atados – como siempre –, asumí que éramos jóvenes, alocados, y que eso de la monogamia no se aplicaba entre nosotros… aunque bueno, en realidad sólo ella agarraba con más personas, mientras yo me mantenía fiel a su amor como un perro. Pero eso me daba igual, estaba feliz con la Anita y, por lo mismo, no se me pasaba ni siquiera por la mente la posibilidad de engañarla, pero la paciencia de todo ser humano tiene su límite, y la mía se agotó cuando a la Ana le dio por atracar con hueones frente a mí, durante nuestras citas, y después yéndose con ellos siendo que en realidad había salido conmigo, dejándome totalmente tirado, solo, triste y gorriao’. Fue entonces cuando me puse los pantalones, golpeé su puerta con firmeza y le tiré toda mi carrocería encima.

– Ya po Anita, por favor, por favorcito, no me caguí tanto, que me da penita ¿Puede ser? ¿Por favor?
– Puta Mati – me respondió con cara de aburrimiento – tú cachái que la fidelidad no es lo mío po. Además, yo sólo le seré fiel al hombre con el que me case, y los dos sabemos que lo nuestro es pasajero. Sí, lo pasamos la raja, conversamos harto, pero eso no durará mucho, todo se agota, ¿Lo sabes, cierto?
– Sí, obvio, si estoy de acuerdo con eso… Pero igual es fome que me pidái que te invite a discos caras, que me hagái pagar todo y que, apenas entremos a la pista de baile, empecí a jotearte al primer hueón que se te pone al frente y te vayái a encerrar al baño con él po, ¿O no?
– ¿Eso es todo lo que te importa Mati? ¿La plata? ¿Lo que gastas en mí? Qué feo…
– No se trata de eso Anita, sólo digo que no podí huevearme tanto po, no podí jugar de esa forma conmigo, está bien que me caguí a mis espaldas, pero no lo hagái frente a mis ojos, que igual es penca.
– ¿Y qué propones entonces? ¿Tienes alguna idea, o sólo viniste a patalear?
– No, mira, te propongo lo siguiente: hagamos una especie de trato, un reglamento que diga bajo qué circunstancias podemos ser infieles, y bajo qué circunstancias no podemos serlo. Por ejemplo: te pido que no me engañes más, a menos que valga realmente la pena, ¿Cachái?
– Ya, ya, está bien… y yo pido poder engañarte bajo cualquier circunstancia, si el hombre en cuestión es un famoso.
– ¿Cómo es eso?
– Fácil po: que si voy a un carrete y me topo con Brad Pitt, es obvio que te voy a cagar, no me importa nada, y eso ni lo dudes.
– Está bien, te la cedo… pero a cambio, no quiero que afiles con nadie más…
– ¡Qué!
– Obvio po, ¿Te imaginái me pego alguna hueá? No, no me quiero arriesgar a eso, ¿Lo tomas o lo dejas?
– Puta… ¡Ya, ya, está bien! Hueón aguafiestas.
– Perfecto Anita, ahora sí que seremos felices.
– Sí, sí, supongo… supongo que sí…

Luego de nuestra conversación, mi relación con la Anita mejoró enormemente: llegábamos y nos íbamos juntos de todos los carretes y le presentaba a mis amigos sin miedo a que se los comiera. En un abrir y cerrar de ojos ya nos habíamos convertido en una pareja estable, por un momento pensé que lo nuestro iba para algo serio y duradero, pero todos mis sueños se vinieron abajo cuando la Anita me comunicó que, debido a sus conocimientos en el área audiovisual, se había conseguido un pituto para trabajar en Chilevisión durante el verano. Y lo peor: debía viajar con un equipo del canal a Viña, ya que la mayoría de los programas en vivo se estaban transmitiendo desde esa ciudad, aprovechando el empujoncito que les daba el festival. “No me caguí tanto”, le dije cuando la fui a despedir al terminal, “prometo serte fiel”, me respondió con cara de enamorada, “últimamente he descubierto que siento cosas fuertes por ti Matías, y no quiero echar a perder todo por una calentura”, agregó, sellando sus palabras con un beso y despidiéndose al borde de las lágrimas.
Tres semanas estuvimos sin vernos, y las tres semanas la esperé como quien espera al amor de su vida. Nunca pude ir a verla porque la pobre trabajaba de lunes a domingo, y mi bolsillo en aquella época tampoco resistía un viaje fugaz a un lugar tan caro como Viña, y en verano. Pero eso dio lo mismo, todo eso quedó en el olvido cuando la Anita al fin volvió a la capital, golpeó mi puerta de sorpresa y, al abrirle, se me abalanzó encima en un arrebato de pasión incontrolable. Vale aclarar que, si bien la Anita siempre fue fogosa, nunca fue muy experta en las artes amatorias, es más, y sin el ánimo de pelar, debo recalcar que ni siquiera una conferencia sabía hacer bien: tenía movimientos demasiado torpes y le daba con pasarle los dientes al cabeza de papa como si quisiera sacarle chispas, pero nunca me quejé, nunca le dije nada, y menos ahora, que la tenía desnudándome sin decir ni una palabra. “¿Me extrañaste?”, Le pregunté para romper el silencio, “ahora verás cómo te extrañé”, me respondió antes de bajarme los boxers y comenzar a recorrer con su lengua mis partes nobles… pero algo extraño había, lo estaba… ¡Lo estaba haciendo bien! Y la Anita nunca lo había hecho bien: por primera vez no me mordía la cabecita, ni tampoco intentaba inflarme el forrito, ni menos me apretaba un coco entre sus labios quién sabe porqué, ¡No! ¡La Anita había vuelto de Viña convertida en una experta del sexo oral! Y yo… puta, y yo no fui capaz de seguir sin antes preguntarle de dónde había sacado tales conocimientos.

– Dime que aprendiste a hacer eso leyendo alguna revista por fa…
– ¿De qué hablas Matías? – Me respondió amarrándose el pelo con un cole, lista para volver a lo suyo hasta dejarme seco.
– Eso po… no es por ser mata pasiones pero… ¿Dónde aprendiste a chuparlo tan bien?
– Ay Matías, no es el momento.
– Lo sé, pero necesito salir de la duda… ¿Me cagaste en Viña, cierto? Pese a lo que prometiste, me cagaste, y me cagaste tanto que terminaste aprendiendo a cornetear como una experta, ¿O no?
– Puta que erí fome hueón…
– Sólo responde.
– ¡Ya, sí, te cagué! Pero no es lo que crees, no rompí ningún acuerdo, te lo juro, ¡Si yo te amo! Escúchame Matías, en serio te amo, no te enojes…
– No, lo siento, esto es mucho…
– ¡Pero Mati, insisto, no rompí nuestro trato! ¡Te cagué con un famoso! ¡En serio, fue con un famoso, y por eso lo hice!
– ¿Con un famoso?
– ¡Sí, sí mi amor! De otra forma no lo hubiese hecho, lo juro.
– ¿Y con qué famoso fue? – Le pregunté, esperando que me nombrara a alguna estrella internacional invitada al festival de ese año, como mínimo.
– Con Rigeo.
– ¿Con quién?
– Con Rigeo…
– Rigeo… ¿El papito del flow?
– Sí…
– Rigeo… ¿Danger, danger cuidado? ¿Qué le pasa a Lupita? ¿Ese feo culiao?
– Ay, si da lo mismo que sea feo Mati… es famoso, ¿Ya?
– ¿Rigeo?
– Sí, Rigeo…
– Está bien Anita – le respondí resignado – está bien… no diré nada más, está bien…

Esa noche afilamos como nunca, la Ana hizo todo lo que le pedí, y debo reconocer que me ahueoné pidiéndole hueás. Al otro día hicimos su carrete de bienvenida en la casa de mi viejo, aprovechando que llevaba perdido como tres días y teníamos el lugar sólo para nosotros. Lo pasamos chancho y, resignado a que la monogamia ya no sería lo nuestro, le di un besito a su prima mientras ordenábamos el living. La Anita, que justo nos cachó de reojo, me dijo que era un maricón, que cómo le hacía eso y que no le hablara nunca más, por mala persona. Lloró, gritó y pataleó como una histérica, hizo tira todos los platos y me lanzó un par de vasos en la cabeza. Cuando se aburrió de hacer escándalo, pescó sus cosas y se fue para siempre, no sin antes girar dramáticamente la cabeza para mirarme a los ojos y decirme dolida “todos los hombres son iguales… debí haber escuchado a mis amigas… todos ustedes son iguales”…

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