16 Ene

Capítulo 167: El último deseo de doña Tencha

Anoche, luego de una breve agonía, murió doña Tencha, la mamá de mi papá. La verdad es que la viejita estaba delicada de salud desde hace rato, una enfermera se encargaba de todos sus cuidados mientras sus hijos se limitaban a visitarla un par de veces al mes… Aunque, curiosamente, en el último tiempo mi viejo fue quien más se preocupó de ella, le hacía compañía en la hora de almuerzo y en más de una ocasión se quedó mirando teleseries turcas a su lado, pese a que por dentro se moría de aburrimiento. Quizás por eso doña Tencha pensó en él al momento de despedirse de este mundo, pese a que el resto de sus hijos se encontraban en el living, atentos al veredicto del médico visitante.

– ¿Cómo? ¿Quiere que pase yo? – Consultó mi viejo, aún incrédulo.
– Así es señor – le respondió el doctor – su madre quiere decirle algo particularmente a usted. Luego de eso, pueden pasar todos los demás, pero, por ahora, hay que hacerle caso a la señora, no vaya a ser que se ofenda por no cumplir con su voluntad y se altere y después… estire la pata…
– Acompáñame Mati hueón – me susurró mi viejo, mientras me tomaba del brazo y caminaba hacia la pieza de doña Tencha.
– No po viejo, si la abuela fue clara. Además, yo nunca fui muy cercano a ella, ¿Pa qué me querría metido ahí dentro, estorbando un momento tan íntimo y privado entre ustedes?
– Hijo, entiéndeme… ¡No sé qué hacer! Nunca había estado en una situación así, ¿Qué le digo? ¿Le pido perdón por como he sido en la vida? ¿Le digo cosas lindas pa’ que se vaya al patio de los callaos’ feliz? Ayúdame hueón, o por último quédate parado al lado de la puerta y dame apoyo desde ahí, no quiero estar solo en esto hijo, en serio no me dejes solo…

Mi viejo me conmovió hasta las lágrimas, nunca lo había escuchado hablar con tanta sinceridad, con tanto miedo al destino, y por eso accedí a su deseo y lo esperé bajo el umbral de la puerta de la pieza de doña Tencha, donde pude observar cómo dos seres llenos de amor se saludaban tiernamente, y se acomodaban como podían para comenzar la que sería, quizás, la conversación más sincera de sus vidas.

– ¡Puta que me dai rabia, cabro hueón! – Comenzó doña Tencha, concentrando todos sus esfuerzos en esbozar una mueca de molestia – ¿Cuántos años tení ya? Dime de qué viví, ¿Tení pega estable, o seguí cafichándole a medio mundo?
– Pero mamá, no me hable así – respondió mi viejo, tal como si fuese un niño pequeño siendo regañado – usted sabe que está muy difícil encontrar trabajo en este país hoy en día, ¿Acaso no ha escuchado hablar de la crisis asiática? Y no se preocupe tanto, de repente hago mis pololitos por ahí, si no me va tan mal…
– ¡Claro hueón! ¿Y qué hací la plata? ¿Ah? ¿Le dai algo al colipato de tu hijo? ¿Invertí en algún negocio? ¿Arreglái tu casa, viajái por el mundo, donái a la Teletón?
– Pero mami…
– ¡Nada de peros, chiquillo e’ mure! ¿Sabí todo lo que huevié pa’ parirte hueón? ¿Sabí eso acaso? ¡Justo me vinieron las contracciones cuando estaba cagando! ¿Te dai cuenta? ¡Si ni cagar tranquila me dejabai! ¡Y después de tenerte pa qué decir! ¡Me quedó la concha pa la historia, y las tetas se me cayeron hasta las rodillas!
– Es que mami… no sé qué decirle…
– No digái nada mejor hueón – respondió doña Tencha mucho más calmada o, mejor dicho, como si se estuviera apagando luego de gastar toda su energía en un reto que tenía guardado de hace mucho tiempo – no digái nada y escúchame bien… escúchame bien…
– Sí mami, hable no más, dígame qué hacer para que usted sea feliz, aún estoy a tiempo de hacerla feliz…
– Búscate un trabajo… basta de ser tan bolsero, consigue tu propia plata y ordena tu vida…
– ¿Y cómo hago eso mami? A esta altura…
– Fácil… deja de depender de los demás, válete por ti mismo… cuando dejes de depender de los otros, tendrás la necesidad de ganarte el pan de cada día con el sudor de tu propia frente, con tu dedicación, con tu esfuerzo…
– ¿Mami? ¿Mamita, estás bien? – Preguntó mi viejo aferrándose a las manos de su madre, cuya respiración se volvía a cada segundo más débil, cada vez menos viva.
– Sólo… sólo haz lo que pido… así seré feliz en el otro mundo… trabaja, déjate de bolsear, y así seré feliz en el otro mundo…

Y dicho esto, doña Tencha tomó una última bocanada de aire, abrió sus ojos apuntándolos directamente al rostro consternado de mi padre, y dejó de respirar para siempre. Me acerqué a la escena completamente conmovido, abracé a mi viejo apenas se puso de pie y le dije que todo estaría bien, que volviéramos al living, que había que comunicarle a sus hermanos la triste noticia.

– ¿Qué pasó? ¿Cómo está la mamá? – Consultaron todos, casi al unísono.
– La mamá… la mamá falleció – respondió mi viejo rompiendo en llanto, y abrazando uno a uno a sus hermanos, e incluso a sus hermanas más cahuineras, con las que se llevaba como el pico.
– ¿Y para qué te quería? ¿Cuáles fueron sus últimas palabras? – Le preguntaron, aún sin poder reponerse.
– ¿Sus últimas palabras?
– Sí, cuáles fueron.
– Bueno… – respondió mi viejo tomando aire, sabiendo que estaban todos atentos a lo que él iba a decir – ella dijo que…
– ¿Qué te dijo?
– Que a partir de ahora…
– ¿Sí?
– Ustedes, todos ustedes, tenían que mantenerme…

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