24 Feb

Capítulo 175: La negra Tamy

La negra Tamy, una de mis tantas primas, llegó al mundo apenas dos semanas después de mi nacimiento, y todo gracias a que nuestros padres se pusieron de acuerdo para que tuviésemos la misma edad y nos convirtiéramos en amigos inseparables, cómplices eternos, una suerte de hermanos que se confiarían sus mayores secretos y saldrían juntos a todos lados… ¡Las hueas! Apenas aprendimos a gatear nos agarrábamos a cabezazos hasta que uno de los dos terminara llorando tirado en el suelo; apenas aprendimos a caminar utilizábamos toda la fuerza de nuestras piernas para darnos tremendas patadas en nuestros culos acolchados por sendos pañales cagados y, apenas aprendimos a hablar, nos esforzábamos por aprender las palabras más groseras de nuestro idioma, para así dedicárnoslas a grito pelado en nuestras constantes peleas, ¡Puta que nos llevábamos mal con la negra Tamy! Intentar juntarnos era como mezclar agua con aceite, y nuestro odio mutuo creció y creció hasta que mi tía, su madre, mandó a la chucha a su esposo, pescó un par de maletas y se fue a vivir a un pueblo perdido en el Maule junto a su mocosa insoportable. Ese fue el día más feliz de mi infancia, al fin dejaría de visitar por obligación a esa pendeja que me quitaba los juguetes y que le tiraba escupos a mis vasos de leche con Milo, ¡Puta que la odiaba!
Aunque los años fueron pasando y visitar su nuevo hogar se transformó en una costumbre familiar de todos los veranos, hasta que, cómo no, la madurez se encargó de enseñarnos a respetar nuestros espacios… o, en palabras simples, aprendimos a no pescarnos. Aunque, en realidad, eso duró hasta este verano, cuando llegué a bolsear alojamiento a la casa de mi tía, mi archienemiga se apareció frente a mí afuera del baño, nos miramos a los ojos y descubrimos, sin necesidad de mediar palabra alguna, que nuestro rechazo mutuo se debía a que en el fondo nunca fuimos tan distintos, y menos lo éramos ahora: dos solterones rozando los 30 años, que aún se vestían como cabros chicos y que no tenían ninguna intención de dar un paso importante en la vida, y con esa imagen en la mente nos sonreímos e hicimos algo que nunca antes habíamos hecho: intentar conversar civilizadamente, como los buenos primos que siempre debimos haber sido, como miembros de una misma familia que se quiere y se valora, y cuya sangre hoy se uniría más que cualquier tipo de rivalidad infantil que algún día nos separó.

– Puta que estái hecho mierda culiao’ – lanzó mi prima sin anestesia, así como para romper el hielo – ¿Cuánto tiempo sin vernos? Qué manera de destruirte tú ah…
– Sí, bueno, más de cinco o seis años ya… de cuando estabai por casarte con ese médico que te llevó a vivir con él, ¿Te acuerdas? ¿Al que te pilló afilando con su hermano una semana antes de la boda?
– Sí, tantos años ah… Inolvidable ese verano… recuerdo que te enamoraste de una doble de Gloria Trevi que actuaba en el circo que se puso acá al frente… Puta que lloraste cuando te contamos que en realidad era un travesti y que se llamaba Claudio, ¡Cuántas pajas dedicadas a ese hombre, por dios! ¡Si dejaste las sábanas tiesas ese verano!
– Sí, gracias por recordármelo… y fue justo el año del terremoto, ¿Te acuerdas? Cuando andabas acampando con unos amigos en la playa, de borracha no te diste cuenta que se venía un maremoto, una ola te llevó mar adentro y, luego de casi ahogarte, la misma ola te tiró de vuelta a la tierra, del puro asco que le causaste.
– ¡Ya te dije que eso nunca pasó! ¡No sé porqué inventaste esa hueá!
– ¡Porque te odio! ¡Porque para la navidad del 98 rompiste mi Súper Nintendo, siendo que te pedí que lo cuidaras mientras iba al baño!
– ¡Y dale con la hueá! Te dije que fue tu papá el que se tiró arriba de la consola borracho y gritando “¡Mírenme, le voy a agarrar la callampa a Súper Mario y me la voy a comer por el poto, mírenme!”.
– ¡Mi papá sería incapaz de hacer algo así!
– ¡Sabí que sí hueón, lo hizo, y le gustó!
– Ya, ya negra, paremos loca, ya basta – le dije bajando la voz, intentando buscar un tono más conciliador – ¿Qué nos pasa? Míranos, somos hueones viejos ya, ¿Por qué seguimos peleando como cabros chicos?
– No lo sé Matías… no lo sé…
– Tenemos que ser unidos negra por la chucha, somos familia y, querámoslo o no, el verano ya se acaba y aquí estamos los dos, sin nada que hacer y con todo a nuestro favor para conocernos más y estrechar nuestros lazos… No sé, ¿Te tinca que hagamos eso? ¿Te tinca que intentemos llevarnos mejor?
– Puta… sí primo, filo con las pelas, sí me tinca.
– ¡Perfecto! ¿Amigos entonces?
– Sí, obvio – me respondió la negra con la cara llena de risa, como si una nueva luz hubiese llegado a su vida – Primos… y amigos.
–  ¿Y de qué quieres hablar, prima? Ha sido tanto el tiempo perdido, que no sé por dónde empezar…

Y ahí comenzó lo extraño, porque la negra Tamy, tal como si hubiese estado esperando desde hace mucho tiempo el momento propicio para desahogarse con alguien, se sentó en el suelo frente a mí, tomó mis manos y me invitó a hacerle compañía en el piso, cerró sus ojos lentamente, realizó una mueca de tristeza y, luego de tragar saliva un par de veces, abrió sus ojos apuntándolos directamente hacia los míos, pero esta vez con un par de lágrimas decorándolos.

– Primo – comenzó, con la voz entrecortada – dime la verdad, ¿Tú me encontrái bonita?
– Pero negra – respondí confundido – ¿Qué onda? ¿Por qué me preguntái eso?
– ¿Cómo que por qué? ¿En serio querí saber? ¿No es obvio acaso? ¡Mírame! ¡Ni un hombre me pesca, ya nadie me mira como antes, los cabros no me buscan ni pa’ ir a jugar taca-taca!
– Prima, no digái eso…
– ¡Es la verdad po Mati! Dime la firme por favor, tú me dijiste que seríai como mi hermano, y se supone que así debió haber sido siempre, así que ponte la mano en el corazón y dime… ¿Estoy muy fea? ¿Ah?
– Prima, no, no estás fea – respondí sinceramente. Y es que la verdad es que la negra Tamy tenía lo suyo, era bastante agraciada por donde se le mirara, y me resultaba difícil comprender de dónde había sacado la loca idea de que había perdido sus encantos.
– ¿En serio? No me mintái Mati, prométeme que no me estái mintiendo.
– No prima, te lo juro… si yo te encuentro bonita.
– ¿Y de físico? ¿Cómo estoy físicamente?
– Pucha prima… es difícil decirlo pero… yo encuentro que estái re bien.
– ¿Y mis tetas?
– ¿Ah?
– Mis tetas, ¿Te gustan mis tetas?
– Ehhh… ¿No nos estaremos yendo para otro lado prima?
– ¿Y mi poto? Míralo, ¿Lo tengo parado aún? Si yo no fuera tu prima, y me vieras en la calle, ¿Te darías vuelta a mirarme el poto? ¿Y la empanada? ¿Te gusta como se me marca con estos jeans, o no? Dime la firme primo, ¿Tú me lo pondríai? Así, si no me conocierai y me vierai en un carrete, ¿Me invitaríai a tu casa y me lo pondríai?
– Chuta, no sé, yo creo que…
– ¿Crees que qué? ¿Sí o no? ¡Sé directo Matías! ¿Viste? ¡Yo sabía que esto no iba a funcionar! ¡Yo sabía!
– ¡Ya, basta! – Grité sin más, decidido a darle a mi prima el apoyo moral que necesitaba – ¿Querí la firme? Yo te voy a decir la firme: prima, estái terrible de rica, y sí, encuentro que tení unas tetas perfectas, encantado metería mi cabeza entremedio de ellas e, incluso, dormiría ahí; y también creo que te gastái un culo de infarto, mataría por pegarte una palmada en la raja sólo por el placer de tocártela; ¿Y tu cintura? Qué decir de tu cintura, está hecha a mano, como para recorrerla en una caricia eterna; ¿Y tu espalda? Cómo no nombrar tu espalda, si parece una pista de aterrizaje para tirarle todo el…
– ¡Ya, para, para! – Gritó espantada mi prima, abriendo unos ojos enormes y poniéndose de pie súbitamente.
– ¿Qué pasa negra? ¿Qué onda?
– ¡Hueón! ¿De qué estái hablando? ¡Contrólate, desubicado, si nosotros somos primos!
– Pero, pero… si tú me preguntaste po.
– ¡Ah, claro, y voh agarrái papa al tiro, hueón caliente! ¡Linda la hueá! ¡Que una no pueda confiar ni en la familia ahora!

Desde ese momento, con la negra Tamy supimos que nuestra relación estaría condenada para siempre… Y es que esto de forjar lazos entre primos es una tarea complicada: o terminan mal, o terminan más o menos, o terminan afilando a escondidas con un placentero sentimiento de culpa de por medio, y nosotros, lamentablemente, optamos por la primera opción.

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