14 Mar

Capítulo 182: Tomatera en el Parque O’Higgins

Mi amigo Felipe de La Serena, bloguero y borracho connotado, me sugirió organizar una junta para carretear junto a los seguidores que quisieran acompañarnos en una tarde de copeteo y mucha diversión, y yo, en un momento de debilidad, accedí sin medir las consecuencias.

La cita era a las 14 horas en las afueras del Parque O’Higgins, y puta, para hacerme un poco de rogar, llegué a las 14:10… no había nadie. Llamé a Felipe y me aclaró que a las 14:05 se aburrieron de esperarme y que partieron a tomar sin mí, así que me quedé ahí mismo esperando a la Oye, quien me había escrito hace 10 minutos algo así como “¿Por qué no vení pa mi casa mejor? Te espero en 4”, “pero en 4 minutos no llego ni cagando po’ pajarona, si tú viví a la chucha”, le aclaré, “ven pal’ Parque no más, hay cualquier copete”. Llegó en 20 minutos, y comenzamos a caminar.

De lo que pasó en el Parque no me acuerdo mucho, sólo sé que en algún momento un tontito me dio vuelta una piscola gigante en los pantalones y que, por lo mismo, anduve con la diuca hedionda a copete todo el día. También recuerdo que llegó una chica fanática de los relatos del Felipe y le dijo “hola Felipín, me encanta como escribes”, y este hueón borracho le contestó “¡Buena conchetumare! ¡Entonces siéntate acá y tomemos!”. Igual se la comió… después tomamos, tocamos guitarra, seguimos tomando, bailamos cueca, tomamos otro poco, cantamos unas hueás de Dragon Ball y, sin saber bien cómo o porqué, me vi solo arriba del metro en dirección a no sé dónde. Igual lo encontré raro, sobre todo porque para ir a mi departamento no hay que tomar metro, así que me bajé, me subí a otro carro, me bajé de nuevo al concluir que estaba puro dando la cacha y, en un arrebato de locura, tomé un taxi en dirección a la casa de la Oye, care’ palo. Ni una cuadra alcanzó a avanzar el vehículo cuando el chofer, con visible molestia, me pidió que me bajara, “¡O si no me va a dejar el auto pasado a trago pue amigo!”, Me gritó cuando le pregunté qué onda, “¡Si mírese, usted anda borracho, así no lo va a llevar nadie!”. Qué hago por la chucha, pensé, cómo me quito este olor culiao… ¡Y ahí se me iluminó la ampolleta! Caminé hasta un callejón que vi por ahí cerca, me acurruqué al lado de un perro callejero que estaba mil veces más fétido que yo y, evitando ser demasiado brusco con él, lo tomé en brazos y comencé a refregármelo por todo el cuerpo, así ningún taxista pensaría que yo era el hediondo, sino que era dueño de un perro muy hediondo al cual abrazaba mucho. Santo remedio, en menos de media hora estaba afuera de la casa de mi amiga pero, para no llegar con las manos vacías, me dirigí hasta un negocio que, según recordaba, estaba justo en una esquina… más de diez cuadras alcancé a caminar antes de darme cuenta que había partido hacia otro lado nada que ver, así que di media vuelta, seguí avanzando, y avancé y avancé y avancé, y no, la casa de la Oye no estaba en ningún lado, definitivamente me había perdido, por lo mismo tomé otro taxi, le di la dirección, el taxista dobló una cuadra hacia la derecha, parró y me dijo “listo, llegamos. Serían 5 mil, por dejarme el taxi pasao’ a perro”.

La Oye se tomó mi visita con cierta sorpresa. Primero su cara fue de alegría, pero luego, al sentirme el olorcito, me obligó a quitarme la ropa (“la voy a quemar”, me aseguró) y me pidió que me metiera a la tina. Mientras me remojaba en hueaitas aromáticas y jaboncitos de mina, la Oye (gritando desde su pieza) me comentó que se había arrancado de la tomatera justo cuando con el Felipe queríamos hacer un duelo de espadas, pero con nuestras cornetas, pero que igual seguiría la fiesta encantada en su pieza, por lo mismo que me pidió que me apurara, “te voy a esperar acostada, hazla corta sí hueón, si te demoras mucho me quedaré dormida y cagaste no más”. Y puta… me demoré mucho… desperté a eso de las 6 de la mañana, aún recostado en la tina, cubierto con agua (a esa hora heladísima) y con la piel más arrugada que los cocos de mi viejo. No quise despertar a la Oye, simplemente tomé una toalla, me sequé y, al no poder encontrar mi ropa (creo que la quemó en serio, porque, cuando salí a raja pela’ a buscarla al patio, vi un tambor echando humito), me puse lo primero que pillé: una cortina, como si fuese un vestido, dos bolsas en los pies en vez de zapatillas y, en un ataque de creatividad que no me explico, agarré la funda de una enorme almohada y le hice un par de hoyos a los lados y uno en la punta, confeccionándome así una sudadera más que divina. Salí a la calle, hice parar a un taxi y, evitando estropear mis nuevos ropajes, me subí cuidadosamente, dándole mi dirección al chofer con absoluta normalidad.

– Ehhh…. disculpe amigo, una consulta – me dijo tímidamente, luego de un par de cuadras.
– Sí, dígame – le respondí, intentando aplacar con mi mano mi tufo a piscola.
– Mire, me perdonará lo desubicado, pero me llamó la atención su vestuario, y quería preguntarle… ¿Usted es ese tal Di Mondo que le llaman, cierto?
– Sí, claro, ese soy yo – respondí, serio.
– ¡Uy, que emoción! ¿Y se sacaría una fotito conmigo? Mi señora lo ama a usted oiga, aunque sea colita.
– Sí, obvio, todas las que quiera…
– Pero de lejitos eso sí ah, no se me acerque demasiado.
– Tranquilo oiga, qué le pasa, si no le voy a hacer nada.
– No, si no lo digo por eso… es porque anda pasado a copete… y a perro…
– Ah, sí… es mi perfume. Es exclusivo y hueás.
– Entonces está bien, acérquese lo que quiera no más, mi señora me va a envidiar, se lo aseguro, me va a hacer hasta enmarcarlas, eso se lo doy firmado.

La carrera me salió gratis, aunque a cambio tuve que dejar que el viejo me sacara fotos posando encima de su vehículo y mostrándole las piernas. Llegué a mi departamento a eso de las 8, me metí a la tina nuevamente y, jurándome que no volvería a tomar nunca más, me dejé vencer por el sueño… desperté a las 2 de la tarde, y sólo gracias a que el Felipe me llamó para contarme que había dormido en un paradero y que tenía ganas de beber nuevamente. Será po, qué le vamos a hacer, si uno no puede luchar contra su naturaleza, así que ahí voy, pasado a piscola y a perro, y todo porque un tontito me dio vuelta una piscola enorme sobre los pantalones…

 

*Nota: Luego de subir esta historia en mi Fanpage, los algunos lectores que asistieron a la junta me aclararon que me di vuelta la piscola solo… y no sé porqué…

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