26 Feb

Capítulo 176: El mejor primer día de clases de mi vida

Aún recuerdo cierto primer día de clases, debe haber sido por allá por octavo básico, que fue el mejor primer día de clases de toda mi vida.

Durante ese verano, quién sabe porqué, mi viejo agarró de pitutear como maestro chasquilla en diversas casitas del barrio alto. Básicamente, su pega consistía en arreglar cualquier desperfecto que las viejas pitucas que se quedaban solas durante las vacaciones no podían arreglar solas (entiéndase como “desperfecto” el cambiar una ampolleta quemada, destapar un wáter o encender un cálefont). Cierto domingo de febrero, cuando las vacaciones ya llegaban a su fin, recibió un telefonazo de lo más extraño: una señora bastante mayor (presumiblemente “la abuelita de la familia”) le comentó que la habían dejado sola en casa durante un par de semanas al cuidado de una empleada, pero que desde el viernes, día en el cual la nana iniciaba su fin de semana y dejaba a la vieja a su suerte, no lograba hacer funcionar correctamente el televisor: algunas veces encendía, otras veces no, le costaba que cambiara de canal y le era casi imposible subirle o bajarle el volumen sin tener que pararse a hacerlo manualmente, situación que, tomando en cuenta sus problemas a la cadera, la tenía absolutamente devastada. Mi viejo acudió al llamado raudamente, revisó por un par de minutos el televisor empleando todos sus conocimientos en la materia: lo desenchufó, lo volvió a enchufar, comprobó que el problema persistía y balbuceó “está mala esta hueá” una y otra vez meneando la cabeza de un lado para el otro, hasta que se le ocurrió ir a un negocio cercano, comprar un par de pilas nuevecitas y cambiarlas por las viejas que tenía el malogrado control, ¡Y santo remedio! La señora aplaudía el buen trabajo de mi padre, quien recibía los piropos de la veterana como si fuese un héroe, y así, con el pecho inflado y el corazón contento, le dijo “al final no era para tanto el problema pue, ¿Cómo le voy a cobrar por tan poco? Págueme los pasajes no más… y las pilas, obvio… y el almuerzo… y alguna propinita extra… y un bono por hacerme trabajar un domingo… y con eso, sí, con eso quedaría contento”. La señora lo miró con la cara llena de vergüenza, se puso de pie siendo incapaz de observarlo a los ojos y le explicó, con la voz temblorosa, que en realidad no tenía ni un solo peso para darle; su casa estaba llena de lujos, era verdad, pero a su edad no le permitían manejar plata, y todo porque despilfarraba como loca y era incapaz de medirse a la hora de abrir la billetera, “pero no se preocupe caballero”, le dijo a mi viejo, al ver que éste ya estaba haciendo pucheros, “si no es mucha la patudez, me gustaría pagarle de otra forma…”. Mi viejo realizó una sutil mueca de asco, tragó saliva un par de veces y le respondió “pucha… igual no más, pero rájese con un copetito antes, y vaya sacándose la placa. Si no, no”, pero la señora le replicó que eso sería imposible, “¡Cómo se le ocurre que le voy a dar trago oiga!”, Le dijo, medio en broma medio en serio, “¿Se imagina tiene un accidente manejando? ¿Cómo cree que me sentiría yo?”, “¿Cómo señora? ¿Manejando?”, preguntó mi taita extrañado, y, dicho esto, la vieja lo llevó al garaje, le señaló una moto que parecía ser de algún integrante joven de la familia y ahí mismo, sin ningún papeleo de por medio, se la dio como forma de pago a cambio del buen trabajo realizado con el control remoto… ¡Conchemimadre, una moto a cambio de un par de pilas! ¡Negocio redondo! Debió haber pensado mi padre, quien ni siquiera se hizo de rogar para pescar las llaves que colgaban de la mano de la ancianita, subirse de un puro salto a su nuevo vehículo y, como si fuese un lolo, salir manejando hecho un peo’ con su, en ese entonces, frondosa cabellera al viento y sus pantalones ultra apretados… y ese precisamente fue su problema: los pantalones… de tan tirantes que iban las hueás, de tan estrechos, de tan diminutos, le provocaron un dolor de huevas que lo dejó caminando con las patas abiertas como por tres días, y, cómo no, causándole un trauma que lo obligó a renunciar para siempre a los vehículos de dos ruedas. Ante eso, lo único que atinó a hacer fue a tomar la moto, envolverla en papel de diario, arrastrarla hasta mi pieza y dármela como regalo de navidad atrasado, ¡La raja! Ni siquiera tenía 13 años y ya tenía una moto para tirar pinta por todo el barrio. Vale aclarar que por aquella época todo funcionaba más al lote: los pacos, al verme todo pendejo arriba de una moto, con cuea’ me paraban para decirme que debía comprarme un casco, y sería, “vamos circulando, vamos circulando”, y ese libertinaje me sirvió para agarrar papa y, sin siquiera saber manejar bien, pescar mi motito y usarla hasta para ir a comprar pan a la esquina. Fueron días felices, días llenos de risas y adrenalina, pero no más felices que aquel primer día de clases, debe haber sido por allá por octavo básico, me tinca, y que fue el mejor primer día de clases de toda mi vida, cuando se me ocurrió partir en moto pa’ la escuela sin imaginar que, apenas unos metros antes de llegar al portón principal, chocaría en seco contra un poste por ir haciéndole ojitos a una compañera a la cual le habían crecido tetas durante el verano, ¡Me saqué la santa chucha! Volé lejos, escuché un hueso romperse y un sinfín de risas de niños, acompañadas de un coro que cantaba “¡Hueón hueón, Mati hueón!”. La moto quedó inutilizable, ya que la muy culiá siguió arrastrándose varios metros después de mi caída y golpeándose contra todo a su paso. A mí, luego de un rato siendo la burla de todos, me llevaron a la rastra a un hospital cercano, donde me enyesaron una pierna, me penquearon por irresponsable y me enviaron pa’ la casa con la orden de quedarme haciendo reposo por un buen tiempo, viendo tele echado en la cama y siendo atendido todo el día mientras mis amigos estudiaban la montonera de mentiras y datos inútiles que nos enseñaban en la escuela en aquellos años.

Como dije, el mejor primer día de clases de mi vida.

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