14 Ene

Capítulo 166: El color de la pasión

No me importó que le dijeran “la Rasca Choro”, tampoco que tuviera su departamento lleno de basura y trapos sucios, y menos que se duchara, con raja, una o dos veces al mes, aun así quise salir a tomar con ella, aun así volví a besarla una y otra vez, aun así me reí cuando noté que tenía un trozo de perejil incrustado entre los dientes y pensé “quizás hace cuánto tiempo tiene esa hueá ahí, y quizás por cuánto más lo tendrá”, y aun así le dije que fuéramos al basural donde vivía a terminar lo que hace pocos días habíamos comenzado, porque la mina, pese a lo desaseada, algo tenía, y yo… puta, yo le tenía puras ganas… aun así…

Por si las moscas, nuevamente me acomodé dos pelotas de algodón en cada hoyo de la nariz, y procuré aturdir mis sentidos a punta de piscolas ultra cabezonas, a ver si así lograba anestesiarme un poco antes de atravesar nuevamente el umbral de su puerta y toparme frente a frente con el caos. La Rasca Choro me devoró con sus labios aceitosos, me toqueteó entero con sus ásperas manos y, esquivando como pudo los platos y vasos sucios que decoraban su piso flotante, me llevó hasta el colchón roñoso que tenía por cama para concretar, de una vez por todas, nuestro postergado y sucio primer polvo.

– Apaga la luz, me gusta más a obscuras – le mentí, todo con tal de que no se me bajara la calentura por culpa de su cochinada.
– Como tú quieras – respondió agitada, antes de presionar el interruptor con ayuda de un palo de escoba que tenía tirado al lado del velador.
– ¡Mierda! Me acosté arriba de un peluche. Espera, deja quitarlo.
– ¿Qué peluche? Si yo no tengo… Ah, no, es un repollo. Tíralo para abajo no más.
– ¿Un repollo? ¿Qué hace un repollo arriba de tu cama?
– Puta, qué sé yo, ¡Para qué te preocupas de esas tonteras! Enfócate Matías, ¿O acaso no quieres hacerlo?
– ¡Sí, sí quiero! Ven, quítate la ropa, así, y ahora súbete arriba mío – le dije mientras me acomodaba las bolitas de algodón de mi nariz, todo para evitar el contacto con cualquier tipo de mal olor que pudiera nacer de mi nueva conquista.
– Listo, ya me saqué todo, pero… pero Matías, ¿Qué onda? ¿Estái llorando?
– ¿Llorando? Puta, no, es que mis ojos están lagrimeando… me arden, igual que cuando pico cebolla… ¡Pero filo! Ven para acá… a ver… ¡Oh! Estás súper mojada…
– Sí, es que, aparte de caliente, ando con la regla. Eso también ayuda po.
– ¿Con la regla?
– Sí, me encanta tirar cuando estoy en mis días, ¿Y es que a quién no le podría gustar eso? Es como más suavecito, más calidito… Después nos limpiamos con mis sábanas y listo, no te preocupes.
– Eh…
– ¡Ya! Menos palabras y más acción, ¿Estás listo?
– ¡Sí, a morir no más! Démosle con la transfusión.
– Te dejaré loco, Matías, espérate no más, te prometo que esto será lo mejor de tu vida.

Y, pese a que de vez en cuando me venían unas pequeñas arcadas, eso sí resultó ser lo mejor de mi vida. La Rasca Choro era una maestra, se movía con una gracia de otro mundo y sabía perfectamente qué hacer para volverme loco, y yo hice lo mío intentado durar lo máximo posible y así no cagar la fiesta tan rápido.

Esa noche la Rasca Choro me pidió que me quedara a dormir con ella. Me acomodé como pude entre la montonera de hueás que tenía desparramadas sobre las sábanas, y me aferré a su cuerpo sudado hasta la mañana siguiente. Al sentir los primeros rayos de sol atravesando su sucia ventana, desperté sigilosamente y me dirigí a la cocina para dejar florecer mi romanticismo mientras mi pinche aún roncaba. Lavé un poco de loza, como pude quité los hongos de una sartén que antes había encontrado sobre la taza del baño, desintoxiqué un par de tazas y me dispuse a prepararle un desayuno de lujo con las pocas cosas que encontré en su refrigerador y que no estaban podridas (tres huevos, un trozo de queso, una naranja y media lámina de jamón). Tuve que remover un cerro de basura para encontrar una bandeja donde depositar mi obra culinaria y, sin más rodeos, y procurando no sacarme la chucha en el camino, me dirigí de vuelta a la pieza, donde desperté a Rasca Choro con una tierna caricia en su rostro y apoyé la bandeja en uno de los pocos espacios que no estaba manchado con su sangre.

– Buenos días linda – le dije suavemente, evitando perturbarla – mira, te traje desayuno…
– ¡Matías! No lo puedo creer, ¡Qué tierno! Te juro que te pasaste pa’ detallista.
– Bueno, es lo mínimo que podía hacer por una mujer tan increíble como tú… y es que Rasca Choro, debo ser sincero, sé que nos conocemos hace poco, pero por dentro siento que he estado contigo de toda la vida… me gustas, ¿Lo sabes? Me gustas mucho, y de corazón espero seguir viéndote.
– Matías, eres un lindo, me dejas sin palabras…
– Y mira, sé que no tengo grandes riquezas ni nada sorprendente para darte, pero si hay algo que te puedo regalar cada día, y ese algo es esto…

Y sin más, despejé el opaco cabello que cubría sus labios y le di el beso más suave y lleno de amor que he dado, tanto así que pude sentir como el corazón de la Rasca Choro se aceleraba y bailaba al ritmo de nuestro fugaz enamoramiento.

– Eres increíble, Matías, ¡Mírame, si estoy a punto de llorar de la emoción! – Me dijo con voz quebradiza – Y la verdad es que yo tampoco tengo mucho que ofrecerte, pero sí estoy dispuesta a sorprenderte día a día con los detalles más románticos que se me vengan a la mente… como por ejemplo…

Y dicho esto, la Rasca Choro se destapó por completo, enseñándome su cuerpo desnudo con una naturalidad sorprendente, dirigió suavemente su mano derecha hacia sus partes bajas, introdujo el dedo índice en su entrepierna y, luego de sacarlo totalmente manchado con su menstruación, dibujó un pequeño corazón rojo sobre mi pecho… así mismo, rojo como su sangre; así mismo, rojo como mi pasión.

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