02 Mar

Capítulo 177: A veces, cuando tomo demás, me pongo harto hueón

No sé bien cómo afrontar esto, pero a veces, cuando tomo demás, me pongo harto hueón. Es una realidad dura de aceptar, toda mi juventud me he jactado de ser un caballero cuando estoy borracho, aunque suene increíble, y es que debo reconocer que sobrio soy torpe, distraído y mata e’ hueas, pero curao’, ¡Uf! Curao’ me convierto en una especie de “Súper Mati”: un tipo educado, respetuoso, empático y preocupado por el bienestar del prójimo… aunque aquella noche, como dije en un principio, tomé demás, y a veces, cuando tomo demás, me pongo harto hueón.

Todo comenzó con un hecho milagroso: mi viejo, como nunca, me invitó a conocer un nuevo restorán que se había inaugurado cerca de su casa, con la promesa inédita de pagar la totalidad de la cuenta él solito. No debí sorprenderme tanto en todo caso, durante el funeral de su madre encontré un cerro de billetes de 10 y 20 lucas bajo el colchón de la pobre vieja, y mi padre, al percatarse de que nadie más sabía de aquel tesoro escondido, pescó unas bolsas de basura, las llenó con todos los billetes que pudimos recoger y, care’raja, se las llevó para su casa fingiendo que en realidad transportaba ropa usada para regalar en algún hogar de ancianos. Tal como pensé, durante los días venideros jamás vi un solo peso de todo ese dineral, ¡Ni uno! Y por lo mismo me dejé querer ante la sorprendente invitación que le nació de la nada, y me llegué a enternecer cuando se sentó frente a mí y amablemente me dijo “pide lo que querái Mati hueón, en serio, pide lo que sea, hoy yo me rajo”, y, para no ser tan patuo’, ordené algo sencillo no más, un italiano con una bebida, y él, como andaba cagado de hambre, pidió un pescado enorme, con hartas papas fritas, papas mayo, papas duquesas, papas cocidas y una fuente de ensalada, y ahí quedó la cagá porque, apenas le sirvieron, me pidió que le alcanzara la sal sin siquiera haber probado antes su plato, y yo, por hacerla rápida, le pasé el frasco que contenía el azúcar, el cual vació casi por completo sobre su pescado y el cerro de papas que lo acompañaba. Puta que pataleó el viejo, se tragó su comida endulzada evitando saborearla, lanzándosela de a pequeños trozos directamente a la garganta, y luego engulléndola con una mueca entre asco y extremo odio hacia mí persona. “Voh pagái todo, por hueón”, me dijo luego de pedir la cuenta, “y de pasá, invítame unas piscolas en el clandestino del flaco Lucho, a ver si con trago paso un poco el mal sabor”. Era el último domingo del verano, no había mucho más que hacer, todo el barrio estaba en la cancha mirando la final de un campeonato de fútbol, así que para donde don Lucho partimos.

Las primeras horas estuvieron piolas: el flaco se quedó dormido debajo de una mesa, mi viejo lo empelotó apenas lo escuchó roncar y luego, con una pequeña manito mía, le untó manjar en la punta de la corneta, todo con el fin de despertarlo al otro día y decirle que se había hecho un candado chino sin la ayuda de nadie, de puro caliente y curao’ que era. En eso estábamos, riéndonos y sacándonos fotos con el flaco pilucho, cuando sucedió lo impensado: unas voces femeninas, cuyas dueñas parecían igual o más ebrias que nosotros, comenzaron a dar jugo en las afueras del clandestino.

– ¡Aló! ¡Oye ya po! ¡Querimos que nos abran! – Gritó, entre risas e hipos, una de ellas – ¡Que nos abran el local… ¡Y también y el hoyo! ¿O no amigas? ¿O no?
– ¡Sí po chiquillos! – Chilló la otra – ¡Si somos tres no más, y sabimoh que están chupando allá aentro! ¡Y losotrah también querimos chupar po! Chupar copete… ¡Y chupar de lo otro también! ¿O no amigas? ¿O no?

Con mi viejo nos miramos afilándonos los colmillos, incluso me atrevería a decir que a él se le cayó un poco de baba sobre la camisa, mal que mal su relación con la chica Estela, su polola desde hace algunos meses, estaba pasando por una crisis luego de que la chica llegara a la casa con un condón metido en el sapolio y no fuese capaz de explicar cómo cresta había llegado éste ahí, así que mi viejo, dolido por el desamor, despertó al flaco Lucho, le explicó la situación, intentó despabilar el rostro lo más posible, se sacó los calcetines, luego se los puso en el paquete para que se le viera más abultado, dijo “ya cabros, tres pa’ tres… el que no afila hoy es porque es hueón”, y partió a abrir la puerta sacando pecho ridículamente y parando el poto al máximo posible.

No mentiré, estaba emocionado… emocionado, emocionadísimo, pero el flaco Lucho, pese a que la bruja su señora se encontraba durmiendo en la pieza de al lado, llegaba a saltar en una pata… pero puta, toda nuestra felicidad se vino abajo cuando vimos a mi viejo entrar abrazado con las tres chiquillas… bueno, decir “chiquillas” es un poco tirado de las mechas, mejor las llamaré “señoras”… aunque igual ese apelativo les queda chico, pienso mejor en algún concepto como “damas”… o “viejas”… “viejas calientes”, sí, tres “viejas calientes” en búsqueda de hueveo para pasar el rato. Eran como las bisabuelas bataclanas de Las Chicas Superpoderosas: una rubia, otra pelirroja y la otra morena, las tres pequeñitas, redonditas, con cabelleras que parecían pelucas baratas y una forma de maquillarse que las asemejaba más a un payaso muerto que a cualquier otra cosa, pero todo eso le dio lo mismo a este par de viejos rancios, quienes pusieron música de fondo y abrieron un montón de botellas de pisco para celebrar no sé qué chucha con sus nuevas amigas, y yo, con tal de no aburrirme, seguí tomando y tomando hasta que me entró agua al bote terminé bailando lentos con la vieja que me pareció más agraciada (que era algo así como un Adrián de los Dados Negros versión travesti) y, en un arrebato de calentura inexplicable, le robé un par de besos juguetones mientras ella intentaba meterme a la mala uno de sus ancianos dedos dentro de mi culo asustadizo.

Ya lo dije: a veces, cuando tomo demás, me pongo harto hueón… y por lo mismo me arrepiento tanto de lo que hice, ¡Tanto tanto! Aunque igual, siendo sincero, pocos recuerdos tengo de aquello, sólo la certeza de que en algún momento de la noche salí a la calle a vomitar, y ahí mismo, frente a mis ojos borrachos, vi lo que ningún hombre en plena conquista desea ver… ¡Competencia! Demasiada e inesperada competencia… y es que nosotros sabíamos que hace algunas horas se estaba desarrollando la final de un campeonato futbolero en la cancha del barrio, pero nunca imaginamos que todos los jugadores – lolitos musculosos, bonitos, tonificados, recién duchaditos – irían en masa a celebrar lo que le llaman “el tercer tiempo” al clandestino del flaco Lucho, ¡Si eran como 60 hueones! Y, a riesgo de sonar colipato, ¡Puta los tipos encachaos’ dios mío! “¡Nuestras nuevas pololas nos van a mandar a la chucha, nos van a cambiar por estos hueones!”, Pensé dentro de mi borrachera, “tengo que hacer algo, el flaco Lucho se va a enojar, mi viejo me va a castigar, las minas van a entregarles la virginidad a esta manga de minos ricos, ¡Tengo que hacer algo urgente! Algo se me debe ocurrir”, y en eso estaba pensando, comiéndome las uñas incluso, cuando noté como un hueón igualito, pero igualito a David Beckham, comenzó a caminar directo hacia mí.

– Buena perro, ¿Qué sucede? – Me dijo saludándome de beso en la cara, así como saludan los futbolistas más zorrones.
– Ho… Hola, ¿Qué pasa?
– Na’ po, pasa que con los chiquillos queremos servirnos algo. Todos somos de regiones, vinimos a jugar un campeonato y puta, ahora queremos relajarnos un ratito y nos contaron que por aquí estaba el clandestino de un tal flaco Lucho, ¿Lo ubicái?
– ¿Qué cosa? – Respondí, borrachísimo.
– Al caballero que tiene el clandestino po, a don flaco Lucho, ¿Así se llama? ¿Cachái si vive por aquí?
– ¿Don Lucho? ¡Ah, sí, claro! Obvio que lo ubico, pero él… él falleció hace varios años ya…
– ¿Cómo? Pero si a nosotros nos dijeron que vendía copete fondeado en su casa, todos los días de la semana y a cualquier hora, ¿Estái seguro que paró la chala el compadre?
– Sí, obvio, lo que pasa es que acá en el barrio don Lucho es algo así como un santo, ¿Cachái? Y los viejos dicen que a veces les pena y les vende trago en forma de fantasma… pero son leyendas no más, no crean en todo lo que les dice la gente…
– Chuta perro, qué fuerte… ¿Y no sabí de algún otro lugar de por acá donde podamos tomarnos algo? Y ojalá que hayan minitas también, sean como sean, sólo queremos hueviar un rato, ¿Qué decí?

En ese momento una sensación de egoísmo amoroso se apoderó de mí, en serio no quería que las señoras nos cambiaran por esta tropa de pichangueros y, por lo mismo, sólo se me ocurrió una cosa.

– ¡Sí po compadre! Conozco el lugar perfecto: un bar que se llena de minas, el copete es barato y cierran a la hora del pico. Sólo tienen que caminar 15 cuadras por aquí derecho, luego 10 cuadras a la izquierda, después pasan por un pasaje que tiene unas zapatillas colgadas en los cables de electricidad, luego siguen avanzando hasta que vean a unos flacos vendiendo mandanga en una plazoleta que no tiene luces, avanzan hasta un túnel donde duermen algunos pasteros, y ahí mismo, pero al otro lado, encuentran el bar que les digo.
– ¿Estái seguro compadre? ¿No cachái algo que quede más cerca?
– ¿Cómo? ¡Pero si ustedes son deportistas po! ¿Qué les cuesta caminar?

Los cabros me encontraron la razón y, sin esperar más, comenzaron a avanzar en dirección al lugar más brígido de todo Santiago, donde, mínimo, les robarían hasta las zapatillas, y todo gracias a que esa noche el copete me puso hueón, harto hueón, tan hueón que entré de vuelta al clandestino como si nada hubiese pasado, tomé de la mano a la vieja, me encerré con ella en el baño, le quité la blusa con los dientes, luego ella se quitó los dientes con la ayuda de sus dedos y, justo después de verle sus tetas colgando a la altura del ombligo y de intentar agacharme para pegarles una chupadita más que fuera, se me apagó la tele… gracias a dios que se me apagó la tele, sino sabría exactamente el porqué al otro día desperté con la corneta llena de chupones y una placa dental enredada en mis pendejos.

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