25 Ene

Capítulo 168: El velorio de doña Tencha

Casi todos mis tíos paternos viven en el campo, además mi viejo se crió gran parte de su infancia en el sur y, por lo mismo, el velorio de la matriarca de la familia parecía un carrete más que cualquier otra hueá. A la pobre vieja aún ni siquiera la metían al cajón cuando sus hijos ya estaban preparando un cordero al palo en el patio de su casa, llenaban el living con garrafas de vino tinto y hasta a un cantante contrataron para que entonara los boleros favoritos de doña Tencha, mi abuelita recién fallecida.

Debo reconocer que al principio la situación me pareció bastante chocante, ver a mi viejo haciendo una cuota para ir a comprar promos de pisco mientras los deudos dejaban enormes coronas de flores a los pies de su madre resultó ser hasta desatinado, pero luego de un rato, y con varios tragos ya en el cuerpo, hasta yo terminé usando el ataúd de la vieja como mesa para apoyar los vasos, e incluso un cenicero le chanté encima para quienes quisiéramos saborear un puchito con el fin de pasar las penas.

En algún momento de la madrugada, cuando la que había sido la casa de doña Tencha se encontraba llena a más no poder, mi viejo se acordó de que yo me las había dado de DJ muchos años atrás, y me pidió que tirara un poco de música para animar el ambiente, el cual se encontraba bastante alicaído a esas horas. Como con copete me pongo desubicado, pero nunca tanto, lancé una lista de reproducción acorde al momento, cuyo clímax llegó cuando sonó “Se murió Tite”, de la Sonora de Tommy Rey, y todos los asistentes, liderados por mi viejo, corearon al unísono “¡A Tencha la entierran hoy, a Tencha la entierran mañana, a Tencha la entierran hoy, a Tencha la van a enterrar!”. Luego de un buen rato de bailoteo, donde aprovecharon de agarrar entre primos y de hacer un trencito dando vueltas alrededor del cajón, mis tías sirvieron el cordero que se había estado cocinando en el patio, al mismo tiempo prepararon una olla gigante de cazuela, varios kilos de puré, tortillas de rescoldo, más de cien humitas y un par de baldes rebalsados con pebre, como para ir acompañando el asado de cerdo que cocinarían apenas desocuparan alguna fuente.

Al final, y ya con la luz del día entrando por cada una de las ventanas de la casa, se me comenzó a dar vuelta el mundo y opté por encerrarme en la primera pieza que encontré camino al baño, la cual era, justamente, la pieza de doña Tencha. No dormí ni siquiera 10 minutos cuando, como por un impulso feroz que provino desde mi estomago, un obscuro chorro de vómito salió disparado por casi todos los agujeros de mi rostro, manchando por completo las finas sábanas de la finaita. Hice un intento por ponerme de pie, buscar una bacinica o sacar la cabeza hacia el patio pero, entre más me movía, más vomitaba, así que no me quedó otra que dejarme llevar y expulsar fuera de mi cuerpo todo el alcohol y comida que me había metido durante esa noche. “¿Y qué cresta hago ahora?”, Pensé, luego de vaciarme completamente, “¡Por la chucha, dejé la pura cagá! Tengo que dar vuelta el colchón ahora mismo, es la única forma de pasar piola que tengo”, concluí finalmente, sorprendido por la rápida reacción que tuve ante el desastre recién ocasionado, y en eso estaba cuando de pronto, y sin entender del todo lo que estaba pasando, descubrí bajo el colchón un puñado enorme de billetes desparramados, todos de diez y vente mil pesos, como si hubiesen sido un tesoro escondido quizás por cuánto tiempo por doña Tencha. La verdad es que no recuerdo con exactitud qué ideas pasaron por mi mente en ese momento, sólo me quedé pegado pensando en que, debido a mi torpeza, había profanado un lugar sagrado, un secreto que mi abuela optó por llevarse a la tumba, así que no me quedó otra que llamar a mi viejo para preguntarle qué hacer en una situación así, mal que mal la señora era su madre, y él mejor que nadie sabría cómo actuar frente a la tremenda sorpresa que tenía al frente.

– Toma tus cosas Matías, nos vamos – fue la orden que me dio luego de entrar a la pieza y mirar, casi por un minuto y en absoluto silencio, el colchón vomitado en el suelo, y los billetes desparramados sobre el somier.
– ¿Qué onda papá? ¿Estái enojado? Sé que la cagué, pero por eso te llamé, para que me digái que hacer po…
– Trae unas bolsas de basura, nada más, y luego despídete de tus tíos, sin decir ni una palabra de lo que aquí ha pasado, ¿Estamos?
– ¿Bolsas de basura? ¿Qué onda? ¿Te vas a llevar las sábanas para lavarlas y después traerlas limpias?
– ¿Las sábanas? ¡Ah, sí, sí, claro, me voy a llevar las sábanas! Eso es lo que haré… eso y nada más…
– Puta que erí buen padre cuando te lo propones, ¿Viste que no te cuesta nada? ¿Viste que, si le pones un poquito de empeño, puedes llegar a ser un ejemplo para mí?
– Pa’ que veái no más po Mati hueón, si nunca es tarde para cambiar… ¡Y ya! Anda a buscar las bolsas rápido y después me dejái solo ordenando aquí, quiero aprovechar de despedirme de la pieza de mi mami para siempre… porque, después de esto, no volveré nunca más…
– Bueno viejo, voy y vuelvo, cuenta conmigo.
– Y Mati…
– ¿Sí papá?
– ¿Andái con unas luquitas para que nos vayamos en taxi pa’ la casa? Mira que tengo puros billetes grandes, y no estoy ni ahí con sencillar…

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