29 Ene

Capítulo 171: True Blood

Las cosas con la Rasca Choro no iban nada de bien, cada día descubríamos nuevos motivos para no estar juntos y ni siquiera el recuerdo de la mágica mañana en la cual dibujó un corazón en mi pecho con su sangre menstrual me hacía recobrar la fe en nuestro potencial pololeo. Por lo mismo, y luego de una pelea donde nos tiramos los trapitos sucios a la cara (ella lo hizo literalmente, incluso), dimos fin a nuestra relación, no sin antes pegarnos un polvo de despedida tan intenso, y en el cual sudamos tanto, pero tanto tanto, que terminé vomitado todo mi almuerzo sobre sus rancias sábanas, justo al lado de una mancha de mostaza y  un repollo podrido que no me supo explicar de dónde apareció.

Llegué a mi departamento tarde, despechado y con el corazón roto. Aún tenía impregnado su aroma en mi ropa, tanto así que debí quemarla apenas me la quité para no dejar mi habitación pasada  a cadáver. Tomé unas botellas de pisco, una bebida sin gas, algunos cubos de hielo y un florero que nunca ocupé, y ahí mismo, en ese enorme frasco decorado con lirios y tulipanes, me preparé la piscola más grande del mundo y comencé a tomármela de a grandes sorbos, todo con tal borrar de mi mente frágil su recuerdo, como quien borra una pintura a punta de diluyente y aguarrás. De ahí en adelante todo fue difuso, la realidad se me fue desvaneciendo en cada trago y así mismo, borracho y hecho pico, tomé mi celular y comencé a mandar mensajes que nacían desde lo más profundos de mis sentimientos: “ven, por favor, te extraño”, “dejé mi puerta entreabierta, sólo tienes que empujar”, “no tardes, quiero amanecer abrazado a ti”, y quizás cuántos más de la misma línea, hasta que me dormí  con la esperanza de verla esa noche, con toda la boca abierta y una pierna pegada al piso, por si las moscas.

No sé cuánto tiempo pasó desde que comencé a roncar hasta que me despertaron, pero eso no me importó demasiado, el sueño ya se me había pasado y el sentir su aroma hizo que se me quitara toda la borrachera en un solo pestañeo.

– Mati… Matías, ¿Estái bien? Despierta – escuché que me decía la silueta femenina que yacía recostada a mi lado – mírate, te dormiste con zapatillas, déjame quitártelas, acuéstate derecho…
– Oye… Oye, qué estái haciendo acá…
– ¿Cómo que qué estoy haciendo acá? Me mandaste casi cincuenta mensajes pidiéndome que viniera, ¿O acaso no te acordái? Mira, traje hasta mi cepillo de dientes, ¿Querí que me quede, o ya te arrepentiste?
– No, es que no sé qué decirte…
– Mati, ¿Qué hueá? ¿Te acordái que me dijiste que me estabas esperando? No me digái que me escribiste eso de borracho, mira que te mando a la chucha ahora mismo.
– Ya, Oye, tranquila, qué onda, pa’ qué tan histérica…
– Ando en mis días Matías, y sabí que cuando ando en mis días es cuando menos me podí hueviar, ¿Lo sabí, cierto?
– Está bien, lo siento, sólo… sólo baja el volumen, me duele demasiado la cabeza…
– Ya, hácete a un lado hueón – me dijo con cierta ternura, mientras comenzaba a quitarse la ropa – quiero disfrutar un poco la noche, antes de que te quedí dormido de nuevo…
– Eso no va a pasar – le respondí, tomándola de una mano y acercando su torso desnudo a mi cuerpo, donde aproveché de abrazarla y de acariciar su suave espalda con mi dedo índice – quédate tranquila, Rasca Choro, eso no va a pasar…
– ¿Perdón? ¿Cómo  me dijiste?
– ¡Oye, te dije Oye!
– ¡No hueón, me dijiste “Rasca Choro”, te escuché clarito! ¿Me estái confundiendo con esa culiá?
– ¡No, para nada, lo juro!
– ¿Estái pensando en ella mientras me abrazái? ¿Preferiríai que estuviese ella aquí contigo, y no yo?   
– ¡No, Oye, en serio, sólo me equivoqué!
– ¿Te equivocaste? ¿Esa es tu chiva?
– No sabría qué más decirte… lo siento…
– ¿Sabí qué Matías? Yo lo siento mucho más… me voy a dormir al living, y no te preocupes por mí porque, cuando despiertes, ya no estaré acá.
– Pero Oye, no te vayái en ésa…
– La cagaste no más po ahueonao… te aviso si algún día se me pasa la hueá pero, por ahora, la cagaste…

Y dicho esto, la Oye se puso su polera, tomó mis frazadas y se fue a dormir al living, y yo, intentando que se me quitara la borrachera, me puse de pie a duras penas, pero el cuerpo me falló y quedé tumbado nuevamente en mi cama, donde me quedé dormido al poco rato intentando aguantar un mareo del demonio que me vino de pronto.

Tal como lo había prometido, al otro día no habían ni rastros de la Oye en mi departamento. Intenté llamarla un par de veces, pero su teléfono aparecía apagado. Nada que hacer, por ahora. Me puse mis zapatillas como si nada hubiese pasado, bajé a comprar algunas cosas para desayunar, unas pastillas para el dolor de cabeza en una farmacia cercana y un poco de fruta en la feria de la otra esquina, y no es de perseguido ni nada de eso, pero en todos esos lugares sentía que la gente me miraba y se reía a mis espaldas, como si hubiesen podido leer en mi rostro mi más reciente cagada, y por lo mismo, desesperado ante la duda, le pregunté a la señora que me estaba pesando un kilo de limones porqué chucha me miraba tanto con esa sonrisa de oreja a oreja, “es por lo que dice en su frente mijito”, me respondió lanzando una carcajada estridente, “¿Y qué dice en mi frente?”, “Dice Weón, así clarito, Weón, con letras bien grandes”, “¡Chucha, me lo voy a limpiar al tiro!”, Clamé, refregándome la frente lo más rápido que pude, “no pue mijito, tiene que echarle agüita con jabón”, me dijo finalmente la vieja, “así no se va a limpiar nada, ¿No ve que la sangre seca no se quita tan fácilmente?”.

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