19 Feb

Capítulo 172: La pichanga

Cuando cumplí 15, mi vieja me metió a la fuerza a una academia de fútbol. Éramos 12 los inscritos y, en prácticamente todos los partidos oficiales, yo era el único jugador que se quedaba en la banca. Alguna vez el profe me aseguró que en su perra vida había visto a un hueón tan malo para la pelota como yo, y esas palabras, sumadas a todas las aberraciones que vi en los camarines (que manera de ser buenos pa’ agarrarse el poto y el paquete los futbolistas), fueron el incentivo perfecto para decirle adiós al deporte del balón para siempre. O eso creía yo porque, casi 10 años después, me vi todo motivado organizando una pichanga importantísima junto a mi taita, otro hueón malo más.

Todo comenzó porque a mi viejo se le ocurrió dárselas de choro contra el Petardito Valdés, un reconocido arquero del barrio que, incluso, fue futbolista profesional cuando cabro, asegurándole que podía dominar la pelota más veces que él. Ambos llevaban más de dos días chupando en el clandestino del flaco Lucho, y a esas alturas de la borrachera no hallaban nada mejor que hacer que inventar apuestas ridículas en base a proezas difíciles de lograr. Cuento corto: el Petardito aceptó la apuesta, mi viejo tomó la pelota y comenzó a hacerla rebotar en su pie, una, dos veces y ¡Pum! La hueá se fue al piso; luego fue el turno del Petardito, una, dos, tres, cuatro, cincuenta, ciento trece, ochocientos cinco veces y ¡Pum! Tiró la pelota lejos sólo porque, si seguía dominándola, se podía quedar sin copete. Mi viejo, no pudiendo aceptar tal humillación, le dijo al Petardito que eso de dominar era cosa de colipatos, que los reales deportistas se veían en la cancha y no en un clandestino roñoso con una pelota inflada a medias, “¡Te juego una pichanga cuando querái! Los tuyos contra los míos”, le lanzó al Petardito sin pensarlo, mirándolo desafiante, “¡Y te aseguro que te voy a meter la pelota porla raja culiao, te la vai a tener que sacar a puros peos!”. El Petardito aceptó la apuesta sabiendo que obtener el triunfo sería pan comido, llamaron al presidente de la junta de vecinos para que arrendara la cancha de la pobla para tres semanas más y, obviamente, le exigieron que promocionara el partido como si fuese el gran evento de las vacaciones de invierno que se aproximaban, si mal que mal en el barrio no se hacía nada para esas fechas, y cualquier actividad que sirviera como excusa para una jarana interminable era bienvenida.

Tanto mi viejo como el Petardito se autonombraron capitanes de sus respectivos equipos, y se esmeraron durante semanas en preparar de la mejor forma posible a sus jugadores, pero siendo estos puros viejos decadentes que empeñaron hasta los chuteadores por cañas de vino en los clandestinos del barrio, con raja lograban que dieran media vuelta a trote suave alrededor de la cuadra. Todos sabíamos que el único bueno entre toda esa tropa de veteranos era el Petardito, el viejo era capaz de atajar goles a ojos cerrados, salir a la cancha y afilarse al arquero rival como si nada y, por lo mismo, nadie entendía porqué mi viejo seguía sumándole hueás a la apuesta cada vez que se lo topaba, tal como si fuese un boxeador provocando a su rival poniéndole caras furiosas, a sabiendas de que a la hora de los quiubos le sacarían la chucha de todas formas.

– Hoy vi al hueón del Petardito de nuevo… – me dijo pocos días antes del encuentro – ¡Ahora le aposté una tele y una patá en los cocos a que le gano el próximo domingo!
– ¡Pero papá, déjate de apostar hueás! Ya llevái un cordero, quince garrafas, más de doscientas lucas y una chupada de tula sobre la mesa, ¿Hasta dónde querí llegar?
– ¡Da lo mismo Mati hueón! Si le vamos a meter los medios goles, el hueón no se va a dar ni cuenta, acuérdate de mí.
– A ver, espera, ¿”Le vamos” a meter los medios goles? Viejo, yo no juego nada, le tengo miedo a la pelota.
– ¿Y eso qué importa? Si sé que erí más malo que abrazar a la mamá con la diuca pará’, pero, si todo funciona como yo quiero, el Petardito no va a poder ni levantarse pa’ jugar, voh tranquilo no más.
– No me asustí viejo, ¿Qué le vai a hacer?
– Le voy a hacer lo que más le gusta…
– No me digái que…
– Sí… lo voy a curar…
– ¿A curar?
– Lo invitaré a tomar la noche antes de la pichanga, me rajaré con un asado haciéndole creer que es una tregua para que tengamos un juego limpio, y le meteré tanta comida y tanto trago en el cuerpo que el hueón despertará el domingo con la peor caña de su vida y, si le ponemos empeño, con una caga’era que lo va a dejar sin poder ni siquiera estornudar durante días.
– ¿Y nosotros? Me imagino que vamos a tomar y a comer igual que él po, ¿Cuál es la ventaja?
– Es que no… de eso quería hablarte… – me dijo con la voz quebradiza, y tomando asiento trágicamente – Mati… por muy difícil que esto suene, vamos a tener que aguantarnos…
– Puta, no…
– Haremos como que tomamos, y le daremos mordiditas pequeñas a la carne, nada más que eso. Nuestra principal misión es dejar raja al Petardito y, si para eso debemos limitarnos… no queda otra, que así sea.
– ¿Por qué me haces esto papá? ¿Por qué?
– Lo siento Mati hueón, sé que un sábado sin chupar es el peor castigo que te puedo dar como padre, pero hay que hacerlo por el equipo, hay que hacerlo para humillar al Petardito y ganar la apuesta, que es lo que más importa ahora. Después tendremos copete y motivos para celebrar de por vida, pero éste es un pequeño sacrificio que hay que hacer, ¿Me cachái? Éste es el pequeño precio que debemos pagar…

Pese a lo que creí, el planificar la trampa maquiavélica junto a mi viejo no resultó ser tan terrible, después de todo estábamos haciendo algo como padre e hijo y eso, aunque fuese un acto súper antiético, lo estábamos disfrutando. Le dijimos al Petardito que llegara a eso de las 10 de la noche de ese sábado a la casa de mi padre, que debíamos ajustar los últimos detalles del evento, que fuera solo y, ojalá, sin haber comido nada antes. Allí lo esperamos con un montón de botellas de pisco, vino para regodearse, carnes de todo tipo y una bacinica por si quería vomitar para después seguir tomando. La verdad es que al arquero estrella no hubo ni que rogarle para que empezara a empinar el codo, el tipo era realmente un cerdo a la hora de chupar y de tragar, y antes de la medianoche ya lo teníamos bailando en pelota arriba de una mesa y meando sobre parrilla para, según él, darle a la carne sabor a campeón. Con mi viejo apretábamos el chico aguantándonos las ganas de tomarnos, aunque fuese, una piscolita, pero nos conocíamos y sabíamos que el calentamiento de hocico era una enfermedad que llevábamos en los genes y, para que el plan resultara, teníamos que seguir tomando bebida con hielito, nada más, ¡Una tortura! Si ni siquiera para nuestros carretes poníamos la cantidad de lucas que invertimos en esa noche, pero daba lo mismo, hasta el momento todo estaba valiendo la pena: ya teníamos al Petardito hablando en lenguas, todo meado y con una pata torcida producto de un porrazo que se dio intentando darse una vuelta carnero sobre el carbón encendido que acababa de botar de la parrilla. “El partido será a medio día, y este hueón no se va a levantar ni cagando”, susurraba mi viejo con una sonrisa de oreja a oreja, “sigue llenándole el vaso Mati hueón, curémoslo hasta que se desmaye, después despertémoslo y curémoslo de nuevo, ¡A cagar no más! Mañana le vamos a meter cualquier gol a este borracho culiao, le vamos a meter cualquier gol y va a perder caleta de plata pagando la apuesta, ya vai a ver, nos vamos a forrar, ya vai a ver”, repetía una y otra vez, hasta que, a eso de las siete de la mañana, subimos al Petardito en estado de bulto y a raja pelá’ a una carretilla, lo paseamos por todo el barrio a ver si se resfriaba y, con cero delicadeza, lo dejamos tirado en la puerta de su casa, mientras cerrábamos los ojos e imaginábamos el dulce triunfo que se venía en pocas horas, y así mismo, con las caras llenas de risa y sin importarnos el cortante frío invernal, especulamos sobre qué haríamos con todos los premios que cobraríamos de aquella exagerada apuesta que tanto nos hizo sufrir y gastar pero que, en ese instante, estábamos apunto de ganar…

Al otro día, el partido fue suspendido por lluvia.

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