09 May

Capítulo 18: La piscina.

Le dije a mi viejo que nos fuéramos a mojar las patitas a la piscina que está en el patio de la cabaña en la cual nos alojamos. Como soy precavido a mi manera, llevé bloqueador, dos cambios de ropa, zapatillas, hawaianas, tres toallas, un quitasol, bebidas y cositas para comer; mi viejo, como también es precavido a su manera, llevó dos melones, una garrafa de vino blanco, hielo y azúcar. La piscina estaba repleta de familias chapoteando felices en el agua, así que optamos por sentarnos en el pastito y conversar de la vida. Mi viejo se curó al tiro. Según él, las presas del melón estaban muy potentes, así que sacó una pilsen que traía en su banano para amortiguar la borrachera.

– Mati… hijo… – me dijo luego de tomársela al seco.
– ¿Viejo?
– Estoy que me meo.
– Anda a la cabaña, no te cuesta nada.
– Imposible, estoy a punto de mearme, no aguantaría el pique
– Sé lo que quieres escuchar… quieres que te diga que mees dentro de la piscina, ¿Y sabes qué? Si quieres hacerlo hazlo, estoy tan relajado que te permitiré hacer las ranciedades que quieras.
– ¿Cómo es eso de “mear dentro de la piscina”? – Me consultó extrañado.
– ¡Ay viejo! ¿Me vas a decir que nunca has meado dentro de una piscina?
– Pero Mati hueón, yo jamás me he metido a una piscina, ¿Para qué? Yo soy bueno para el agua, pero para el agua de mar, de lago, de río, las piscinas son para los fifís, ¿A quién le podría gustar bañarse en una cagá tan chica, tan pirula, tan maricueca?
– Bueno viejo, entonces te cuento que mucha gente mea dentro de las piscinas, es común, así que si lo crees necesario, dale.
– ¿Mear dentro de la piscina? Está bien… Pero si me dicen algo, diré que tú me obligaste.
– Nadie te dirá nada viejo, si ni siquiera se nota, en el líquido pasa piola. Mira, allá en esa esquina, donde se están bañando los cabros chicos, está perfecto, porque revuelven tanto el agua que cualquier rastro de meado será eliminado de inmediato.
– Si tú lo dices…

Mi viejo se puso de pie a duras penas y comenzó a caminar. “¿Y este pastel no pensará sacarse la polera?”, pensé por un momento, y no, no se la quitó, porque, nuevamente, entendió todo mal: caminó por el borde hasta llegar a la esquina de la piscina, justo sobre el grupo de niños que jugaban lanzándose agua, y ahí arriba se quedó de pie, se bajó los shorts hasta las canillas, se agarró la diuca con las dos manos y comenzó a mear. A más de un cabro chico, entre grito y grito, le entró un chorro de orina dentro de la boca o, mínimo, alguna gotita en el ojo. “¡El hueón de mi hijo me obligó a hacerlo!”, reclamó cuando el dueño del lugar nos echó a empujones.

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