10 Mar

Capítulo 180: 19 minutos con 46 segundos

Luego de varios meses de intensa calentura, la relación entre la chica Estela y mi viejo definitivamente se dio por terminada. Aquel amor rancio que nació cuando un pelo juguetón de la teta izquierda de la chica se le metió entre los dientes a mi taita, quien me llamó desesperado esa misma noche gritando “¡Ven a descatadme huedón! ¡Eztoy pegao’ a un pedo, no puedo sepadadme, socodo, socodo!”, Y que se fue consolidando cuando mi viejo descubrió que su Estelita era una gran ahorradora, ya que se lavaba el sapolio con el agüita de la taza cuando se sentaba a echar la corta, llegó a su fin el día en el que a esta vieja pajarona se le ocurrió llegar a la casa con el mentón hediondo a cocos y, lo que es peor, con un condón lleno de moquillo incrustado en su humanidad, prueba irrefutable de que se había pegado la tremenda cachimba hace poco y, pa’ más remate, con un hueón al que se le olvidó avisarle que se había ido dentro con forrito y todo.

Mi viejo estuvo devastado durante exactamente 19 minutos con 46 segundos, y en ese corto lapso, que a mí se me hizo eterno, atravesó las mismas fases que atraviesa cualquier ser humano corriente que está pasando por un duelo importante… aunque claro, mi viejo no es un ser humano corriente… y éste tampoco eran un duelo tan importante que digamos… pero da igual, la idea se entiende, el dolor es dolor y, en este caso, el proceso de sanación fue más o menos así:

Negación:
“Mati”, me dijo, mientras balanceaba frente a sus ojos el condón que le había sacado a la chica Estela, “¿Y si no me cagó? ¿Y si en realidad esto es una broma y lo que hay aquí dentro no es más que leche condensada?”, No le alcancé ni a decir que su hipótesis era descabellada cuando este pobre tonto, con la cara llena de esperanza, introdujo su dedo índice hasta el fondo del preservativo, lo untó con el líquido que se encontraba en su interior y, pese a mis gritos de espanto, se lo llevó directo hacia la boca. “No, me equivoqué, es semen… es semen”, sentenció defraudado, mientras yo hacía arcadas y le repetía, por decimoquinta vez, que tirara esa hueá a la basura antes de que se volviera loco.

Enfado:
“¡No pienso tirarlo Mati hueón!” Me gritó mientras se aferraba a aquel añejo trozo de látex como quien se aferra a su recuerdo más preciado, “No lo voy a tirar porque por fuera tiene el olor de mi Estelita, ¡Fíjate, huélelo! El tufo de su mariscal se quedó para siempre pegado en él” y, dicho esto, acercó el condón a sus fosas nasales y aspiró con fuerza hasta quedar con los ojos blancos, “no me importa que por dentro esté pasado a corneta… ¡No me importa nada! Porque cacha, por fuera aún conserva su saborcito… mira como le paso la lengüita, observa, es como pasársela a ella nuevamente, es como… como… ¡Y qué te tengo que andar dándote explicaciones a voh cabro hueón, si voh no sabí na de sensualidad! ¡Y para de mirarme así, saco e’ hueas! ¡Déjame solo con mi dolor, déjame abandonado con la compañía de su buqué!”.

Negociación:
“Pero viejo”, le dije conmovido, “yo siento tu pena. Soy sangre de tu sangre, y te ayudaré en lo que sea para que vuelvas a sonreír”, “¿Eso es en serio Mati?”, Me preguntó sin alzar la vista, “sí po viejo, por supuesto que es en serio”, “¡Llévame a una casa de huifas ahora mismo entonces!”, Me lanzó sin siquiera pensarlo dos veces, “pero viejo, cómo…”, “¿No querí que ahogue las penas Mati hueón?” Me preguntó, confiado en la certeza de sus palabras, “¡Ya po! Quiero ahogarlas… ¡Pero ahogarlas entremedio de las tetas de la Robertita! La vieja grandota ésa que atiende en el toples del negro Fidel… ¿Qué? ¿De qué estái hablando Mati? ¿Cómo que la Robertita es hombre? ¡Pero si me la chupó el año pasado cuando la conocí po! ¿Cómo va a ser hombre? No se la puse no más porque me dijo que tenía un “asunto medio complicado” allá abajo, yo cacho que andaba indispuesta la pobrecita, y desde ese día me quedé con las ganas de volver a sentir aquellas manos robustas recorriéndome entero… ¿Y? ¿Me vai a invitar? ¿O te vai a mariconear acaso? ¿Ah?”.

Depresión:
“Yo la quería Mati hueón, yo la quería…”, murmuró de pronto, dejando su fingida rudeza atrás para soltar, de una vez por todas, un par de lágrimas sinceras, “¿Por qué las mujeres siempre me engañan, hijo? ¿Por qué me pasa esto cada vez que me enamoro?”, “Porque estamos destinado a ser gorriaos’ po viejo”, le respondí, “nacimos con nuca de fierro, y moriremos con los cuernos puestos” y, sin la necesidad de decir nada más, ambos nos tiramos al suelo y nos pusimos a llorar… y gritamos, y maldecimos, y bramamos como animales moribundos, y ahí mismo, revolcándonos sobre su alfombra polvorienta, nos unimos en un abrazo lúgubre, el cual se rompió cuando mi viejo, tal como si hubiese despertado de una pesadilla, saltó en el aire para gritar “¡Y bueno! ¿Cómo es la cosa? ¿El triste soy yo o erí voh? ¿Qué te creí? ¿Me querí robar la atención acaso? Andái hablando puras pescás’ Mati, andái con depresión, ¿Y más encima erí borracho? ¡Linda la hueá! ¡No sé a quién saliste tan hueviao’ tú ah!”.

Aceptación:
“Puta hijo, perdóname, me ahueoné, lo sé, ¡Pero es que tengo dolio’ el corazón po! ¡Tengo una pena que me quema aquí adentro, y voh no te rajái ni con una pilsen como pa’ aplacarla! Aunque filo, no importa, no me echaré a morir por viejas califas que no valen la pena, la vida sigue y ya aparecerá la indicada, tanto para ti como para mí. Mientras tanto, puta, ¡Hueviemos de lo lindo no más! Yo aún soy joven y encachado, y tú… bueno, tú al menos eres joven… y tení salud… ¡Y ya basta de llorar sobre la leche derramada! La leche derramada en un condón, en mi caso… ¡No más lloriqueos entonces! Nos vamos pal’ toples del negro Fidel ahora mismo, en serio quiero sumergirme entre las tetas de la Robertita hijo, creo que es lo único que me podría subir el ánimo. La chica Estela fue buena, lo acepto, pero ya llegarán otras mejores… ¡Como la Robertita po! Y puta, si la loca tiene diuca o no, ¿Qué importa? Si igual lo chupa pulento… ¿Y entonces? ¿Te rajái? Di que sí… ya po, ¿O acaso querí que me vuelva a dar pena? ¿Ah?”.

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