14 Ene

Capítulo 165: La sobrina de la chica Estela

Todo comenzó cuando a mi viejo se le ocurrió contarle a la chica Estela, su nueva polola, que yo, su hijo de casi 30 años, aún estaba soltero. “Soltero maduro, colipato seguro”, fue la rápida conclusión que la chica le lanzó a mi padre ante tal revelación, “no, no se trata de eso Estelita”, le explicó mi viejo, “lo que pasa es que el Mati es hueón, pero hueón completo, y por eso siempre las minas lo pescan para el tandeo y le terminan poniendo la patá’ en la raja”, sentenció. Fue entonces cuando, cegada por la lástima, a la chica Estela se le iluminó la ampolleta y propuso una solución definitiva para mi soledad: “¡Presentémosle a mi sobrina pues! Es bonita, tiene su misma edad, el pololo la dejó hace poco y anda con el autoestima tan abajo que se comería a cualquier hueá”, “¿En qué topamos pues Estelita?”, La aleonó mi viejo, “¡Preparémosles una cita!”, Agregó la chica Estela, “¡Upa!” Gritó mi viejo, “¡Chalupa!” Agregó la Estela.

La verdad es que a mí ni siquiera me preguntaron si estaba de acuerdo o no con la idea, es más, mi viejo, sabiendo que me negaría a participar en algo tan cursi como una cita a ciegas, me llevó engañao’ pa su casa, donde me dejó sentado solo en el living con la mala chiva de que iba a comprar algo para que cenáramos en familia. Debí haber sospechado que algo raro había detrás de esa invitación, mi taita no se raja conmigo desde el verano del 96, cuando me compró un Chocolito cuyo envoltorio aún conservo como recuerdo de su desaparecida generosidad, pero ya no había nada que hacer, su plan estaba en marcha y se concretó finalmente cuando, en un abrir y cerrar de ojos, vi cómo una guapa joven de piel morena atravesaba la puerta y se dirigía algo confundida hacia mí.

– Hola, ¿Cómo estái? – Me saludó sonriente – Disculpa lo patuda, mi tía Estela me dijo que pasara sin golpear, ¿Tú eres el Matías, cierto?
– Hola, sí, sí, Matías, sí, ese soy yo, así me llamo – le respondí ahueonadamente.
– Eres distinto a cómo te imaginé, Matías, mi tía me había asegurado que eras medio huequereque, incluso me pidió que intentara darte vuelta, pero al parecer eres solo… algo tímido, ¿O me equivoco?
– ¿Yo? Sí, bueno, sí, puede ser – le dije aún más nervioso, y con la misma voz de ahueonao.
– Ya, calma, quédate tranquilo, si yo soy lo más relajada que hay, ¿Te tinca que nos dejemos de leseras y comencemos nuestra cita de una vez?
– ¿Nuestra cita? No me digas que mi viejo con tu tía se pusieron de acuerdo para…
– Sí, ¿No te dijeron acaso? Bueno, eso da lo mismo, mira: tú estás soltero, yo estoy soltera, los dos somos jóvenes, y puta, si se nos dio esta oportunidad para conocernos, por muy rara que esta sea, hay que darle no más po, ¿O no?
– ¿Sabes qué? Tienes toda la razón, disculpa mi torpeza, comencemos desde cero, ¿Te tinca?
– ¡Sí, claro, dale!
– Hola, un gusto, me llamo Matías, pero todos me dicen Mati. Tu turno.
– Hola Mati, mucho gusto, mi nombre es Carla, pero todos me dicen la Rasca Choro.
– Pe… Perdón, ¿Cómo?
– Carla, así como suena, con C.
– No, no, tu apodo…
– Ah… Rasca Choro.
– Espera, deja ver si escuché bien… ¿Rasca…?
– Rasca Choro, así como suena, R-A-S-C-A-C-H-O-R-O, Rasca Choro, ce, hache, o, ere, o, ¿Cachái?
– Y te dicen así por…
– Porque vivo rascándome el choro.
– Ah… sí, me tincaba.
– Pero era más cuando chica eso sí, ahí me pusieron el sobrenombre, ahora ya no es tanto. Incluso, cuando me baño no me pica casi nada, es como mágico.
– ¿Qué cosa? ¿Bañarse… y que se te quite la picazón?
– ¡Sí! Es raro, ¿No? Es que no hay nada peor que bañarse, ¿Cierto? ¡Qué paja! ¿A quién le puede gustar esa hueá? ¿Echarse un jabón todo resbaloso, que después te entre champú en los ojos? ¿Y que te caiga agua en todo el cuerpo? ¡Lo peor! Ja, ja, pero bueno, ¿Salgamos?
– Ja… ja… sí, dale, dale… salgamos.

La Rasca Choro resultó ser muy especial… demasiado especial, a decir verdad. Me invitó a un pub tremendamente caluroso, y lo que más recuerdo era mi sorpresa al verla salir con las manos completamente secas luego de ir al baño… aunque bueno, a decir verdad, después de ocho piscolas no me fijé más en hueás, la saqué a bailar como si nada y hasta unos besitos cuneteados le planté entre vuelta y vuelta. En algún momento de la noche me pidió que la acompañara a fumar, salimos del pub sintiéndonos cada vez más cercanos y, justo después de que el guardia nos timbrara en las manos el logo del local y nos preguntara “¿Van a volver a entrar?”, Ella me miró coqueta, acarició con su áspero dedo índice mi mejilla y le respondió con toda seguridad “no, nos iremos a acostar… juntos, ¿Cierto Matías?”, “Cierto Rasca Choro, cierto que sí”, y nos subimos a un taxi con dirección a su departamento.

Durante el camino nos besamos hasta más no poder, ella claramente no se había lavado los dientes aquel día, o tal vez no lo había hecho durante semanas, o meses quizás, pero eso me dio igual, la borrachera me permitió bloquear todos esos distractores en aquel momento, tal como intenté bloquear la opaca mancha de piñén tras su cuello y el ácido olor que emanaba de sus axilas. Al llegar a su edificio, nuestra calentura no descendía ni un solo grado, yo iba con la diuca como un tronco y ella no paraba de sudar por todos lados. “Enfócate en lo importante Matías”, me dije en un último intento por aguantar el asco que estaba comenzando a sentir, pero todo se fue al carajo cuando la Rasca Choro abrió la puerta de su departamento y, apenas di un paso, tropecé con una pila de bolsas de basura, cáscaras de plátano, loza sucia tirada por todos lados y mucho, pero mucho papel higiénico usado, algunos, incluso, con manchas de sangre y otras sustancias viscosas que no logré identificar.

– ¡Oh mierda, qué hueá! ¿Te entraron a robar?
– No, ¿Por qué lo dices? Está todo tal como lo dejé.
– ¿Tení perro? Te dejó la cagá parece.
– No tontito, no tengo mascotas, no me gustan, son muy cochinas.
– Ah… ¿Y eso que está sobre el sillón… son… son sopaipillas?
– No, cómo se te ocurre, ja, ja, ja, ¿En estas fechas? No. Son manzanas… se deben haber podrido, con el sol.
– ¿Y desde cuando las tienes tiradas ahí? ¿Desde el 2014?
– Ja, ja, ja, sí, de por ahí. Ya, pero volvamos a lo nuestro, ¿Quieres nos quedemos aquí, o te tinca que vayamos a mi pieza? Igual está un poquito desordena, mejor quedémonos aquí no más.
– Pucha, ¿Sabes qué? – Dije ya sin poder soportar un segundo más ahí dentro – ¡Justo me acordé de que tengo que hacer algo importante mañana temprano!
– ¿Mañana viernes? Pero si no te toca trabajar po Mati, estás de vacaciones, ¿Lo olvidaste?
– No, si sé, es otra cosa, sólo… sólo… sólo tengo que hacer una hueá de vida o muerte, ¿Vale? ¡Nos vemos, cuídate, fue un gusto, adiós!

No estoy orgulloso de lo que hice, no me siento bien por haberle mentido a la Rasca Choro, pero la verdad es que mis escrúpulos fueron más poderosos, y ni siquiera me importó la puteada enorme que me pegó mi viejo al otro día por no haberselo puesto a la sobrina de su enamorada… ¿Habré estado mal? ¿Y si ella era el amor de mi vida? A lo mejor le faltaba una lavadita no más, como a una polera usada o un vaso después de tomar vino, y puta, luego de un fin de semana de reflexión, donde tuve tiempo para darme cuenta de lo maricón que fui, me armé de coraje y fui a golpear la puerta de la Rasca Choro para pedirle una segunda cita, no sin antes encajarme dos pelotas enormes de algodon dentro de los hoyos de la nariz para que esta vez ningún tipo de olor molesto arruinara mi posibilidad de volver a amar.

– Hola Rasca… ¡O sea, Carla! ¡Hola Carla! – le dije sin fijarme demasiado en la tremenda cagá que tenía a sus espaldas.
– Matías… tú de nuevo… – Me respondió visiblemente sorprendida.
– Mira, sé que el otro día me comporté como un saco de hueas, pero la verdad es que…
– No digas más Mati, ya sé lo que te pasó, y déjame decirte que tu actitud fue súper desatinada.
– ¿En serio?
– Sí… mira, sé que te da vergüenza reconocer que te molestaste porque tengo una foto de mi ex ahí, sobre la mesa de centro, pero no era para que te fueras así.
– ¿Una foto de tu ex? – Pregunté mientras intentaba ver dónde chucha estaba la famosa foto, entre toda la basura y los trapos sucios que sobresalían en el lugar señalado.
– Sí, él es mi ex, y que lata que te hayas ido por eso… quizás aún no lo supero, pero ya lo haré y podré tirar todos sus recuerdos al tacho de la basura.
– Chucha, ojalá hicieras lo mismo con todo lo demás…
– ¿Cómo es eso?
– ¡No, nada, da igual! Mira, te propongo algo: no más peleas ni malos entendidos, vine porque quiero que terminemos bien nuestra cita, creo que nos llevamos la raja y que nos merecemos otra oportunidad, ¿Qué me dices?
– Te digo que sí Matías, claro que sí… ¿Comencemos desde cero… otra vez?
– Encantado… Hola, mi nombre es Matías, pero me dicen Mati.
– Hola, yo soy la Rasca Choro, pero a veces me dicen Carla.
– ¿Vamos a servirnos una pilsen, Rasca Choro?
– Encantada. Podríamos ir al mismo pub del otro día, ¿Te parece?
– Chuta, sería la raja, pero no salí con tanta plata, ¿A cuánto estaba la entrada?
– A cuatro mil, pero no te preocupes por la mía, no me he bañado, así que aún tengo el timbre en la mano para poder entrar de nuevo, ¿Nos vamos?

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