27 Ene

Capítulo 169: Vacaciones con la Rasca Choro

“Hijo, nunca he contado con grandes riquezas para darte, ni nada significativo para entregarte”, me dijo mi viejo de pronto, revolcándose sobre los billetes que encontré bajo el colchón de su difunta madre, los cuales tenía esparcidos caóticamente sobre su cama como si fuesen parte de una piscina de dinero, “¡Así que toma Mati hueón, recibe, no seái tímido! Esto es tuyo, es tu comisión por haberme mostrado este tremendo tesoro”, agregó, entregándome en la mano un billete de dos lucas todo arrugado, “para que saques a pasear a tu nueva polola, a la Rasca Choro, para que la lleves a recorrer Chile, a comer algo rico, a darse algún lujo; deja de limitarte y pásalo chancho… Tráeme un recuerdito eso sí, un copetito mínimo, o algo pa’ la casa, ¿Estamos?”, Y continuó lanzando carcajadas al aire, mientras se subía a su velador y se lanzaba piqueros sobre ese montón de millones heredados a la mala.

Tacaño y todo, el viejo tenía razón: hace bastante tiempo que no me daba el gustito de salir, y justo me iluminó la ampolleta cuando estaba de lo mejor con mi potencial alma gemela, la Rasca Choro, aunque bueno… puede que ella sea un poquito más desordenada, algo más cochina y levemente más fétida que yo, pero esos son detalles, lo que importa es lo de adentro, y, hasta donde yo sabía, la Rasca Choro no estaba podrida por dentro… reitero, hasta donde yo sabía…

El viaje lo planificamos de un día para otro: ella quería acampar, para no tener que hacer ninguna cama ni ordenar, y yo quería ir a un lugar con harta agua dulce, para que la Rasca Choro se bañara y refrescara sus presas caldeadas. Sin más complicaciones, llegamos a un camping ubicado en el Radal, una localidad cercana a Curicó, con harto verde, clima agradable, numerosas cascadas y, lo más importante, un río que corría silencioso a pocos metros de nuestra carpa. Ideal. La Rasca Choro me ayudó (de mala gana) a levantar la carpa para 12 personas que me conseguí (aunque sabía que estaría complicado respirar ahí dentro) a cambio de que yo la ayudara a desempacar, cosa que no fue tan compleja, ya que las pocas pilchas sucias que llevó las echó a una bolsa de basura, y listo.

– Mati, ¿Me pasas mi bikini? – Me dijo, ansiosa por ir a tomar sol.
– Claro, ¿Pero dónde está? – Respondí, sabiendo que sería difícil encontrar cualquier cosa dentro de esa enorme bolsa negra.
– No sé, al fondo, búscalo bien.
– A ver, qué tenemos aquí… un calcetín guacho, una polera manchada con salsa de tomate, un calzón con… espero que eso sea manjar, y… pero… ¿Pero qué chucha es esto?
– ¿Eso? Un repollo.
– ¿Un repollo? ¿Otra vez? ¿Y para qué trajiste un repollo?
– No sé, se debe haber metido solo, qué importa, ¿Ya encontraste el bikini?
– Sí, aquí está, justo debajo de unas cáscaras de platano y unos papeles con sangre… ¿Sabías que esta bolsa de basura tiene, efectivamente, basura al fondo? ¿O la trajiste pensando que estaba nueva?
– Ya, qué latero, eso da lo mismo, ¿Vamos a disfrutar del día, o te quieres quedar acá llorando?
– No, sí, vamos, vamos… llevaré un poquito de jabón eso sí… para refregártelo.
– ¿Cómo es eso?
– No nada, no dije nada, no importa…

Tal como me lo imaginé, la Rasca Choro no estaba ni ahí con meter ni siquiera las patitas al agua, pero luego de un rato, y utilizando todos mis encantos de macho alfa, no me fue difícil convencerla.

– Ya po, por favorcito, báñate conmigo, no veí que me da penita…
– No.
– Ya po… mírame, me siento solito… voy a llorar…
– No.
– Pucha, y yo que quería tanto bañarme contigo, ¿Cómo podré ser feliz ahora?
– No me importa.
– Ya, mira, si te metes al agua y te bañas a mi lado, prometo ordenar todo solo, cocinar, desarmar la carpa cuando nos vayamos y tirar la basura, ¿Qué me dices?
– ¿Estás seguro?
– Lo prometo.
– Puta… está bien, ¡Pero no te corrái después Matías! No seái maricón.
– No se preocupe mijita – le dije, mientras sacaba sigilosamente una barra de jabón de mi bolsillo y la acercaba a su cuerpo – venga para acá, relájese, cierre sus ojos y déjese querer… eso, así, dese vuelta, déjeme acariciarla, levante un bracito, a ver, eso, y ahora el otro… abra sus piernas… más, más, así, y ahora gírese, école, muy bien…
– Qué rico es esto, Matías, tenías razón, sólo tenía que dejarme llevar…
– ¿En serio? ¿Estás relajada al fin?
– Sí, demasiado… estoy tan, pero tan relajada, que incluso me están dando ganas de cagar.
– Perdón… ¿Cómo?
– Eso po, que estoy que me cago, tengo un mojón que me está culeando, de hecho.
– Chuta, no sé qué decirte… anda al baño po.
– ¿Al baño del camping?
– Sí, es el único baño que hay por acá.
– ¡Estái loco! ¡Son más cochinos!
– Chucha, ¿Me estái pescando pal hueveo?
– Filo, iré a cagar río arriba, si total… no anda nadie por acá…
– ¿Cómo? ¿Cagarás en el agua?
– Sí po, ¿Qué tiene? Caminaré contra la corriente por la orillita, me correré el bikini, me agacharé, dejaré el depósito y listo, problema solucionado.
– Puta, será po, ¿Querí que te vaya a buscar papel?
– No, no te preocupí, me limpiaré con mis deditos no más, después con un fósforo me sacaré la mierda que se me meta entre las uñas, no hay problemas.
– Chuta, si tú lo dices… será po. Suerte.
– Gracias lindo – me dijo, regalándome un abrazo y un beso bien babeado antes de ponerse de pie – voy y vuelvo, no te vayas a ningún lado…

¿Y cómo me iba a querer ir a otro lado, si la Rasca Choro, al fin, estaba limpiecita, fresquita y olorosita? Había logrado mi cometido, al menos por unos días disfrutaría de mi nueva pareja sin sentir ese aroma ácido que quemaba mis fosas nasales y hacía que mis ojos lagrimearan al más mínimo acercamiento, y en eso estuve pensando un buen rato, con mi cara llena de felicidad, cuando de pronto sentí una forma extraña que pasaba flotando justo por mi lado y, al voltearme para verla bien, rozó mi bigote e, incluso, se quedó un ratito estancada en él, gracias a todo lo que demoré en despabilar y ponerme de pie. “Que sea un pez por la chucha”, pensé simplemente, “o un tronco, dios mío que sea un tronco”, pero no, en el fondo sabía que no era así, pero recién lo vine a confirmar cuando me pasé la mano por mi bigote y, al borde del vómito, comencé a quitarme los restos de mierda que se me habían impregnado del zurullo que acababa de estrellarse contra mi rostro.

Demás está decir que estuve oliendo caca durante días, no valió de nada todo lo que la Rasca Choro se bañó por su propia cuenta, su aroma ya estaba dentro de mí, había penetrado mi nariz hasta insertarse en mi cerebro, y ahí se quedó viviendo el muy culiao… ahí se quedó viviendo hasta que la Rasca Choro se enojó y tuvimos que devolvernos a la capital, y todo porque, producto del mal olor, pensó que me había tirado un peo dentro de la carpa y, cómo no, lo encontró último de ordinario…

Mujeres… algún día aprenderé a entenderlas…

Comentarios

Comentarios