24 Feb

Capítulo 174: El almizcle

Sin que nadie me invitara, me vine a pasar los últimos días de mis vacaciones en la casa de una tía sureña, a sabiendas de que por acá se come y se chupa a destajo… Y no me equivoqué. Hoy, por ejemplo, me levanté a tomar desayuno, y no me di ni cuenta cuando, entre plato y plato que me tragaba, se había hecho tarde y la vieja ya comenzaba a servir el almuerzo, al mismo tiempo que encendía carbón y me preguntaba qué me quería zampar pa’ la hora de once. El paraíso.

Para no ser tan patudo, me armé de ánimo y fui a darle una mano a la veterana en lo que necesitara: picando tomatitos, aliñando la ensalada y preparando una fuente enorme de pebre para acompañar las papas cocidas que recién me acababa de servir. “¡Pucha que es atento usted sobrino!”, Me dijo mientras me apretaba los cachetes, “más ratito, cuando venga la vecina a dejarme la leche que le encargué, la invitaré a tomarse un matecito con nosotros, ¡Pa que así se conozcan pue’! Y le pediré que lo lleve a darse una vuelta pal’ río… Quién sabe, en una de esas enganchan y terminan a poto pelao’ dándose como huasca detrás de las ortigas, ¡Y no se ría, si es bien bonita la cabra oiga! ¡Y buena pal leseo como ella sola! Si cuando le gusta un tonto, no hay cómo bajarla de la coronta… ¡Y está soltera ah! Y es bien caliente fijesé, y… ¡Ay Matías, no más rodeos, te voy a contar la firme! Tú papá me sopló que harta falta te hacía una buena remojá’ de cochayuyo, ¡Así que aprovecha que a la vecina le gusta la diuca más que contar plata y pégale unas puñalás’ de carne como se debe! Porque supongo que no viniste a puro comer, ¿O sí? Algo de carne cruda que te sirvái también po, ¡O si no capacito que te vayái con las huevas más hinchadas que la guata!  Y na que ver po gancho, na que ver, ¡Uyuy!”.

Pese a lo duras de sus palabras, y a que no estaba muy contento con toda la lástima que demostró tenerme, encontré que mi tía estaba en lo cierto… y si bien en el último tiempo he andado un poco más rendidor que lo habitual en el ámbito amoroso, de igual forma me hacía falta un revolcón bueno para terminar las vacaciones con la vara más alta que nunca, y con esa intención partí pal’ baño a pegarme una manito de gato, verme decente por lo menos para la vecina caliente, aunque, cuando me paré frente al espejo, recordé que mi caracho era así no más, que no mucho había que hacerle, ¿Y qué importaba, en todo caso? Si la vecina era tan fogosa como mi tía la estaba pintando, había sólo una parte de mi cuerpo que sería necesaria enchular, ¡Pero por la cresta! Recordé que, con todo esto de vivir relajado, no me pegaba una buena ducha desde hace como tres días, ¡Ni una sola gota de jabón había tocado mi cuerpo seboso producto del calor! Y me puse a imaginar, en una especie de ataque de pánico repentino, cómo una viscosa capa de almizcle se comenzaba a formar en mis partes nobles, ¡Mierda! ¡Debo oler horrible! Fue mi último pensamiento antes de quitarme los pantalones, bajar mis boxers, echarme el forrito pa’ atrás y llevar cuidadosamente, como si se tratarán de una pinza, el índice y el pulgar hacia la punta de mi regalón, frotándolo de arriba abajo, y luego de un lado para el otro, con el fin de detectar cualquier tipo de sustancia pegajosa que produjera mal olor, para después llevarme dichos dedos a la nariz para comprobar qué tan terrible estaba el buqué, pero ni eso alcancé a hacer porque, apenas la yema del índice terminó de recorrer la parte inferior del cabeza de papa, recordé que hace pocos minutos había picado un montón ají para el pebre, y que luego ni siquiera había atinado a lavarme las manos, ¡Conchemimadre! De pronto sentí cómo la punta de la corneta se me encendía como si le hubiesen prendido fuego, como si quisiera expulsar chispas por el hoyito, como si Charmander me hubiese hecho un mamón, y por más agua que me tiraba, y por más que me doblaba para soplarme, no había nada que lograra aplacar el dolor que estaba sintiendo en ese momento. “¿Qué pasa sobrino? ¡No me diga que se está pajeando!”, Me gritó mi tía educadamente, al verme corriendo del baño a la pieza con los pantalones abajo y el muñeco agarrado con las dos manos, “¡Sí tía, me vinieron las ganas de pronto!”, Se me ocurrió responderle simplemente, incapaz de reconocer en voz alta la estupidez que me acababa de ocurrir, “No le presento a la vecina entonces, ¿Cierto?”, “¡No tía, no se preocupe, no va a ser necesario!” “¿Y quiere que le prepare un platito de comida pa’ después que se vaya cortao? Como pa’ que recupere energías, digo yo”, “¡Ya tía, unas humitas me vendrían bien!”, “Se lava las mano eso sí, no sea cochino igual que su taita”, “obvio que sí pue’ tía, si nunca tanto, nunca tanto”.

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