07 Mar

Capítulo 178: El baño del flaco Lucho

Juro que no fue mi culpa… aunque bueno, quizás sí lo fue, pero no me juzguen, a veces mi ignorancia en temas hogareños me juega en contra y termino pensando que, por ejemplo, cocinar tallarines en un hervidor eléctrico es la mejor idea del mundo, o que lavarme el pelo con lava-lozas es la opción más eficaz para que mi difícil cabellera deje de verse tan grasa. Soy torpe, siempre lo he sido, y por eso hice lo que hice aquella noche en el clandestino del flaco Lucho, no fue a propósito, en serio, no me crucifiquen…

Corría el año 2009, creo, estábamos en pleno verano y, tipín 6 de la madrugada, fui hasta aquel lugar con la sana intención de recoger a mi viejo, subirlo a una carretilla y llevarlo en estado de bulto hasta su casa… pero nada de eso sucedió porque, en primer lugar, mi viejo aún tenía cuerda para rato: estaba tomando solo mientras el flaco Lucho dormía debajo de una silla y, en segundo lugar, porque de la nada me vino un ataque de sed repentino, de esos peligrosos, así que me vi en la obligación de agarrar una piscola que estaba abandonada sobre la mesa, acercármela a la jeta y, sin siquiera preguntar primero de quién era, tomármela de un solo sorbo, pensando en desocupar pronto el vaso para prepararme otra y repetir así aquel mágico proceso… pero eso no iba pasar, no señor, y lo supe apenas vi que mi viejo puso su mejor cara de loco e intentó arrebatarme el vaso, a esa altura ya completamente vacío, de mis regordetas manos.

– ¡No! ¡No, no, no Mati hueón! ¡Qué hiciste mierda! – Gritó furioso, dando pequeños saltitos y llevándose las manos al rostro, así como si fuese una vieja histérica.
– Pero viejo, ¿Qué hueá? ¿Te vai a cagar por una piscola acaso? ¿Después de todas las que me has bolseado!
– ¡Pero es que ésa no era cualquier piscola po saco e’ hueas! ¡Era pal flaco Lucho, pa’ dársela cuando se despertara!
– Pero papá, sé que querí al flaco y todo eso, ¡Pero no es pa’ tanto po! Le preparamos otra y listo, ¿Pa qué le dai color?
– ¿Voh creí que esto se trata de cariño? ¿Voh creí que le serví un copete por la buena onda? ¡Estái más hueón! Fíjate que el otro día este flaco culiao’ me envenenó con trago mientras él, pa’ puro hacerme leso, tomaba agüita con hielo jurándome que se trataba vodka, ¿Y sabí pa’ qué? Pa’ que yo me quedara dormido de borracho… Así él aprovecharía de llevar a cabo un plan para abusar de mi persona…
– Pero viejo, no me digái na’… ¿El flaco Lucho te lo puso?
– ¡No Mati hueón, cómo se te ocurre! ¡Si con el flaco ya no nos calentamos cuando estamos curaos’!
– Ah… qué bueno saberlo…
– Lo que hizo este miserable fue bajarme los pantalones, abrirme los cachetes del culo, echarles pegamento e intentar juntarlos para que al otro día no pudiese cagar.
– ¿Qué?
– Tranquilo, no pasó nada, justo me desperté cuando el muy maricón me esparcía el pegamento por la raja, así que le grité “¡Qué hueá me está haciendo compadre, qué es eso que me está echando!” Y el muy desgraciado casi se caga de susto, se paró de un puro salto, se arregló los pantalones y me dijo “¡Nada compadre, es… es, ehhh… ¡Es cola fría, cola fría, sí, eso es!”, Así que no la pensé dos veces y comencé a lavarme la zanja con todo lo que encontré a mano, pisco, vino, meado de la pelela, y menos mal que no me costó nada quitarme toda esa sustancia viscosa, si pa’ mí que estaba vencida la hueá, menos mal, parecía más resbalosa que pegajosa para mi gusto…
– Pero viejo…
– ¡Así que hoy preparé todo el día mi venganza! Me dije “¿Así que el flaco quería dejarme sin poder cagar? Bueno, le devolveré la mano… ¡Pero yo lo voy a hacer cagar!”, Por eso le eché como 50 gotitas de un laxante a la piscola que tenía sobre la mesa, y mi plan iba viento en popa hasta que llegaste voh po hueón borracho, y me cagaste toda la onda.
– Para, o sea… ¿Me estái diciendo que la piscola que me tomé tenía…?
– Sí, y me temo que te cagarás entero.
– ¡Pero por la chucha, cómo no me avisái! ¿Cuánto tarda en hacer efecto esto?
– ¿Y qué se yo? ¿Me veí cara de médico acaso?
– ¡Ya, voy al baño, déjame pasar, intentaré hacerla piola!
– No hueón, si sabí que la señora del flaco odia que entremos ahí, siempre le dejamos la cagá, por eso nos compró esta pelela.
– ¡Me da lo mismo! De ahí tú te arreglái con ella. Después de todo, esto es tu culpa.
– ¡Sale hueón! ¿No querí que te limpie el hoyo también!
– ¡Viejo, córrete, ahí viene! ¡Tengo un mojón que me está culeando, en serio, por fa, hácete a un lado!

Y así, agarrándome el poto a dos manos, corrí al baño principal de la casa del flaco Lucho, y bueno… lo que pasó después no fue culpa mía, fue culpa de mi ignorancia… ¡Y es que puta! ¡Nunca había visto un bidé en mi vida po! ¡Ni siquiera sabía que habían inventado una hueá para lavarse las presas mientras se estaba sentadito! Sólo pensé que el flaco tenía un wáter extraño, con un diseño más alargado para poder aguantar la raja enorme de su señora, qué se yo, y por eso no la pensé dos veces cuando me acomodé como pude sobre esa hueá, intentando no autoviolarme con la llave de agua ubicada en el extremo pegado a la pared, y dejaba que el laxante hiciera lo suyo. Cuando me di cuenta de la cagada que había dejado (literal y metafóricamente) y que la mierda estancada no se escurría por ninguna parte, fui a buscar a mi viejo para suplicarle que me diera una mano, “¡No sé dónde se tira la cadena papá, la hueá no se quiere ir, ayúdame!”, Pero él no hacía nada más que apretarse la guata y gritar “¡Ahueonao’, cagaste en el bidé! ¡Cagaste en el bidé, tonto hueón!” Al mismo tiempo que lanzaba estruendosas carcajadas al aire, las cuales despertaron casi de inmediato al flaco Lucho, quien se levantó en modo zombie y miró a su alrededor como si aún no despabilara del todo. Desesperado, sólo atiné a correr al baño, tomar una bolsa y, aguantándome las ganas de vomitar, echar toda la mierda dentro de ella, para luego rematar la apresurada limpieza refregando unos trozos de confort remojados con agua por las paredes del bidé hasta dejarlo relativamente limpio. Ni 5 minutos pasaron cuando noté que el flaco Lucho, entre borracho y cagado de sueño, atravesaba la puerta discutiendo con mi viejo, quien lo intentaba atajar para que yo terminara de eliminar las evidencias de mi más reciente cagazo.

– ¿Come Quesillo? – Me dijo, aún sin poder abrir los ojos del todo – ¿Qué le estái haciendo a mi bidé hueón? ¿Y qué tení en esa bolsa? ¿Ah?
– Ehhh… Nada don Lucho, no estoy haciendo nada, quería olerlo no más, me tincó que tenía rico aroma, ¿Y en la bolsa? Ehhh… ¡En la bolsa llevo pan, pan pal desayuno! Pasé a comprar antes de venir y…
– Puta el hueón latero, ¿Pa’ qué dai tantas explicaciones? – Me dijo con voz carrasposa, y demostrándome que ni siquiera le interesaba la excusa penca que le estaba dando – ¡Ya, hácete a un lado! Me quiero poner bonito pa’ ir a acostarme con mi señora, a ver si me salta la liebre y se raja con una mañanera, ¡Córrete, córrete!

Sin siquiera ser capaz de levantar la cabeza, y aferrándome a la bolsita llena de mierda que llevaba bajo el brazo, comencé a caminar hacia la salida del baño, donde me esperaba mi viejo con la boca abierta y unos ojos de sorpresa enormes, como si extrañamente quisiera gritar y reírse a la vez.

– No me hueí viejo – le susurré apenas estuve frente a él – en serio no sabía para que servía esa cosa… en serio no…
– Cállate Matías… – Me respondió en el mismo tono, sin cambiar la cara de sorpresa que había adoptado hace un rato, y sin dejar de observar en dirección al bidé, justo desde donde yo me venía arrancando – parece que el flaco Lucho tampoco sabe para qué sirve hueón… mira, parece que él tampoco sabe…

Y, sin entender nada de lo que estaba sucediendo, me di la media vuelta y vi cómo el flaco Lucho, arrodillado frente al famoso bidé, daba el agua y utilizaba la que se iba acumulando para lavarse la cara, mojarse el pelo y cepillarse los dientes, al mismo tiempo que tragaba grandes sorbos de aquel líquido, contaminado quizás con qué hueá proveniente de mis entrañas, para después hacer gárgaras y comenzar el día de la forma más fresca posible.

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