13 Mar

Capítulo 181: Flores para Lucía

Marzo de 1978. Tal como lo hacía la mayoría de los veranos, mi viejo visitó un pequeño pueblo ubicado en la costa de Curicó llamado Hualañé. Allí aprovechó de tirarse las hueas como loco, relajarse y, por supuesto, realizar algunas de sus actividades favoritas, como pescar, chupar y visitar casas de huifas. Coincidentemente, uno de esos días el mandamás de la nación, Augusto Pinochet, andaba de visita en la misma ciudad junto a su esposa, la señora Lucía Hiriat. En esos años doña Lucía presidía el CEMA Chile, organización destinada a lograr el bienestar material y espiritual de la mujer chilena, y las damas que conformaban dicha organización en Hualañé quisieron demostrarle su afecto y admiración incondicional invitándola a una once-comida de lo más pituca, donde tomaron ricos tecitos, comieron tortitas de diversos sabores y, como un gesto de cordialidad y cariño, le regalaron un faustoso arreglo floral: el ramillete más hermoso (y costoso) que se había apreciado por esos lados, traído directamente desde Talca luego de un viaje en carreta de más de 8 horas.

– Damas, realmente me han dejado maravillada – les dijo doña Lucía, a modo de agradecimiento – este bello ramillete estará en el sector más visible de nuestra casa presidencial, donde irradiará luz, prosperidad y esperanza para la nación, y hará que recuerde por siempre a mujeres tan distinguidas e ilustres como ustedes, que tanto afecto me han entregado.

Las señoras del CEMA no cabían de la alegría, veían en sus mentes el enorme ramillete, que tanto les costó conseguir, sobre la mesa más lujosa de la casa de los Pinochet, ¡Si llegaban a poner los ojos blancos imaginando cómo el general las olería cada mañana! Y se reían solitas de tan sólo pensar que doña Lucía les cambiaría el agua constantemente, para que así no se desgastaran y conservaran por siempre su vitalidad y colorido.

Cuando al matrimonio le llegó la hora de partir, gran parte del pueblo los acompañó al helicóptero presidencial. Doña Lucía sonreía luciendo su ramillete, mientras se aferraba con su mano libre al brazo firme de su esposo. El helicóptero despegó y desapareció tras los cerros que rodeaban el río colindante al pueblo, y las distinguidas damas del CEMA no pararon en ningún momento de agitar sus pañuelos blancos en señal de despedida.

A esa hora, mi viejo se encontraba solo en la orilla del río antes mencionado, practicando pesca con tarro y esperando a que picara algún pejerrey. Mientras admiraban las apacibles aguas que corrían frente a sus ojos, y sin tener la menor idea de lo que había sucedido en el pueblo durante todo el día, sintió cómo un enorme helicóptero pasaba volando justo por sobre su cabeza. Obviamente lo miró boquiabierto, rara vez se veía un medio de transporte de ese tipo por esa zona, pero más se sorprendió cuando notó que algo extraño parecía desprenderse del famoso helicóptero, y descendía rápidamente hacia donde estaba él. De inmediato pensó que se trataba de un pato que caía a tierra luego de ser atropellado por la enorme máquina, pero no, esa teoría la desechó de inmediato al notar que el objeto mistorioso comenzaba a deshacerse en el aire y a dividirse en pequeños pedacitos. No cabían dudas: eran flores, pétalos de todos los colores que caían como lluvia al río, y que flotando lánguidamente se dejaban llevar por la corriente.

El ramillete que las señoras del CEMA prepararon con tanto cariño no terminó en la mesa de centro de la casa de los Pinochet, tal como lo prometió la señora Lucía, sino que fue arrojado rápidamente a las aguas para que desapareciera, una actividad que era costumbre en aquella época.

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